sábado, 27 de julio de 2013

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (125)

POESÍA Y REFLEXIÓN ÉTICA

         A cierta edad, instalados en las sedicentes seguridades de la vida, sentimos a menudo la tentación y el impulso irreprimible de juzgar al resto del mundo según el patrón de los valores en los que nos formamos en nuestra infancia y juventud. Sufrimos el espejismo de pensar que nuestro tiempo –como si éste no se tratase también de nuestro tiempo- fue siempre mejor, y que las cosas se deslizan en el presente por una peligrosa pendiente de decadencia e, incluso, degeneración.
        

El encastillamiento en tan errónea creencia podría rozar incluso lo patético si no se tratase de una actitud repetida, una y otra vez, a lo largo de la historia, como parte de la permanente dialéctica entre los tiempos que desaparecen y los nuevos que se abren paso. El melancólico lamento manrriqueño de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, se combina así con el descubrimiento alarmante de que “el futuro ya no es lo que era”.

         Es decir, que autoconvencidos acríticamente de una lógica lineal, según la cual el porvenir sólo es la proyección hacia el futuro de los valores e ideas que adquirimos en las primeras edades de la vida, nos decepciona comprobar que se han verificado otros desarrollos que no se ajustan exactamente a las expectativas que habíamos alimentado.
        
Autovacunado así, al menos aparentemente, de las trampas de la melancolía, es decir, de la nostalgia de lo que nunca ha existido en realidad más que en nuestro imaginario, quiero defender la necesidad de superar dos de los, en mi opinión, peores males de nuestro tiempo: la vulgaridad y la ausencia de reflexión ética. Bien entendido que aludo a dos males sólidamente instalados en la esfera pública que permean también al ámbito de lo privado.         

La vulgaridad nace de la banalización de los argumentos y de los comportamientos que articulan la existencia y las relaciones entre los individuos. No me refiero por tanto sólo, ni principalmente, a la relajación de las costumbres o del vocabulario. Aludo a una falta de sentido de la trascendencia del pensamiento y de las acciones, arrastradas por un afán egoísta de utilidad inmediata que guía las actuaciones y las conductas.
        
De ello deriva también la relativización de los principios éticos, subordinados a fines espurios dirigidos a la satisfacción de apetitos y ambiciones particulares antes que al beneficio de los intereses y los procesos colectivos.

         Quizás pueda parecer una ingenuidad reivindicar a estas alturas de la vida a la poesía frente  la vulgaridad y a la reflexión ética frente a un mundo que parece haber hecho bueno el viejo principio de Plauto, popularizado por Hobbes: lupus est homo homini, el hombre es un lobo para el hombre. Ingenuo o no, como hiciera Émile Zola ante el caso Dreyfus, j’accuse, yo acuso, yo reivindico.
Juan José Iglesias Rodríguez
Académico de Santa Cecilia

2 comentarios:

  1. Debo aplaudir sus ideas sobre la Poesia,como ya Plauto escribió, somos lobos hambrientos, desgraciadamente no de escribir rimas, ni de leer poesias, sino una vulgarización exagerada een todo lo referente a la lecturas. En nuestra tierra es el pais, en donde menos libros se adquieren y esto si que es triste.

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  2. Magnifico artículo, enhorabuena a esta web de la Academia de Bellas Artes del Puerto, es un placer visitarla.

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