14.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE
La Atlántida
y las Atlántidas del ensueño (2).
Diego
Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria / Académico de Sta. Cecilia
Durante años he creído que en el género humano de los
últimos siglos, del progreso y de la ciencia, predominaba la razón sobre lo irracional
y la utopía. Es lo que se deduce de la lectura de cualquier libro de Historia de
la Filosofía cuando se nos habla de la liberación de las creencias religiosas
medievales y más antiguas. Pero no es así. Seguimos sumidos en los mitos: los
creamos, los reinventamos, nos complace, los alimentamos y los empleamos para
crear nuestras fantasías de lo que nos parece perfecto. La historia está
plagada de personajes, historias, paisajes, ciudades e ideas mitificadas o
distorsionadas. Y en este sentido, estoy muy de acuerdo con el filósofo M.
Foucault, quien en el prefacio de su libro Les
mots et les choses, escribe que “las
utopías consuelan porque, aunque no tengan lugar real, se despliegan, sin
embargo, en un espacio maravilloso y liso, abren ciudades de grandes avenidas,
jardines bien plantados, países benignos, aun cuando su acceso sea quimérico”.
No se refería a la Atlántida de Platón, sino al espacio y cotidiano en que
vivimos. Y sin embargo, parecen estar escritas para esta mítica ciudad. No es
extraño, pues, que la Atlántida siga viva, como historia cierta, se la haya
soñado y se la continúe buscando sumergida bajo el agua o en el rincón de los
deseos. Un simple vistazo a internet nos percibe de su actualidad, del interés,
vehemencia y pasión, e incluso violencia, que despiertan los sesudos debates
sobre las pistas que ofrece Platón en su ejemplo metafórico. Su Atlántida está
escrita tan de verdad, con tanto detalle geométrico y de organización, que la
aceptamos como existencia cierta y a la vez nos parece mentira.
Este mito se
discutió en la antigüedad griega, romana y bizantina, adquiriendo en el
Renacimiento un desarrollo increíble, sobre todo desde el descubrimiento de
América, identificada por algunos con el continente imaginado por Platón. Pero
hay muchas versiones, formas de interpretarlo según se haya pergeñado el modo
ideal de concebir la vida del hombre social y sus virtudes. Pienso en El Dorado,
por ejemplo, en la época de la conquista española. En épocas más recientes, los nacionalistas se
apoderaron del tema, desde España a Suecia y de Italia a Alemania,
especialmente en época hitleriana. Y ha continuado hasta el 2015 y los
comienzos del año siguiente. Durante estos cuatro siglos ha habido muchas
Atlántidas buscadas en alguna parte del mundo o en algún lugar del intelecto,
que nos ha regalado variadas lecciones de deseos que no pueden cumplirse.
Hagamos un
breve recorrido sobre los distintos sueños, nacidos de Platón y de su Atlántida
y sus distintas localizaciones. El Padre Juan de Mariana, en 1592, fue el
primero que vinculó la Atlántida con España, y en 1638, Francis Bacon, en su
obra Nova Atlantis, planteó que el continente americano, recientemente
descubierto, fue el territorio que describe Platón. Estos autores abrieron un
amplio abanico de teorías sobre la situación de la Atlántida entre el Nuevo y
Viejo Continente., que alcanzó hasta el siglo XIX. Quedémonos por ahora en el
Renacimiento, donde se han forjado y escrito hermosas utopías, nacidas del
deseo de construir un mundo mejor.
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El Dorado no
es exactamente la Atlántida, pero surge en el Nuevo Mundo como una historia
retenida en el bagaje cultural de Europa, la de hallar distante ese país
legendario que no se encuentra en ninguna parte, sólo en los sueños, en el
reino de las utopías, en el de los empeños imposibles, que arrastra al hombre a
lo más arriesgado, a las penalidades que pueden causar su muerte. No importa. El
Dorado es una legendaria región o ciudad, supuestamente ubicado en el antiguo
Virreinato de Nueva Granada, en Bogotá, donde se creía que existían abundantes
minas de oro. Pero la leyenda se origina mucho antes, en el siglo XVI en Quito,
cuando los conquistadores tienen noticias de la existencia de un rey que cubría
su cuerpo con polvos de oro. Esta quimera originó numerosas expediciones a
diversos lugares cambiantes, a medida que la conquista y colonización se
adentraba en suelo sudamericano. Lo refleja con maestría Gabriel Márquez, en La soledad de América latina -1982-,
cuando escribe que “El Dorado, nuestro
país ilusorio, tan codiciado, figuró en mapas durante largos años, cambiando de
lugar y forma según la fantasía de los cartógrafos”. Y dos películas
magistrales nos ilustran con imágenes aspectos de su búsqueda. Una es Aguirre, la cólera de Dios, dirigida por
Werner Herzog en 1972, con la interpretación magnífica de Klaus Kinski y de
todos los expedicionarios. La otra, dirigida por Carlos Saura, es de 1988, y se
titula El Dorado. En ambas está
explícita, como lo puede contar una cámara, la ilusión, el esfuerzo, la ira, la
locura y la desilusión. Y Uslar Pietri nos la describe con hermosas palabras en
El camino de El Dorado, de 1947.
