23.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE
Peregrinando
por los templos de los dioses fenicios
Diego
Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia
Para
mí, los fenicios, en mis primeros años de iniciación arqueológica, eran las
olas azules oscuras del mar, el sol que brilla en lo alto, las playas con
muchos guijarros y algas entremezcladas, los pequeños y familiares fondeaderos
junto a las colinas bajas sin apenas vegetación. Y, al fondo, muy lejos, las
montañas, como el atrezzo de un
escenario de ópera, de colores verdes. Para mí, eran las ciudades fenicias con
sus nombres modernos, los muros que apenas alcanzan una altura de medio metro,
y muchos fragmentos rotos de vasos cerámicos, con bandas rojas y negras o con
un engobe uniforme y rojo sólo. Así me lo imaginaba, y de este modo lo veía al
pasear por las playas o a través de libros de textos. Siempre bajo un sol
alegre. Nunca con nubes oscuras, nunca con lluvia. Siempre como un eterno
verano. Y me equivocaba. También he visto a los fenicios navegando en otras
aguas tranquilas y grises, con un cielo menos azul, tamizado, y playas de
arenas blancas. En ellas se extienden viviendas sencillas y se erigen
santuarios a los dioses de sus patrias. Os invito, esta vez, a que peregrinemos
juntos por los templos y santuarios sagrados, en ciudades, en un solitario
islote rocoso, o en cuevas profundas.Eso era lo que veía. Después descubrí que
las piedras y los objetos tenían voz, muy cercana, que hablaban en idioma
inteligible, familiar y muy vivo. Diría que el tiempo ha cambiado poco.
Sé
que no está de moda, no se lleva, que
incluso está mal visto hablar de templos, o de imágenes, o de temas religiosos,
en esta época de lo políticamente correcto. Sin la religión,sin la vinculación
del hombre con los misterios y la impotencia ante el cosmos amenazante, no
hubiese existido la Historia. Está incrustada en los genes del ser humano,
desde el homo sapiens. Vayamos, pues, a visitar aquellos lugares que hace siglos
fueron sagrados, morada de los dioses, ámbitos de culto, centros de sabidurías
y de peregrinación. También han sido objeto de guerras y de odios. La prueba es
que continuamos hablando de ellos, como tema muy actual y persistente. Porque
no hay nada más actual que hablar de religión, de lo sagrado, de creencias y de
los conflictos del mundo, en una época laica y material. Os invito, con
modestia, a reflexionar, pues información sobre el pasado y reflexión sobre el
presente son los objetivos de estos artículos, coordinándolos. Es lo
importante. Creo.
Pero
todo tiene su lado más oscuro. Si quieres destruir a un pueblo, esfuérzate por
eliminar sus creencias religiosas, sus rituales ancestrales reiterados, haz
pedazos a sus dioses, arranca de raíz sus templos y lugares sacros. Pero si
quieres ensalzarlo, darle vida, construye la casa del dios más grande de la
ciudad, eleva sus techos y torres hacia el cielo, que sea visible desde muy
lejos, mucho antes de llegar a sus murallas, a las puertas de la ciudad y desde
cualquier lugar de la población, e incluso lo que más se alce hasta donde la
vista quede borrosa, como una torre de Babel ya acabada. Y me acuerdo de aquella frase que ningún
canónigo pronunció, sobre la construcción de la catedral de Sevilla, y que ha
quedado como dicha y cierta: “Hagamos una
catedral tan grande que los que la vieren nos tomen por locos”. Pertenece
al imaginario de la historia, pero si está probado el hecho. A partir de 1401,
se inició la construcción de la catedral gótica de mayor tamaño del mundo y una
de las diez más colosales del universo. ¡Claro que son importantes los
edificios religiosos para un pueblo!. Y las ideas y creencias que entrañan.
Y
claro que es necesaria su destrucción absoluta si se quiere exterminarlo,
dejarlos sin asideros ni garras que los sustenten a un origen, que los fortalece
y cohesiona. Basta sólo con dos ejemplos. El primero es el de la destrucción de
un pueblo y su diáspora. En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a
su hijo Tito ir a Judea y sofocar la revuelta que desde hacía cuatro años
originaba problemas. Tras el asedio, Tito conquista Jerusalén, destruye y
saquea el templo. Judea fue arrasada, una cuarta parte de los ciudadanos fueron
vendidos como esclavos, y sólo una minoría continuó viviendo en el pueblo
arruinado. Flavio Josefo, un judío romano, sostuvo que el dios de los judíos se
había puesto del lado de Roma. Ese pueblo perdió su referencia, el templo que edificaron
David y Salomón el año 1000 a.C. Pero no
sus creencias religiosas, escritas en la Biblia, el libro sagrado que los unía.
