MEDITACIÓN DE
LAS RUINAS
Durante un paseo sabático por el centro de El Puerto, la melancolía y
la conciencia decadentista –propiciadas por esta estación invernal– descargan
mi mirada sobre el verdín de unos resquebrajados muros. Le digo al Señor Lobo,
compañero de mi andada vespertina, que no está bien alzar la pata sobre una
pared resquebrajada y abatida, pero el número de inmuebles en estado ruinoso
hacen de la excepción una regla. Le explico la diferencia entre una casa vieja
y herida de muerte y una casa antigua que sostiene habitable la dignidad de los
años. Aunque por desgracia abundan de las primeras, en nuestro deambular
nocturno no suelo pensar en la gestión política del postmoderno pintado de
fachada que empuja los edificios a una simulada existencia de decorado
cinematográfico; ni pienso en el desperdicio económico que supone un centro
histórico con tantas ruinas como comercio arruinado; tan sólo aprovecho y
medito sobre el caimiento y la decadencia. Al fin y al cabo, soy un mero
paseante con perro.
Toda ciudad espeja el estado crítico de una época, donde incluso las
realidades e idealidades en que vivimos alcanzan el lamentable estado de ruina.
La “ruina” es la “caída”, el
acabamiento de algo tal como nos era conocido. En plural, las “ruinas” designan
restos de mundos decaídos o destruidos, vestigios históricos de una quiebra del
ser; realidad presente de aquello que ya no es, pero que en algún momento fue.
Con acierto, Georg Simmel comparó las
ruinas del espíritu con las de la arquitectura, mostrando en éstas el carácter
de límite o frontera donde la naturaleza vence en reconquista a la cultura. Al igual que el
edificio material, también se deshace la edificación del espíritu. Me cruzo con
demasiadas almas transeúntes que, sin destino, como viajeros accidentales
arrastran toda su vida dentro de un trolley
o unos cartones para dormir. No sé cómo explicarle al Sr. Lobo que toda ruina
es una contradicción, una oposición del espíritu humano, ante la que la vida no
puede reducirse sólo a mero diagnóstico de cesación, sino que debe ser también
construcción o reconstrucción de nuestra propia realidad.

El problema radica en que toda realidad es proceso, conducción de una cosa a otra, de un estado a otro, de una
época a otra; hasta el punto que, como dijo el gran filósofo Hegel, en “la
historia caminamos entre las ruinas” de lo sido. Eco en el diagnóstico de
Ortega y Gasset sobre la decadencia de Occidente, advirtiendo historicistamente
que el acabamiento de lo anterior es condición del nacimiento de lo posterior.
Sólo cuando de una cesación no surge nueva vida, se permanece entonces viviendo
en un estado de caimiento. Rememoro,
también con resonancia en versos de Machado,
la original sentencia hegeliana: “Todo parece pasar y nada permanecer. Todo viajero ha sentido esta
melancolía”. Mas
contemplo pesaroso muchos habitáculos al vacío, techos de intemperie y quiebras
del espíritu. Ruina de la modalidad de vida del hombre europeo que, orientado
por la razón y la justicia, coliga la consecución del bienestar y la conquista del
bienser. Ese histórico modus vivendi
peligra igual que estos añosos edificios, sólo por falta de voluntad para una
existencia nueva y digna.
José M. Sevilla Fernández
Académico de Santa Cecilia
Excepcional artículo del Sr. Sevilla.
ResponderEliminarMagnífico escrito. aunque me he perdido un poco en la conclusión o el final.
ResponderEliminarUna lección magistral de filosofía en un paseo sabatino. Me ha encantado.
ResponderEliminarEnhorabuena.