En Europa, la
Atlántida de Platón, tuvo una amplia repercusión y han surgido obras de extraordinario
significado utópico que han dejado una huella indeleble. Son tres las que
quiero mencionar: uno de carácter social, la segunda aspira al bienestar del
hombre mediante el conocimiento y la ciencia, y la tercera tiene sus raíces en
la religión cristiana. El primero lo publicó Tomás Moro en 1516. Se conoce como
Utopía, pero su título completo es,
traducido del latín, Libro del Estado
ideal de una república en la isla de Utopía”. En la segunda parte de la
narración, nos habla de un personaje que menciona la existencia de la isla de
Utopía, un topónimo inventado por Moro, y que hace referencia a otra Atlántida.
La isla la crearon sus habitantes artificialmente y excavaron una gran fosa,
por orden del rey Utopo, para que discurriesen por ella las aguas del mar. El
resultado fue la construcción de un cinturón de tierra en forma de media luna y
una bahía en su centro. Y esta isla, construida, la habitaron 54
ciudades-estados, siendo Amaurota su capital, que significa la ciudad que huye
y se desvanece como un espejismo. Se narra a continuación la composición de
esta república ideal. Bástenos unos ejemplos para acercarnos a esta formación
social utópica. Cada ciudad posee un campo y granjas para cultivo, pues la
agricultura es el factor primario económico. Las viviendas son todas
exactamente iguales y debían construirse de modo racional, sin resquicios para
la belleza externa. Y los habitantes las ocupan sólo por dos años para trabajar
en su entorno inmediato. Todo ciudadano debe aprender el arte de la
agricultura, por obligación, pero hay libertad para elegir más oficios según
las aptitudes de cada uno. En el orden social, en la isla debe regir un sistema
de patriarcado, en la que se nombra un jefe por cada treinta familias, y en una
asamblea representativa, de doscientos miembros, se elige a un príncipe vitalicio.
En cuanto a la distribución del tiempo, ocho horas se dedican al trabajo, otras
tantas al descanso y al placer de lectura, formación y al arte, y otras ocho
son las del sueño. Por supuesto, impera la libertad religiosa y la tolerancia.
Se trata de una crítica a la sociedad de su tiempo, diseñando Tomás Moro en su
isla Utopia una sociedad ideal, como la que Platón describiera mucho antes.
Utopía es, pues, una comunidad pacífica, que establece la propiedad común de
los bienes, en contraste con la propiedad privada y sociedad de su tiempo.
Más tarde,
Bacon, que vivió de 1561 a 1626, escribió La
Nueva Atlántida, siguiendo las pautas de las utopías clásicas; es decir, la
construcción ficticia de un Estado ideal en el que sus habitantes son felices
debido a la perfecta organización social reinante, inspirado también en Platón.
Mas en este caso, la organización económica y social no es lo principal y
relevante de esta tierra mítica, sino la preocupación por el porvenir de la
ciencia y sus posibilidades futuras, orientadas hacia la conquista de la
naturaleza por el hombre. En la Nueva
Atlántida se describe la tierra mítica de Bensalem, en las que sus
ciudadanos mejores y más brillantes pertenecen a La Casa de Salomón, un centro
de enseñanza que acoge a los mejores cerebros para que comprendan y estudien la
naturaleza para la mejora de la sociedad. Otro modo de ver la utopía. En este
caso, mediante la ciencia y el progreso, pero comparte con la Atlántida la
construcción de una nueva tierra y una ciudad ideal.
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Más adelante,
la Atlántida, la descrita por Platón, comienza a ser buscada en lugares
concretos. En el siglo XIX, continuó la lista de sus situaciones entre España y Marruecos, pero también en el
Mediterráneo, en el Cáucaso, en las
islas Canarias e incluso cercana a las Azores y Madeiras. Y a finales del
siglo, Ignatius Donnelly, en 1883, sirviéndose de los datos arqueológicos del
momento, halló semejanzas entre el mundo egipcio y las culturas americanas
aztecas y mayas, vinculándolas con Platón y a contactos directos entre ambos
continentes. Todo un universo distinto parecía ser el lugar de enclave de la
enigmática ciudad.
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En el siglo
XXI han irrumpido nuevas teorías, centradas en el ámbito mediterráneo oriental
y occidental, en Chipre, Israel, el Sinaí, entre Sicilia y Malta, en las
puertas del estrecho de Gibraltar o Isla de Espartel, sumergida a 60 metros bajo el mar, o en la desembocadura
del Guadalquivir, escondida entre las
marismas del Coto de Doñana. Será el tema del próximo artículo.
Creo que no
tenemos que empeñarnos en buscar los circuitos concéntricos de la ciudad, las
torres erguidas de los templos, los palacios viviendas y puertos en las
profundidades del tiempo o del mar, sino en el texto del Timeo y Critias. ¿Qué
han querido decir en su relato tan descriptivo? Platón sonríe en su tumba.
Continúa el misterio y prosigue la búsqueda. Pero ha hecho posible que todos
llevemos, como parte esencial de nuestra naturaleza, una Atlántida dentro, la
de la sociedad perfecta y el orden, y la Biblia que llevemos una Babel en el
otro lado frágil de la balanza, la de la perversión, el caos y la destrucción. La próxima semana
vamos a dar un paseo hacia la Atlántida cercana, la que se halla en la marisma
cercana de Doñana, según se han interpretado unas huellas circulares extrañas
en su suelo. Una apasionante aventura y un vehemente debate.
Estoy deseando de que salga el artículo de la próxima semana, a ver si ya hay algo sólido sobre esas huellas circulares ¿Tienen algo publicado en español o inglés Wickbolt y Kühne?
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