Comenzó su diáspora. Algunos han
regresado al lugar originario hace menos de un siglo. No era la primera vez que
destruían su templo. Los asirios, en el 586 a.C. lo hicieron, pero fue
reconstruido. Esta vez no había nadie para hacerlo. La mayoría de la población
fue expulsada de su ciudad y quedaron sin sacerdotes para el culto. Y sin el
templo, se refugiaron en la Ley, en su cumplimiento, en la oración y en las
reuniones en las sinagogas, bajo la guía de los rabinos. Tras una última
rebelión, bajo el imperio de Adriano, comenzó el largo y lamentable exilio, la
diáspora. ¿Qué queda hoy, en el siglo XXI, de toda esta larga historia, como
referencia religiosa?. El muro de los lamentos. Un muro, parte del templo, que
dejó Tito como recuerdo amargo de la derrota. El judío cree fielmente que ha
sido la voluntad divina quien lo ha mantenido en pié, como símbolo de la
alianza perpetua entre Dios y el pueblo. Lo cierto es que es su lugar más
sagrado de la Tierra. Han pasado dos mil años y siguen vivas su historia y sus
creencias.
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Otros
ejemplos son más cercanos en el tiempo. En 1453, M. Lutero, en su pastoral “Sobre los judíos y sus mentiras”,
recomendaba con obstinación que las sinagogas “deberían ser incendiadas, y todo aquello que no arda debería ser
cubierto, enterrado con tierra para que no queden a la vista ni una pavesa ni
una roca. Y todo esto debería hacerse por el honor de Dios”. Unos
quinientos años después, del 9 al 10 de noviembre de 1938, se produjeron los
lamentables hechos violentos conocidos como “La noche de los cristales rotos”,
o Kristallnacht, en los que se
destruyeron casi 1.400 sinagogas, negocios, casas saqueadas, cementerios
profanados y miles de judíos fueron llevados a campos de concentración o
asesinados. Y hace unos meses, vemos en directo, en las pantallas que todo lo
reflejan, cómo el grupo de terroristas e integristas Daesh destruye la mayor
parte del templo de Bel, el más importante de las ruinas históricas de Palmira
en Siria. Sucedió el 31 de agosto de 2015. Un sirio, residente en
Palmira”, informa que “la destrucción es total. Los ladrillos y
columnas están en el suelo. Hasta un sordo pudo haber escuchado la explosión”.Y
tras la toma de la ciudad de Palmira, anuncia la televisión siria, Daesh ha
ejecutado a unos cuatro civiles sin discriminar edad y sexo, como complemento
necesario, al parecer. La ONU, tras la revisión de imágenes por satélites, dijo
que se podía “confirmar la destrucción
del edificio principal del templo de Bel así como la de una hilera de columnas
de sus inmediaciones”. Son ejemplos de los miles existentes en la Historia.Se
trataba de aniquilar las ideas, las referencias. No es posible.
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La
historia no se puede explicar sólo desde la economía.Es un error. Es la lectura
fácil, a la que se recurre al socaire de las teorías materialistas, y en
realidad desde toda postura impositiva y totalitaria, cuando no se ha
comprendido bien el poder de las ideologías o no han funcionado como se
esperaba en los programas. No es tan fácil matarlas con las armas de fuego. Y
por eso hay que destruirlas, es decir, aniquilar sus símbolos. Leo, en estos
días, el libro de Y. Noah Harari“De
animales a dioses” (2013) donde argumenta que“es imposible entender la unificación de la humanidad como un proceso
sólo económico”. Las ideologías, y la religiosa sobre todo, han sido los
grandes impulsores de la Historia. Es la razón de la importancia de los templos
y de sus dioses y sus cultos, manifestaciones esplendentes. Es el momento de recorrer algunos lugares
sagrados, sus emplazamientos y ver lo que queda de ellos. Os invito a ver lo ya
conocido de nuevo con vetustos y actuales ejemplos. La manera en que la
Historia adquiere extraordinario sentido, y no sólo con hechos, nombres y
fechas que hay que repetir como ajenos. A la Historia hay que hacerla propia y
cercana, confidente y amiga. No distante, como se pretende.
