ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (163)
CUANDO
LEO UN POEMA (y II)
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“No le
toques ya más, / que así es la rosa.”
Siempre
he querido ignorar si el pronombre del primer verso es le o quizás lo o tal vez
la, porque me deleita añadirle un tormento más a las tribulaciones de Juan
Ramón Jiménez, introduciendo la turbia duda de si el pronombre sustituye al
poema, a la belleza o al demonio meridiano que inclementemente le hostigaba con
el señuelo de alcanzar la “poesía desnuda”, “la pasión de mi vida.”
Lo cierto
es, que el destino de todos los poetas ha estado siempre marcado por un ansia
irreprimible de perfección, como la increíble peripecia de entusiasmo y
vocación de Miguel Hernández.
Era
apremiante culminar con presteza las etapas de su completo desarrollo, para
conseguir diferenciar su voz entre la de los poetas coetáneos.
Se diría
que era consciente del corto espacio de tiempo de que iba a disponer, para
alcanzar el lugar privilegiado que hoy ocupa en la historia de la poesía
castellana.
Miguel
Hernández tenía un carácter alegre y unos redondos e inquietos ojos, alimentados
con la luz de su artística Oleza y todo ello unido a una singular capacidad
creadora y a su irrenunciable vocación poética, derivan en esa versificación
luminosa, que nos produce el mismo estremecimiento que un rayo de luz
palpitando en nuestras venas.
La
sonoridad, la emoción lírica que Miguel Hernández le imprime a su caudalosa
profusión de metáforas, nos transporta a los dominios de lo inefable.
En la
metáfora, la palabra común no es la palabra común, aunque lo sea, porque
abandona temporalmente, en pirueta lingüística, su función real, para
instalarse, por relación de semejanza, en un escenario imaginativo.
Detengámonos
en el sortilegio metafórico con el que nos revela el pudor de su novia,
Josefina Manresa, al usurparle su primer beso: “Yo te libé la flor de tu
mejilla, / y desde aquella gloria, aquel suceso, / tu mejilla, de escrúpulo y
de peso, / se te cae deshojada y amarilla.”
O cuando,
joven, ultrajado y herido, se transmuta en toro, al que abandona su tempestuosa
furia y llora. Era el adiós a su tormentosa y apasionada relación con Maruja
Mallo: “Bajo su frente trágica y tremenda, / un toro solo en la ribera llora /
olvidando que es toro y masculino.”
Los
diferentes tipos de metáfora superan la veintena y aun podría aglutinar a otros
tropos o figuras retóricas entre la cuales, a veces, resulta difícil la
distinción. Pero no es necesario adentrarse en un análisis tan pormenorizado
para disfrutar la emoción de un poema.
Eugenio Martínez Orejas
Colaborador de la Academia de Bellas Artes
de Santa Cecilia
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
ResponderEliminarPara la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida
Después de la introducción con el enfermizo perfeccionista por excelencia Juan Ramón ; el repaso nominal de insignes poetas, y el final, con la Elegía de las elegías, de Miguel Hernández, creí que sobraban todos los comentarios, y sobran; pero no me resisto a agradecerte la magistral forma en que nos esclareces lo sublime de la metáfora en los maestros. ¡Ah! La dramatización por el rapsoda de Jarcha, portentosa.
ResponderEliminarExcelente selección. Puestos a elegir grandes poetas la lista es muy extensa, pero sin olvidar a muchos otros también con fuerte carácter en sus versos, para mi gusto nadie con tanta fuerza y expresividad como Miguel Hernández
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