miércoles, 29 de octubre de 2014

CINE

EL DÍA EN QUE EL CINE APRENDIÓ A HABLAR

                                                                                  
El cine nació sin voz, como nosotros y como nosotros, al crecer, aprendió a hablar.  Las primeras filmaciones que se hicieron tenían solamente imágenes. Un tren llegando, silencioso, a una estación, un niño llorando al desayunar, silencioso, unos muchachos riéndose, silenciosos, al ver como el jardinero recibía un chorro de agua en la cara, de la manguera que ellos habían pisado. El cine era imagen y los primeros que vieron en el cine posibilidades de crear obras artísticas, lo hicieron captando imágenes en silencio. Cuando un personaje hablaba se intercalaba un cartelón con la frase que decía.  Se presumía, se tenía como algo positivo, que el cine no necesitase del sonido para hacer llegar al público lo que el director, o el productor, les quería decir.   Como concesión al sonido, en los cines mas importantes, una orquesta o simplemente un pianista, interpretaba en directo un acompañamiento musical lo mas acorde posible con las imágenes que se proyectaban en la pantalla.  Música melodiosa en las escenas de amor, descriptiva en la presentación de paisajes o misteriosa e inquietante en las escenas de miedo o violencia. Eso era todo. Y así se proyectaron las principales películas de esa época, verdaderos monumentos artísticos, las obras maestras de Griffith, de Murnau, de Stroheim, de Sternberg, de Fritz Lang o de Dreyer. Y nadie echaba de menos la voz, el sonido, pero el 6 de Octubre de 1.927, se estrenó una película mediocre, “The Jazz Singer”  (“El Cantor de Jazz”), en la que su protagonista, un anodino cantante blanco con la cara pintada de negro, Al Jolson,  decía una frase, la primera de la historia del cine, frase que el público podía oir: “Hola Mami”.    Lo que parecía una mera anécdota técnica haría cambiar el futuro de toda la industria cinematográfica.  

Todas las productoras, europeas y americanas, ante la exigencia del público, tuvieron que seguir la iniciativa de la Warner –en la mayoría de los casos muy a su pesar- y producir películas en las que los actores hablasen, lo cual no siempre resultaba fácil como se recrea magistralmente en “Cantando bajo la lluvia”.   



Las salas cinematográficas de todo el mundo tuvieron que ponerse al día e instalar equipos sonoros que permitiesen la exhibición de las nuevas películas que todo el mundo quería ver…..y oir.

Muchos directores se negaron a lo que consideraban algo que iba en contra de la propia esencia del cine, como Charles Chaplin, que a lo mas que accedió fue a poner sonido a sus películas, sonidos ambientales y música pero continuando poniendo las frases habladas escritas en cartelones como siempre había hecho. Finalmente tuvo que plegarse a aceptar las nuevas reglas del cine y tuvo que dejar que sus actores hablasen y el público les escuchase.

La llegada del sonido al cine supuso el fin de muchas estrellas que en silencio resultaban maravillosas pero que en cuanto hablaban hacían que su encanto desapareciese y en muchos casos provocases la risa y el escarnio de los espectadores, del público, siempre cruel e implacable.

Sin embargo, para otros supuso una nueva posibilidad de trabajo como para los actores españoles y muchos directores y guionistas que fueron llamados a Hollywood para que tradujesen los parlamentos de las estrellas y en muchos casos las doblasen e incluso las sustituyesen, en las copias destinadas al mercado hispanoparlante.

Hoy no concebimos el cine sin sonido aunque de vez en cuando nos llega alguna muestra que recrea la forma de hacer cine de sus comienzos como la magistral “Blancanieves” de Pablo Berger o “The Artist”, de Michel Hazanavicius, pero como norma general, todos admitimos que el cine es la combinación de imagen y sonido.
Jesús Almendros Fernández
Socio colaborador de la Academia

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