jueves, 11 de octubre de 2012

Paseando con un poeta: León Felipe


¿A qué huele una farmacia vieja y abandonada? Me lo pregunté al ver aquellas estanterías llenas de tarros sobre tablas de madera, negra, igual que el suelo. Él estaba allí, al fondo, en un sillón de ancho asiento, sus manos se cruzaban en la empuñadura de un grueso bastón. No había mucha luz para ver más. Sabía que tenía su mirada fija en mí; empezó a golpear suavemente el suelo con el garrote, primero en intervalos muy pausados con ausencia de ritmo, después se fue acelerando y adquiriendo un cierto compás. Ambos estábamos callados; percibía unas ciertas vibraciones en mis piernas que venían trasmitidas por el piso desde el lugar donde daba los golpes con el bastón. No sé cuánto tiempo tardé en darme cuenta de que los choques del palo en el suelo eran sus versos:
...
Que no quiero,
que no quiero,
que no quiero,
que no quiero que me arrullen con cuentos,
Que no quiero,
Que no quiero,
Que no quiero,
Que no quiero que me sellen la boca y los ojos con cuentos,
que no quiero,
que no quiero,
que no quiero,
que no quiero que me entierren con cuentos,
que no quiero,
que no quiero,
que no quiero,
que no quiero verme clavado en el tiempo,
...
    Repetí el ultimo verso y seguí recitando acercándome lentamente a la esquina en donde estaba:
...
que no quiero verme clavado en el tiempo,
que no quiero verme en el agua,
que no quiero verme en la tierra tampoco,
que no quiero, a su ovillo, como un hilo de barba sujeto.
Quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento...
quiero... ¡quiero!... sueño... ¡sueño!
Soy gusano que sueña... y sueño
verme un día volando en el viento.
    No sabía cómo dirigirme a él, me sucedía con todos los poetas, pero con León Felipe más que con otros. Decidí llamarle don Felipe; su nombre verdadero era Felipe Camino Galicia de la Rosa y nació en Tábara en la provincia de Zamora en 1884. Cuando me encontraba a escasos dos metros con voz clara y penetrante exclamó:
¡En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos!
¡No hay más que un hacha amarilla
que ha afilado el rencor!
    Después suavizó la mirada y dijo:
    ─Ahí sigue todo igual, ¿verdad? ─y añadió─: «Y el hacha cae ciega, incansable y vengativa sobre todo lo que se congrega».
   Giró un poco el cuerpo hacia la izquierda y se quedó mirando a la puerta de la farmacia como si sus ojos la atravesaran. Opté por no responder, él sabía perfectamente que todo seguía ─en el fondo─ igual.  Se me ocurrió hacerle la siguiente pregunta:
    ─¿Por qué me ha citado aquí, en una vieja farmacia?
    Sin dejar de mirar a la cerrada puerta dijo:
    ─Los círculos se cierran casi siempre, o siempre. La historia olvidada, mi farmacia. Comenzar es también terminar ─respiró fuerte, lanzando el aire con cierta dificultad.
    No entendí bien lo que quería decir pero recordé que a León Felipe le inquietaba la idea del círculo y del eterno retorno; en múltiples ocasiones podemos ver en su obra alusiones a un versículo del Eclesiastés, en la Biblia, que afirma que  «lo que ha sido es lo que será, y lo que se ha hecho, lo que se volverá a hacer». De alguna manera eso se correspondía con su ideología, León Felipe interpretaba la realidad y la historia como una sucesión de ciclos y consideraba al hombre prisionero de la repetición, encerrado en un círculo del que intentaba evadirse con el auxilio de la poesía. Esta idea es nuclear en su obra y se corresponde con la abundante utilización de las repeticiones y de una especie de estructuras circulares en la construcción de muchos de sus poemas.
    Juan Ramón Jiménez dijo de él, injustamente, que era "el mejor de los de menos importancia". Quería saber como le afectó este juicio y me respondió:
    ─Mi vida es suficientemente conocida, al menos a grandes rasgos ─hizo una breve pausa y prosiguió─. Mi infancia en Sequeros, en Salamanca, luego en Santader, los estudios de Farmacia, boticario en varios sitios. El abandono de las pócimas y ungüentos y la experiencia de actor en una compañía ambulante recorriendo España. Mi tiempo de cárcel, la aventura de mendicidad, la estancia en Guinea... Casi todo. Cuando le llevé mis trabajos a Juan Ramón, que me atendió con cordial amabilidad, esperando su sabio juicio ─paró un poco y pude notar su respiración dificultosa─. No comentó nada, me devolvió los originales y cuando alcancé la calle los fragmenté en mil pedazos. Olvidé pronto.
    Recordé estos versos de este poeta místico rebelde y comprometido:
Ahora de pueblo en pueblo
errando por la vida,
luego de mundo en mundo errando por el cielo
lo mismo que esa estrella fugitiva.
¿Después?... Después...
ya lo dirá esa estrella misma,
esa estrella romera
que es la mía,
esa estrella que corre por el cielo sin albergue
como yo por la vida.
    Volvía a golpear el suelo, otra vez con ritmo en el bastón; otra vez como recitando:
¡Qué solo estoy, Señor!
¡Qué solo y qué rendido
de andar a la ventura
buscando mi destino!
En todos los mesones
he dormido,
en mesones de amor
y en mesones malditos,
sin encontrar jamás
mi albergue decisivo.
Y ahora estoy aquí, solo...
rendido
...

Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

6 comentarios:

  1. Los artículos de Ignacio se leen con verdadera atención porque nos incluye en el grupo mientras lo estamos haciendo. Vemos lo que él describe con toda nitidez. Y valoramos al poeta con más interés a partir de conocer esa intimidad que transmite a través de la entrevista. Insuperable vuelta al trabajo Ignacio.

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  2. Parece que la espera siempre vale la pena. Este artículo nos reúne con un magnífico poeta, comprometido y desafiante. Magnífico....como siempre.

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  3. Mi poeta preferido, muy buen articulo, gracias academia.

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  4. Otra vez me ha deparado una buena mañana de sábado con este paseo poético, muchas gracias.

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  5. fantastico ! me has emocionado ! nunca hice mucho caso a León Felipe .pero hijo has hecho que me encante ! gracias por este maravilloso articulo !

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  6. Que no quiero,
    que no quiero,
    que no quiero, PERDERME NINGUNO DE ESTOS PASEOS.
    Que no quiero,
    que no quiero,
    que no quiero, DEJAR DE CONOCER OTROS POETAS.
    Una vez mas felicitar y dar las gracias a nuestro buen Amigo Ignacio.

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