A lo mejor, lo que está Vd. pensando
es que voy a escribir sobre
la lengua en salsa, o sobre la lengua escarlata, incluso sobre el mal de la
lengua azul. La lengua, la sin hueso, que dicen --aunque hay otros miembros o partes
del cuerpo que tampoco tienen hueso, ni cartílagos--, se ha enseñado, desde
siempre, al médico. Había, en mis años infantiles unos muñequitos que al
presionarlos sacaban la lengua: “Toribio, saca la lengua”. Sacar la lengua, en
señal de mofa, ha sido de mala educación y de principios viles. Ir con la
lengua fuera o a carajo sacado
es cosa de gente aturrullada, baja y soez. Sin embargo, el conocimiento del mundo
clásico y de las lenguas muertas ha sido
de buen tono y de gente culta y de altas miras. Pero, por desgracia, la
enseñanza de las lenguas muertas ha decaído tanto que ni los curas saben latín,
ni griego, ni hebreo, ni mucho menos el arameo.

Los curas, las beatas, y hasta
los niños en edad de hacer la Primera Comunión sabían, en otro tiempo, expresarse
con Dios en latín, que es la lengua que,
al parecer, Dios, la Virgen y los Santos entienden. Sin embargo, deshecho el
maleficio de la confusión de lenguas de la Torre de Babel, con el Pentecostés,
el Espíritu Santo dotó a los Apóstoles del don de lenguas. Y así San Pablo que,
aunque no estaba en el cenáculo, estaba entonces conspirando contra los que en
él estaban, pudo hablarles y escribirle cartas a los de Corinto, a los de Éfeso, a
los de Filipo,
a los de Tesalónica... en sus lenguas vernáculas y ser entendido por todos los
que recibieron sus correos. Sin embargo Santiago, Apóstol y Patrono de España,
se expresó a los hispano-romanos en latín, según se ha podido saber de buena
tinta. Y es que los Apóstoles sabían latín y griego sin haber pasado por ningún
seminario, ni ser del Plan del 53.
Viene todo esto a cuento por el
ejemplar y precioso discurso de Emilio Flor, en su ya antiguo ingreso como
Académico de número en la de Santa Cecilia. Emilio hace méritos de la necesidad
de saber latín y griego; de cómo el conocimiento de estas lenguas amplía la cultura, hace razonar, nos
pone en situación de conocer mejor las palabras españolas. Y tiene más razón
que un santo. Antes, todos
estábamos obligados a un bachillerato con latín y griego y a un
preuniversitario en el que traducíamos a Tito Livio y a Heródoto,
a César y a Plutarco, a Virgilio y a Homero... Y no hemos quedado
traumatizados. A mí me encanta leer, e incluso traducir, los ingredientes que
figuran en las etiquetas de las galletas en caracteres griegos. Pero es que yo
soy del Plan de Enseñanza del 53. Hoy, por desgracia, el griego solamente está
en esas etiquetas y ha quedado para los anuncios por palabras que ponen las
putas en las secciones de relax. ¡Si Don Miguel Zea levantara la cabeza!
Luis Suárez Ávila
Académico de Santa Cecilia
Bien dicho!!!
ResponderEliminarEl Puerto sigue siendola cuna de la ironia. Enhorabuena¡
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