martes, 26 de mayo de 2015

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (218)

Aquel cálido atardecer
      Quizás aún, en alguna tarde de la primavera; en aquella acera de enfrente al portalón del castillo, alguien pueda oír sus pasos ─leves, paseantes─ con un libro entre las manos o un diminuto tablero de ajedrez con agujeritos para fijar las piezas.
      Pensando ─es posible─ que la poesía es ese impulso continuado para expresar la esencia y el alma de las cosas... que la poesía es ir más allá de lo material bruto y buscar la vida y las causas de todo lo que existe.
      «La poesía es algo que anda en la calle» que decía Federico.
      A veces paraba en uno de los bancos, se sentaba un rato, repitiendo el gesto de ajustar bien sus gafas. Depositaba, cuidadosamente, el ajedrez sobre la gran plancha de piedra y arrugaba un poco el ceño sin percibir el pequeño mundo de gritos, de niños que jugaban con pelotas, cuerdas y palos, que corrían bajo la atenta mirada del jardinero, al que José Luis siempre saludaba, llamándole, con un punto de broma confiada y amable: señor Prats.
      Concentrado; otra vez en la partida contra sí mismo... O recordando la estrofa de Borges:
      "Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito."
      El señor Prats arrastraba una larga manguera chorreante y manoteaba lejanas amenazas. Unos pequeñuelos habían osado pisar su arriate. José Luis sonreía; siempre sonrisa limpia, de cordialidad y sosiego. Ajustaba, incesante, sus gafas de casi invisible montura y aprovechaba su mano para tapar el agresivo sol en su declive vespertino.
     Volvió la vista hacia la iluminada fachada de su casa; chirriante de cal.
      Recogió las piezas de la partida sin terminar, en voz baja, como recitando, comentó: "Sí, este juego apasionante desarrolla la inteligencia...", hizo una pausa considerable mientras se levantaba del banco y añadió ─ya de pie─ con un pellizco de sorna: "... para jugar al ajedrez".
      No mucho más de treinta metros le separaban de la puerta; unos hombres cruzaban la plaza en diagonal con unos cestos de mimbre negro repletos de trozos hielo y peces de la Bahía. En la parte de arriba de la calle unos arrieros empujaban con sus gritos a la fila de borriquillos con serones repletos de arena.
      Miró otra vez a la Plaza antes de entrar en la casa, como saboreando sonidos y colores. Quizás, estos ─sus versos─ le pasaron por la cabeza:
Van nuestros tiempos paralelos dando 
tumbos que los acercan, los distancian, 
los emparejan a un celeste ritmo 
en que nos vamos trascendiendo vivos.

Nuestro ayer era idéntico y no era 
el mismo, sin embargo. 
Cada uno envejece lo suyo a su manera 
y hay tardes en que acaban más lejos nuestras vidas.

Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

8 comentarios:

  1. Precioso artículo que se vive en la plaza.
    Enhorabuena Academia.

    ResponderEliminar
  2. alberto boutellier25 de mayo de 2015, 22:39

    Encantadora estampa rescatada de un pasado reciente magistralmente recreado por nuestro ilustre Ignacio.

    ResponderEliminar
  3. Pura poesía todo que deleitaría al propio J.L.Tejada. Me he acordado del jardinero siempre con su gorra echada a un lado y llevando las mangueras liadas al hombro. Gracias Ignacio por los maravillosos recuerdos, que Dios te conserve esa memoria muchos años y que escribas más recuerdos tan bonitos como este.

    ResponderEliminar
  4. Rocío P. Izquierdo26 de mayo de 2015, 10:05

    Magnífico post para recordar y mantener en nuestras vidas a un extraordinario poeta como José Luis Tejada. Este texto tiene cadencia, música que recuerda o asemeja a la poesía, es tan preciso y tan real que nos vemos en la plaza como un espectador más....y cuando menos te lo esperas te preguntas ¿ya se acabó?...tan pronto.

    ResponderEliminar
  5. Bonito recuerdo hacia un gran hombre. .. Tiny

    ResponderEliminar
  6. Ignacio Pantojo Vázquez26 de mayo de 2015, 13:32

    Ignacio: yo no conocí ni viví esa estampa que tan bien describes, tanto que mi retina la ha encuadrado y la ha guardado en el disco duro para recrearla una y mil veces. Gracias por esta preciosa postal

    ResponderEliminar
  7. Me encanta tu artículo.Es muy gráfico y me parece estar viendo al humilde "maestro" y su entorno.
    Marisol





    ResponderEliminar