jueves, 12 de enero de 2017

«No habrá sino recuerdos»

«El sabor de la manzana (declara Berkeley) está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; análogamente (diría yo) la poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro. Lo esencial es el hecho estético, el “thrill”, la modificación física que suscita cada lectura. Esto acaso no es nuevo, pero a mis años las novedades importan menos que la verdad.»
Jorge Luis Borges
«En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.»
Jorge Luis Borges
«Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie ─fuera de cierto aventurero que soñó Wells─ ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo.»
Jorge Luis Borges
Era bastante tarde cuando decidí regresar. Entré en un pequeño bar y desde allí tuvieron la amabilidad de pedirme un taxi que no tardó nada en venir a recogerme. Miré el reloj sin ningún interés y calculé que llegaría al balneario justo a medianoche. No hacía frío, pero sentía cierta incomodidad, me replegué en el asiento de atrás y perdí la mirada en las oscuridades. Pensé en que esa era buena hora de poemas y recordé:
El poniente de pie como un Arcángel
tiranizó el camino.
La soledad poblada como un sueño
se ha remansado alrededor del pueblo.
Los cencerros recogen la tristeza
dispersa de la tarde. La luna nueva
es una vocecita desde el cielo.
Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo…
     Traté de recordar el título que resistía volver a mi memoria, aunque sabía que era de Fervor de Buenos Aires”, de un muy lejano 1923.
     En recepción dijeron que las chicas habían preguntado varias veces por mí con cierta preocupación. Tomé un par de cartas que habían llegado y enfilé el camino hacia mi cabaña. Caminé despacio, deseaba marchar pronto de allí, pensé en adelantar mi ida unos días. Al pasar próximo a la chabola en la que habían estado María K. y Borges se acentuó la desazón que me embargaba. Ahora sí recordé otro título de Fervor…”; era “Despedida”:
No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.
     Intuía que las encontraría allí, estaba seguro. Sentadas, en silencio, en el porche viéndome llegar. No me apetecía dar explicaciones; saludé. No sé si vi fuego en algunos ojos. Entré en la cabaña dejando la puerta abierta y dejé en la mesa todo lo que traía. En aquel momento desee fumar un cigarrillo que no tenía; me acerqué al pequeño refrigerador y saqué una botella de whisky que estaba a medias; busqué un vaso en la cercanía sin ninguna certeza de encontrar uno limpio.
     Apoyé el hombro izquierdo sobre el marco de la puerta y miré a la lejanía, a las profundidades de la noche, aquellas hasta las que no llegaba la luna. El crujir de la mecedora contra el suelo se hizo más patente y rápido. Estela preguntó por fin:
     ─¿Dónde has estado? Te fuiste sin decir nada… Hemos estado muy preocupadas.
     Siguió balanceándose. Las otras no fijaban la mirada en ningún punto. Esther añadió:
     ─Hemos estado varias veces en el balneario preguntando por ti, y por si habías dejado alguna nota.
     Dora asentía callada.
     Di tres pasos hacia adelante y tomé asiento en el escalón del porche, apoyé la espalda en el poste y bebí de la botella.
     ─Sentí… ─Llevé la botella a mi boca para dar segundo trago sin haber terminado de hablar.
     ─Sentí como necesidad de escapar ─dije logrando acabar la frase.
     Unos segundos de tensión. La mecedora paró.

     ─¿Escapar? ¿Escapar de qué? ─preguntó Estela con claro deje de malhumor.
     ─Escapar… Sí, ¿no os ha pasado nunca? Buscar un camino largo, de esos caminos en los que ves como los dos lados rectos se unen muy a lo lejos y que nunca llegas allí…
     Dora quiso intervenir.
     ─Pero podrías haber dicho algo… ¡Yo que sé!
     ─Todo fue repentino. He decidido irme pronto. No sé… quizás pasado mañana o el siguiente. Las expectativas que tenía al venir aquí no se han cumplido, tengo una sensación desagradable, de insatisfacción conmigo mismo. Quiero emprender el regreso ─Aligeré la botella dándole otro toque.
     Esther se levantó y dirigiéndose a Dora le dijo:
     ─¿Nos vamos?
     Dora asintió y pasaron por delante de mí, casi pisándome. Pronto se perdieron en la oscuridad por el camino del lago.
     Estela dejó la mecedora y se puso de pie a mi lado. También miró en la misma dirección que yo lo hacía; hacia ninguna parte.
     ─¿Qué te pasa? ¿En qué piensas? ─preguntó íntima.
     Dejé pasar unos segundos, cambié de postura y fijé mis ojos en sus espléndidas piernas.
     ─Ahora mismo pensaba en Borges y Estela Canto, sentados en un duro banco de hormigón, cada uno en un extremo. Poca iluminación; la de una farola a media distancia que les lanzaba algo de luz. Él escudriñaba el oscuro espacio e intentaba mirar en la dirección en la que estaba Estela. Borges le pidió que se casara con él. Quizás ella se sorprendió… no sé. Aquella situación parecía sacada de una cursi novela victoriana… Sí, creo que se quedó muda de asombro.
     ─¿Eso cuándo fue? ─preguntó Estela sentándose a mi lado.
     ─Una noche, en los últimos días del verano de 1945.
     ─Creo que ella no esperaba que el escritor le hablase de casamiento.
     ─¿Y qué le respondió la Canto? ─la voz de Estela se había suavizado y había perdido mucha parte de crispación.
     Traté de recordar las palabras con toda exactitud. Después de una corta pausa proseguí:
     ─La contestación de aquella Estela fue divertida, ingeniosa, rápida: “Lo haría, Georgie, pero no debes olvidar que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos hemos acostado”.
     ─¿Qué pasó después? ─preguntó interesada.
     ─Imagino que Borges se quedó muy confundido y no supo cómo reaccionar, ni sabía cuál era el siguiente paso que debía dar. Estela no se mostró entusiasmada con la idea. Además la madre de Borges, doña Leonor, interfirió mucho en aquella incipiente, o rara, relación.
     De forma casual nos quedamos callados y mirando la log cabin que habían ocupado María K. y él.
     ─Entonces… ¿te vas? ─preguntó quedamente.
     No respondí de inmediato, y volví a mirar a lo lejos. Luego le recité unos versos sueltos:
La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas…
     ─¿Sabes el título? ─me preguntó.
     ─Sí. “De que nada sabe”, de la “Rosa Profunda”, de 1975.
     Sonrió casi sin despegar sus carnosos labios y habló con lentitud, palabra a palabra:
     ─”De que nada se sabe”…
     ─Es cierto, sí, nunca sabemos nada.
     ─Nada ─repitió de nuevo.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

2 comentarios:

  1. Empezamos otra vez a engancharnos a Ignacio y a Borges, ya echaba de menos estos escritos, el de hoy me parece bastante profundo, la tristeza de la despedida, la decepción que siente, el no saber en realidad que es lo que quiere. Está todo tan bien expresado que he podido recordar situaciones en las que me he podido identificar con esas sensaciones.
    Me ha encantado.

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  2. Buena noticia la de retomar las narraciones borgianas. Y bienvenida sea la que viene de la mano de la piesía.

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