martes, 9 de mayo de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (309)

CARTA  A LOLO

   Mi querido y recordado Lolo: hace ya ocho años que saliste de casa y aún te tengo presente. Todavía me creo que puedes aparecer en cualquier momento, en la puerta de casa, llamando para que te abra.

   Cuando eras pequeñito, no había cosa que más alegría te diera, que verme llegar con el biberón. Como siempre te ponía un paño para no mancharte, a veces te hacía rabiar. Te enseñaba el paño, tú te ponías nervioso, pero no te traía el biberón. Entonces llorabas con un soniquete lastimero que me hacía volver a la cocina inmediatamente para dártelo. ¡Lo cogías con unas ganas! ¡Y le dabas unos empujones! Y todo para que la leche saliera más deprisa. Luego, al terminar, te quedabas dormido en mis brazos y allí podías llevarte horas…

   Fuiste creciendo y poniéndote fuerte y robusto. Tenías una energía inagotable. Eras todo músculo. Eran impresionantes tus saltos, sin coger carrerilla ni nada.

   Aunque eras travieso, te llevabas bien con las gatas, e incluso dormías, a veces, con ellas pegadas a tu cuerpo. No fuiste caprichoso para comer y  comías de todo. Te reñíamos cuando te comías lo que encontrabas por el suelo. Y lo único que no comías eran las uvas. El caso es que te las metías en la boca, pero enseguida las escupías. Y era porque te daba miedo explotarlas. Había que romperlas o pelarlas.

   ¡Cuánta compañía me dabas! Nos llevábamos muy bien y nos entendíamos sin necesidad de hablar. Pocas veces te tuve que reñir, y cuando lo hacía ponías unos ojitos lastimeros… Luego apoyabas tu cabeza en mi pierna y ya me desarmabas.

   ¿Recuerdas aquel día en que vino el técnico de la televisión? Como no parabas de darle la lata jugando con sus herramientas, yo te llamaba al orden diciéndote con energía: ¡Lolo, deja eso! Así lo hice varias veces, hasta que el pobre hombre se volvió y me dijo: “Señora, ¿qué le pasa conmigo?” Y es que también se llamaba Lolo.

   El otro día, buscando en una caja de fotografías, te vi. Estabas muy guapo con corbata azul y lunares blancos. Estábamos celebrando la Primera Comunión de Santi y alguien te había puesto la corbata del colegio, después de decorarla.

   La noche que te fuiste, te esperé durante angustiosas horas, y viendo que no volvías, salí a buscarte por toda la zona. Era una noche de lluvia torrencial y temía que con la mojada te pusieras peor de tus problemas de bronquios.

  
¿Cómo pudiste desaparecer y no volver?

   Pusimos tu foto y carteles por todas partes y fuimos a las clínicas por si alguien te había recogido, o sabían de algún accidente. Nadie sabía nada. Quizás fue mejor así. Me consolaba pensando que tal vez estuvieras vivo y estabas con otra familia, alegrándoles la vida como hiciste con nosotros.

   Me llevé meses esperando verte en la puerta, pendiente de que te abriera. Cuando iba acercándome a la esquina desde donde se veía la puerta, iba con el corazón acelerado; pero no, no me esperaste  más.

   Lolo, mi perro bodeguero, ratonero, foxterrier más cariñoso del mundo…te echo de menos.

Laurentina Gómez Rubio
Socia colaboradora de la Academia

1 comentario:

  1. Jesus Almendros Fernandez.Te9 de mayo de 2017, 10:01

    Entrañable, como todos los relatos que nia ofreces, Tini. Precioso, de verdad.

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