jueves, 21 de enero de 2016

14.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

La Atlántida y las Atlántidas del ensueño (2).
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria / Académico de Sta. Cecilia

Durante  años he creído que en el género humano de los últimos siglos, del progreso y de la ciencia, predominaba la razón sobre lo irracional y la utopía. Es lo que se deduce de la lectura de cualquier libro de Historia de la Filosofía cuando se nos habla de la liberación de las creencias religiosas medievales y más antiguas. Pero no es así. Seguimos sumidos en los mitos: los creamos, los reinventamos, nos complace, los alimentamos y los empleamos para crear nuestras fantasías de lo que nos parece perfecto. La historia está plagada de personajes, historias, paisajes, ciudades e ideas mitificadas o distorsionadas. Y en este sentido, estoy muy de acuerdo con el filósofo M. Foucault, quien en el prefacio de su libro Les mots et les choses, escribe que “las utopías consuelan porque, aunque no tengan lugar real, se despliegan, sin embargo, en un espacio maravilloso y liso, abren ciudades de grandes avenidas, jardines bien plantados, países benignos, aun cuando su acceso sea quimérico”. No se refería a la Atlántida de Platón, sino al espacio y cotidiano en que vivimos. Y sin embargo, parecen estar escritas para esta mítica ciudad. No es extraño, pues, que la Atlántida siga viva, como historia cierta, se la haya soñado y se la continúe buscando sumergida bajo el agua o en el rincón de los deseos. Un simple vistazo a internet nos percibe de su actualidad, del interés, vehemencia y pasión, e incluso violencia, que despiertan los sesudos debates sobre las pistas que ofrece Platón en su ejemplo metafórico. Su Atlántida está escrita tan de verdad, con tanto detalle geométrico y de organización, que la aceptamos como existencia cierta y a la vez nos parece mentira.

Este mito se discutió en la antigüedad griega, romana y bizantina, adquiriendo en el Renacimiento un desarrollo increíble, sobre todo desde el descubrimiento de América, identificada por algunos con el continente imaginado por Platón. Pero hay muchas versiones, formas de interpretarlo según se haya pergeñado el modo ideal de concebir la vida del hombre social y sus virtudes. Pienso en El Dorado, por ejemplo, en la época de la conquista española.  En épocas más recientes, los nacionalistas se apoderaron del tema, desde España a Suecia y de Italia a Alemania, especialmente en época hitleriana. Y ha continuado hasta el 2015 y los comienzos del año siguiente. Durante estos cuatro siglos ha habido muchas Atlántidas buscadas en alguna parte del mundo o en algún lugar del intelecto, que nos ha regalado variadas lecciones de deseos que no pueden cumplirse.

Hagamos un breve recorrido sobre los distintos sueños, nacidos de Platón y de su Atlántida y sus distintas localizaciones. El Padre Juan de Mariana, en 1592, fue el primero que vinculó la Atlántida con España, y en 1638, Francis Bacon, en su obra Nova Atlantis, planteó que el continente americano, recientemente descubierto, fue el territorio que describe Platón. Estos autores abrieron un amplio abanico de teorías sobre la situación de la Atlántida entre el Nuevo y Viejo Continente., que alcanzó hasta el siglo XIX. Quedémonos por ahora en el Renacimiento, donde se han forjado y escrito hermosas utopías, nacidas del deseo de construir un mundo mejor.

