Las Columnas
de Hércules, puerta abierta entre dos mares
Diego Ruiz Mata / Catedrático de
Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia
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Los
seres humanos necesitamos límites tangibles y objetivos que nos conforten y nos
den seguridad, y la abstracción sólo tiene sentido en el deseo y en los sueños.
Se requiere crear mundos sólidos con hitos que lo delimiten. Y precisamos soñar
a través del misterio, hacia lo desconocido y peligroso. En los confines del
mundo, en ese espacio inconcreto casi infinito que situamos por instinto y
necesidad de asentarnos, para señalar un límite lejano e inasequible, para
fijar un comienzo hacia un lugar distante y desconocido, es donde se forjan los
sueños y la fantasía, la vida de los seres imaginados e inasequibles que
habitan en montañas que alcanzan el cielo, en los países deseados en los que crecen
manzanas de oros guardadas por seres híbridos fabulosos, seres-reyes de tres
cabezas, las islas errantes que navegan sin rumbo en los mares abiertos al son
de unas olas que no obedecen a las leyes de la pura física, donde el hombre se
halla más empequeñecido y con miedo constante y sobrenatural, donde viven razas
de gigantes con un solo ojo, donde todo tipo de seres monstruosos salen al paso
de las embarcaciones que se dirigen a sus puertos para intimidarlas, las
sirenas de cantos cautivadores que arrebatan y pierden el corazón y la razón de
los hombres –lo sabía muy bien Odiseo en su vuelta a Ítaca-, cuevas que se abren
junto al mar y que se adentran en la oscuridad a lugares desconocidos, seguramente
al mundo infraterreno donde habitan la muerte y los muertos y el llanto, al
lugar donde los ríos arrastran aguas de plata hacia el mar…Y contemplado con
ojos actuales, con la relatividad que proporcionan el tiempo y el espacio
percibidos en los distintos momentos de la vida del “homo sapiens”, todo fue
pensado en un espacio de tres o cuatro mil kilómetros de distancia,
prácticamente nada si miramos el mapa del mar, pero demasiado para navegarla, y
muy corta para verla desde un avión desde el cielo. Y tan importante ha sido
este hito, que su localización fue objeto de numerosos debates sobre dónde se
ubicaban, cómo se llamaban y quienes la alzaron, y que de diversos modos y
simbolismos ha perdurado hasta nuestros días.
Símbolos que
vemos con frecuencia, sin detenernos y preguntarnos su sentido, por familiares
y vistos. El escudo de Andalucía ostenta un logotipo, basado en el de la ciudad
de Cádiz, mostrando la figura de un
Hércules joven entre dos columnas que la tradición sitúa en el estrecho de Gibraltar. Lo mismo se
advierte en la bandera de España, cuyo escudo flanquean dos columnas solitarias
coronadas y asentadas en las olas del mar. ¿Significará, acaso, el escudo un
país y los pilares sus puertas?. Es posible que tenga el simbolismo de hace más
de dos mil quinientos años, como verdaderas entradas. Pilares, sólo sendas
columnas como la expresión de un símbolo concreto elaborado en la Historia, se
hallan también en los escudos de San Fernando y de Melilla, en el Ayuntamiento
de Sevilla, e incluso en lugares lejanos, como San Diego en California, por
citar unos pocos ejemplos. Sólo dos columnas significando toda una Historia
transmitida. El poder de la abstracción, su concisa claridad.
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Pero no
siempre ha sido así tan fácil de entendimiento, como nos ha relatado Estrabón
en su libro III sobre Iberia –escrito en época de Augusto- y en el capítulo
sobre Cádiz. Desde la antigüedad se ha discutido sobre el significado de estos
símbolos y el lugar de su ubicación en el distante Occidente. Lo que demuestra
la importancia que ha tenido este hito geográfico en el imaginario antiguo y
actual, objetivado en sendas columnas o en los picos de montañas.
