miércoles, 4 de febrero de 2015

DE NUESTROS COLABORADORES. LA NAVEGACIÓN (II)

LA NAVEGACIÓN: PRIMEROS PASOS Y SU EVOLUCIÓN (II)

Los griegos ya conocían la división del horizonte en cuadrantes y los cuatro puntos cardinales; dibujaban mapas, y es a Hiparco de Nicea, a quién corresponde la idea de definir las coordenadas de un punto por su latitud y longitud, contando desde el ecuador la latitud y tomando como meridiano cero el que pasa por las islas Canarias, para medir la longitud.

En la época de esplendor cultural de Grecia, se construyeron numerosos barcos para el comercio, tanto de cabotaje como entre colonias y naciones extranjeras, mangudos de 20-30 pies, y de bastante calado,(6-8 pies), adaptados para recibir grandes cargamentos de grano, eran los “Ceres”. Los palos eran más altos y las entenas más cortas, de manera que las velas, aunque conservaban la forma cuadrada, se colocaban en sentido vertical, pues la corta eslora (80-110 pies) del barco habría impedido su manejo en otro caso. De aquí se deriva la vela llamada  “Al Tercio”, que se ha perpetuado en las embarcaciones “Trabacolos” y “Tartanas” del mar Adriático.
Todas estas embarcaciones eran “afractas”, es decir: abiertas, porque sólo llevaban un puente y sobre él los remeros, sin la cubierta protectora de las naves de guerra, llamadas “catafractas” (cerradas).

En el siglo IV (a.C.), en Rodas, ya se estableció un código de conducta para los navegantes que se condensó en la llamada Lex Rhodia”, una serie de leyes aceptadas por todos los países que se dedicaban al comercio marítimo.
De hecho, toda la jurisprudencia marítima, incluida la actual, se basa de un modo u otro en esta declaración original que rige las leyes del mar.
Antes de la codificación de la Lex Rhodia, el derecho marítimo se regía, en la mayoría de los casos, por las leyes de tierra, y éstas no conocían los apuros con los que se podía encontrar un marino.
 Por ejemplo, no preveían qué podía suceder si un capitán, para salvar su barco, arrojaba la carga por la borda, ó cortaba el palo y la jarcia para evitar que zozobrara.
Pronto se utilizó como práctica común para la resolución de conflictos marítimos y, hasta finales del siglo XIX, se citaba en el Tribunal Supremo de Londres.

Del año 280 (a. C.), data el primer faro del que se tiene conocimiento, el Faro de Alejandría, considerado una de las siete maravillas del mundo, situado en la isla de Pharos, de ahí su actual denominación, construido por Ptolomeo II, mantenía en su torre una antorcha encendida que servía de guía a los barcos que navegaban de noche.

Los romanos, para aumentar la superficie vélica sin aumentar la eslora, añadieron el bauprés a sus buques, y para saber la velocidad que alcanzaban se valieron del “Odómetro”, artilugio precursor de la corredera actual que consistía en una rueda de madera, dispuesta en uno de los costados del barco, de tal forma que éste, en su marcha, la hacía girar transmitiendo su movimiento a un tambor que, en el interior del buque, dejaba caer una piedra a cada vuelta que daba, permitiendo así deducir, por el número de ellas vertidas en un intervalo de tiempo, la velocidad del buque.
Es Arquímedes (Siracusa, 287 a.C.) quién expone en su libro: “Equilibrio de los cuerpos flotantes”, una serie de principios y teoremas que constituyen el primer tratado de hidrostática. El  principio que lleva su nombre, cuyo enunciado constituye el principio básico de flotabilidad de un buque, y dice así:

“Todo cuerpo sumergido en un fluido se encuentra sometido a presiones, en todos los puntos de su superficie, y la resultante de estas presiones es una fuerza vertical, dirigida de abajo hacia arriba, de intensidad igual al peso del líquido desalojado por dicho cuerpo”.

Expresado de forma más simple:

“Todo cuerpo sumergido en un fluido,  pierde de su peso uno igual al del fluido que desaloja”.
Ignacio Pantojo Vázquez
Socio Colaborador de la Academia

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