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El Dorado no es exactamente la Atlántida, pero surge en el Nuevo Mundo como una historia retenida en el bagaje cultural de Europa, la de hallar distante ese país legendario que no se encuentra en ninguna parte, sólo en los sueños, en el reino de las utopías, en el de los empeños imposibles, que arrastra al hombre a lo más arriesgado, a las penalidades que pueden causar su muerte. No importa. El Dorado es una legendaria región o ciudad, supuestamente ubicado en el antiguo Virreinato de Nueva Granada, en Bogotá, donde se creía que existían abundantes minas de oro. Pero la leyenda se origina mucho antes, en el siglo XVI en Quito, cuando los conquistadores tienen noticias de la existencia de un rey que cubría su cuerpo con polvos de oro. Esta quimera originó numerosas expediciones a diversos lugares cambiantes, a medida que la conquista y colonización se adentraba en suelo sudamericano. Lo refleja con maestría Gabriel Márquez, en La soledad de América latina -1982-, cuando escribe que “El Dorado, nuestro país ilusorio, tan codiciado, figuró en mapas durante largos años, cambiando de lugar y forma según la fantasía de los cartógrafos”. Y dos películas magistrales nos ilustran con imágenes aspectos de su búsqueda. Una es Aguirre, la cólera de Dios, dirigida por Werner Herzog en 1972, con la interpretación magnífica de Klaus Kinski y de todos los expedicionarios. La otra, dirigida por Carlos Saura, es de 1988, y se titula El Dorado. En ambas está explícita, como lo puede contar una cámara, la ilusión, el esfuerzo, la ira, la locura y la desilusión. Y Uslar Pietri nos la describe con hermosas palabras en El camino de El Dorado, de 1947.

En Europa, la Atlántida de Platón, tuvo una amplia repercusión y han surgido obras de extraordinario significado utópico que han dejado una huella indeleble. Son tres las que quiero mencionar: uno de carácter social, la segunda aspira al bienestar del hombre mediante el conocimiento y la ciencia, y la tercera tiene sus raíces en la religión cristiana. El primero lo publicó Tomás Moro en 1516. Se conoce como Utopía, pero su título completo es, traducido del latín, Libro del Estado ideal de una república en la isla de Utopía”. En la segunda parte de la narración, nos habla de un personaje que menciona la existencia de la isla de Utopía, un topónimo inventado por Moro, y que hace referencia a otra Atlántida. La isla la crearon sus habitantes artificialmente y excavaron una gran fosa, por orden del rey Utopo, para que discurriesen por ella las aguas del mar. El resultado fue la construcción de un cinturón de tierra en forma de media luna y una bahía en su centro. Y esta isla, construida, la habitaron 54 ciudades-estados, siendo Amaurota su capital, que significa la ciudad que huye y se desvanece como un espejismo. Se narra a continuación la composición de esta república ideal. Bástenos unos ejemplos para acercarnos a esta formación social utópica. Cada ciudad posee un campo y granjas para cultivo, pues la agricultura es el factor primario económico. Las viviendas son todas exactamente iguales y debían construirse de modo racional, sin resquicios para la belleza externa. Y los habitantes las ocupan sólo por dos años para trabajar en su entorno inmediato. Todo ciudadano debe aprender el arte de la agricultura, por obligación, pero hay libertad para elegir más oficios según las aptitudes de cada uno. En el orden social, en la isla debe regir un sistema de patriarcado, en la que se nombra un jefe por cada treinta familias, y en una asamblea representativa, de doscientos miembros, se elige a un príncipe vitalicio. En cuanto a la distribución del tiempo, ocho horas se dedican al trabajo, otras tantas al descanso y al placer de lectura, formación y al arte, y otras ocho son las del sueño. Por supuesto, impera la libertad religiosa y la tolerancia. Se trata de una crítica a la sociedad de su tiempo, diseñando Tomás Moro en su isla Utopia una sociedad ideal, como la que Platón describiera mucho antes. Utopía es, pues, una comunidad pacífica, que establece la propiedad común de los bienes, en contraste con la propiedad privada y sociedad de su tiempo.


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Más tarde, Bacon, que vivió de 1561 a 1626, escribió La Nueva Atlántida, siguiendo las pautas de las utopías clásicas; es decir, la construcción ficticia de un Estado ideal en el que sus habitantes son felices debido a la perfecta organización social reinante, inspirado también en Platón. Mas en este caso, la organización económica y social no es lo principal y relevante de esta tierra mítica, sino la preocupación por el porvenir de la ciencia y sus posibilidades futuras, orientadas hacia la conquista de la naturaleza por el hombre. En la Nueva Atlántida se describe la tierra mítica de Bensalem, en las que sus ciudadanos mejores y más brillantes pertenecen a La Casa de Salomón, un centro de enseñanza que acoge a los mejores cerebros para que comprendan y estudien la naturaleza para la mejora de la sociedad. Otro modo de ver la utopía. En este caso, mediante la ciencia y el progreso, pero comparte con la Atlántida la construcción de una nueva tierra y una ciudad ideal.