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Tras el
relato de Estrabón, sobre la fundación
de Gadir, sigue la descripción y discusión de las Columnas de Hércules a las
que dedica un largo discurso sobre consideraciones y razonamientos de su
situación y significado, basados en las opiniones de otros historiadores y
geógrafos griegos. El problema lo plantea sucintamente cuando escribe que “…unos creen que los promontorios que forman
el estrecho son las Columnas, mientras que otros las identifican con las
Gadeira –las islas gaditanas-, habiendo
quien cree que están fuera, más lejos de las Gadeira”. Las Columnas se
erigen, pues, en los promontorios de Abila y Calpe, en el norte de África y
España, o son dos islitas, una de las cuales llaman isla de Hera, donde había
un santuario dedicado a esta divinidad, o bien las sitúan en Cádiz refiriéndose
a las dos columnas del templo de Melqart o Heracles, y más tarde Hércules. Se supone con razón que
este templo, construido al modo del que Salomón encargó al rey fenicio Hiram I
de Tiro, estaba precedido por dos columnas coronadas de palmetas símbolos de la
fecundidad, que no sostenían nada, sólo llevaban el peso de su significado, y
tenían nombres, Jaquin y Boaz, al menos en el templo hebreo.
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En cuanto a
los nombres también hay divergencias. El poeta Píndaro –entre el 510 y 440
a.C.- las denomina “puertas gaditanas”,
Arístoteles, en el siglo IV a.C., dice que las columnas que “…ahora se llaman de Hércules antes se
llamaron de Briareo”, mientras que Timeo, en la misma época, se refiere a
la Puerta Tartesia, Euforión, hacia el 230 a.C., argumenta que en principio se
conocían como Columnas de Cronos, más tarde de Briareo y, por último de
Hércules, Flavio Arriano, en el siglo II d.C., las menciona como Columnas de
Heracles, Porfirio, en el siglo III, “Estrecho
Gaditano” y Apuleyo, a mediados del siglo II, como Columnas Gaditanas”. Los
diferentes nombres se refieren alo mismo: la demarcación, mediante un concepto
simbólico –las columnas como “axis mundi”-,
del extremo del Mediterráneo y los comienzos de otro mar, hacia el corazón de
Tartessos en cuanto significación de riqueza y abundancia. Y de una referencia
espacial a la que alcanzaron las hazañas de Hércules, quien abrió el mundo
hacia Occidente elevando sendas columnas, que también son las expediciones
fenicias y griegas a un mundo anhelado por sus riquezas en metal. La apertura
del mundo oriental hacia el lejano Occidente.
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Mas las
Columnas también fueron un lugar sagrado donde se erigieron templos a Hércules,
como nos informa R.F. Avieno en su poemario “Ora Maritima” –siglo IV d.C.-, recogiendo noticias más antiguas del
ateniense Euctemón. El poeta escribe que entre el país líbico – todo el norte
de Africa- y la costa de Europa se erigen dos islas que se conocen como
columnas de Hércules, separadas por treinta estadios, inhospitalarias,
cubiertas de espesos bosques, y en ellas hay templos y aras dedicados a
Hércules donde los navegantes llegados al lugar sacrifican al dios y se alejan
presurosos, pues se tiene por sacrilegio permanecer en las islas. Se contaba
también que, junto a las islas, el mar es muy poco profundo en una gran
extensión, lo que impedía a los barcos cargados acercarse a estos parajes por
la poca profundidad de las aguas y el espeso lodazal de la costa. El paisaje
descrito alude claramente a islotes emergentes cercanos a las costas africanas
e hispanas.
Para el navegante, estas columnas en sentido
simbólico, son hitos o puertas figuradas, que separaban a ambos mares, y
suponían sobre todo el acceso a Gadir y a Tarteso, una región plena de recursos
económicos a la que llegaron durante el siglo IX a.C., para comerciar primero y
establecerse más tarde. De ahí su importancia, su carácter simbólico,
religioso, político, fronterizo, étnico y referente geográfico. Una verdadera
puerta entre dos mares, una frontera, abierta a las ricas zonas de la Bahía
gaditana –el núcleo fenicio más importante de Occidente-, Bajo Guadalquivir y
región minera onubense, donde se situaba el centro de la legendaria
Tarteso. Una puerta custodiada, sólo
accesible para quienes controlaban las riquezas y el comercio del rico
Occidente por entonces.