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Y por la misma época, el fraile Tommaso de Campanella, preso en una cárcel de Nápoles, escribió en 1602, una de las más bellas utopías del Renacimiento, de carácter religioso. Anhelaba Campanella la construcción de una monarquía cristiana universal regida por el Papa, en la que España, primero, y después Francia, serían los brazos ejecutores de esta empresa. Se diseña en un siglo convulsivo, en el de la conquista y evangelización de las Indias, en el de la Reforma protestante de Lutero y en el de la revolución científica. Esta Ciudad del Sol, el título de la obra, refleja las aspiraciones de renovación espiritual y las convicciones mágico-religiosas del autor. Es una concepción del mundo que representa el orden del sistema solar que, con sus siete murallas circulares y concéntricas, refleja todo el cosmos constreñido en la ciudad, donde el Sol representa al Dios visible, símbolo del intelecto.

Más adelante, la Atlántida, la descrita por Platón, comienza a ser buscada en lugares concretos. En el siglo XIX, continuó la lista de sus situaciones  entre España y Marruecos, pero también en el Mediterráneo, en el Cáucaso,  en las islas Canarias e incluso cercana a las Azores y Madeiras. Y a finales del siglo, Ignatius Donnelly, en 1883, sirviéndose de los datos arqueológicos del momento, halló semejanzas entre el mundo egipcio y las culturas americanas aztecas y mayas, vinculándolas con Platón y a contactos directos entre ambos continentes. Todo un universo distinto parecía ser el lugar de enclave de la enigmática ciudad.

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Durante los primeros decenios del siglo XX, y por razones  arqueológicas,  la Creta minoica fue el asiento del imperio de la Atlántida, destruida por el volcán de Thera,  e incluso en Tarteso. Y en este lugar la situaron J. Fernández Amador de los Ríos (1911), A. Schulten (1922), quien por entonces investigaba, incansable, en Doñana  la localización de la ciudad de Tarteso, o E. Wishaw en Niebla. Pero en 1929 surgió otra importante novedad: la situación de la ciudad en el Atlántico del Norte, fundamentando en esta teoría la superioridad racial de los arios y la doctrina racial del nazismo. Se publicaron miles de páginas durante la segunda mitad de este siglo, situando el famoso continente en varias islas del Atlántico, en América, Tarteso, Irlanda-Bretaña, Nigeria, norte de Africa, Asia –Indonesia- Anatolia, en las islas mediterráneas, como Santorini al norte de Creta, Troya o en lugares más insólitos como la Antártida.

En el siglo XXI han irrumpido nuevas teorías, centradas en el ámbito mediterráneo oriental y occidental, en Chipre, Israel, el Sinaí, entre Sicilia y Malta, en las puertas del estrecho de Gibraltar o Isla de Espartel, sumergida  a 60 metros bajo el mar, o en la desembocadura del  Guadalquivir, escondida entre las marismas del Coto de Doñana. Será el tema del próximo artículo.

Creo que no tenemos que empeñarnos en buscar los circuitos concéntricos de la ciudad, las torres erguidas de los templos, los palacios viviendas y puertos en las profundidades del tiempo o del mar, sino en el texto del Timeo y Critias. ¿Qué han querido decir en su relato tan descriptivo? Platón sonríe en su tumba. Continúa el misterio y  prosigue la  búsqueda. Pero ha hecho posible que todos llevemos, como parte esencial de nuestra naturaleza, una Atlántida dentro, la de la sociedad perfecta y el orden, y la Biblia que llevemos una Babel en el otro lado frágil de la balanza, la de la perversión,  el caos y la destrucción. La próxima semana vamos a dar un paseo hacia la Atlántida cercana, la que se halla en la marisma cercana de Doñana, según se han interpretado unas huellas circulares extrañas en su suelo. Una apasionante aventura y un vehemente debate.











1 comentario:

  1. Estoy deseando de que salga el artículo de la próxima semana, a ver si ya hay algo sólido sobre esas huellas circulares ¿Tienen algo publicado en español o inglés Wickbolt y Kühne?

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