Lo cierto es
que fue costumbre, o norma obligada, levantar hitos allí donde los dioses o
conquistadores –ambos inseparables- habían culminado sus viajes o dominios,
tomando esos lugares sus nombres, que se conservaron resistiendo el tiempo
hasta la actualidad. El hombre se ha movido en el mundo dejando huellas de su
paso, sacralizando lugares, creando hitos naturales, construidos o imaginarios.
No se ha dado un paso sin fijar un hito, natural o construido. En la dialéctica
hombre y medio, siempre hay que grabar una huella, una referencia que constate
la presencia Pero estos nombres fueron diversos, como hemos visto, y también los lugares de la
ubicación de estos hitos, como detalladamente nos informa Estrabón, a lo que
dedicó mucho espacio en su libro. Poco importa cuáles fueron sus verdaderos nombres,
pues todos son verdaderos: Abila y Calpe, puertas gaditanas, columnas de
Briareo –el gigante de cien brazos hijo de Urano y Gea-, puerta tartesia o
columnas de Hércules, como comúnmente se las denomina. Personalmente creo, como
los indígenas iberos y africanos de esos tiempos, que las famosas columnas son
las del santuario de Melqart-Heracles-Hércules, que portaban inscripciones
fenicias registrando los gastos invertidos en la construcción del santuario.
Las Columnas son Melqart-Heracles-Hércules en su descubrimiento del mundo, el
simbolismo del conocimiento y expansión hacia Occidente, frecuentado en otros
tiempos más antiguos, y en cuanto paradigma de riqueza y felicidad.
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Imaginemos lo
siguiente abriendo los ojos. Un barco navega tranquilo por las olas suaves de
la costa para traspasar esta puerta que conduce a las Islas Gaditanas,
precedida por el templo de Melqart, donde realizará una ofrenda y sacrificio,
agradecido por llegar a ese lugar tan distante de Sidón, o de Biblos o de Tiro,
o tal vez de Cartago o de Corinto, y llegará a la ciudad y a sus templos,
negociará en el puerto del Castillo de Doña Blanca, que espera paciente su
nombre verdadero, remontará después el anchuroso estuario del Guadalquivir
adentrándose en sus abras marinas hasta las ciudades allí apostadas, se
detendrá, como es debido, en el templo de Melqart en Caura –Coria del Rio- para llegar finalmente a Spal -Sevilla- y a agradecer y
depositar su ofrenda a Astarté, diosa también de la navegación, haber llegado sin
grandes inconvenientes. Tras unos días de reposo, bajará el río, y las velas
hinchadas alcanzarán Tartesos, entre los ríos Tinto y Odiel. Si es su objetivo,
navegará hasta Lixus, en Larache, y acaso hasta las Islas Afortunadas, o las
Islas Canarias, y el islote de Mogador, el límite del confín del mundo. Este barco
ha cruzado con zozobra las Columnas para adentrarse en ese mundo mítico y real
que es la consumación de los sueños para el navegante. Pues bien, este viaje
revive el deseo para muchos en el presente, constituye su meta y la esperanza.
Las Columnas
de Hércules hoy constituyen parte sustancial de los logotipos de los escudos de
Andalucía y de Cádiz, como reflejos de un pasado mítico y real en el que
Occidente fue la región más culta y rica del Mediterráneo, codiciada y
envidiada por muchos. Así lo atestigua la Historia. También es motivo de estudio.
Hoy sólo queda el pálido reflejo de un tiempo sumergido en el ensueño de una
historia pasada que ya no es y puede ser si lo deseamos y hay empeño. Pero sus
vestigios, los arqueológicos, permanecen dormidos en el subsuelo, y en el suelo
la realidad, a la espera de la voz que diga “levántate y anda”. Hay que recuperar la Historia, la curiosidad y
la esperanza para proyectar un futuro.
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