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En
las puertas de la entrada al Atlántico, donde se sitúan las Columnas de
Hércules, se halla un templo en la cueva de Gorham en Gibraltar, en la base de
un acantilado y accesible para el navegante que viene del Mediterráneo. Desde
el Paleolítico se usaron estas cuevas como espacios religiosos. Altamira es
ejemplo explícito de ello. Sus espacios y pinturas, que los contemplamos sólo
como arte, son la expresión de ideas religiosas en su lucha contra la fuerza y
los medios para la supervivencia. Y se hallan dispersas por todo el
Mediterráneo. La cueva-santuario de Gorham es algo parecido para el navegante
que llegaba a los confines del mundo por entonces, expresado en las míticas
columnas que construyó Hércules. Tiene connotaciones marineras. Y es de seguro
una diosa, Astarté primero, y Venus y Tanit más tarde, quien protegía a la
navegación y al marinero. La cueva, adentrada en la roca, tenía dos espacios,
uno interior o sancta sactorum, el
más inaccesible y sede de los exvotos, y otro exterior donde el nauta
agradecido rendía culto con sus ofrendas, sus comidas rituales en honor a la
diosa y el humo del incienso, o planta olorosa, que conecta el suelo con el
cielo. Y como había que dejar algo, como acto piadoso y de agradecimiento, el
marinero depositaba escarabeos, amuletos, fíbulas, anillos, cuentas de collar,
rostros de terracota, comidas y otras ofrendas. Hay quienes creen que la
columna estalagmita de la entrada puede ser un betilo, o casa, natural que
represente a la diosa marina, como de la fecundidad que es también.
Muy
cerca se halla una isla, de la que se conoce muy poco. Es la isla de Las
Palomas, de donde procede una cabeza de una diosa, seguramente de Venus Marina,
quizás del siglo II a.C., e imitando una copia griega de Praxiteles, de hacia
340 a.C. Es muy posible que constituya otro ejemplo de la topografía sagrada
para la navegación. Y esta vez, no en el interior de una cueva, sino en un
templo al aire libre en una isla. ¿Dónde se hallaba el templo?. No se sabe. Lo
probable que muy cerca de la costa. Y ¿quién era la diosa?. Seguramente Venus,
la divinidad griega asimilada a Tanit y a la más antigua Astarté. Es otra cuestión
que hay que comprender. No hay tantas diosas.
Y la mayoría parten de una originaria, asimilándose, adaptándose según
las culturas, según los tiempos y conveniencias. Sucede en el propio mundo
cristiano, con sus aspectos sincréticos que unen las creencias y
manifestaciones religiosas.
Cuando
se ha traspasado las Columnas de Hércules, la puerta que separa los dos mares,
se llega al inicio de la frontera de Gadir, donde se levanta el templo del dios
Melqart, en un islote no muy alto, y construido en la zona oriental de la isla,
a unos 18 km de la ciudad, según cuenta Estrabón. Es el dios que navegó con los
fenicios a Occidente, como protector de la ciudad-estado de Tiro. Su nombre
significa “rey de la ciudad”, o “Señor de Tiro”, y fue uno de los dioses más
importantes del panteón fenicio y púnico, y muy pronto se identificó con
Herakles. La asimilación es lógica, pues Melqart fue concebido como un rey y
ser humano mortal, una figura heroica similar a Herakles, inmortalizado tras su
muerte. Melqart fue, en esencia, un dios que nace, muere y resucita. Y su culto
radica en el ciclo de la vida y de la muerte, adquiriendo caracteres también
marinos, como Tiro y los fenicios. Es el dios que los acompaña, porque
representa y protege todo lo que sonsus mitos, sus esencias y costumbres. Por
todo ello era imprescindible la implantación de este templo a la entrada de
Gadir. Tiro se hallaba presente en Occidente a través de Melqart.
Se
conoce muy poco de este templo. Los textos refieren algunos de sus aspectos. Y
la arqueología en tierra no ha proporcionado nada de particular, mientras que
los hallazgos marinos dan cuenta de su importancia. ¿Cómo podríamos imaginar el
templo? Al modo de los modelos semitas. Es decir, un recinto sagrado residencia
del dios, un patio abierto para los rituales y sacrificios, un altar y una
capilla y un betilo. Según costumbre fenicia, no debe faltar agua para
abluciones y un bosque sagrado. En cuanto al agua, Plinio y Estrabón, mediante
la información de Polibio y Posidonio, hablan de uno o dos pozos en la isla,
que suben o bajan al ritmo de las mareas. Y en cuanto al bosque sagrado, quedó
reducido a un solo árbol, quizás un olivo, plantado en el sacro recinto.
Filostrato, quizás exagerando, asegura que allí crecía el árbol sagrado de Pigmalión
y que sus ramas se cubrían de esmeraldas. Se habla de los sacerdotes, vestidos
de linos, con los pies descalzos y del incienso que siempre perfumaba el lugar.
También se cuenta que, según la tradición semita, las mujeres no podían entrar
al sancta sanctorum, consistente sólo
en un espacio sin imágenes, y la prohibición de los sacrificios de comidas con
cerdos. Con el tiempo, en época helenística, se construyó otro templo,
conservando las vigas de madera del primitivo, al modo griego. El que reflejan
las monedas. Y ha escrito Porfirio que, delante del altar, se elevaban dos columnas
de bronce de ocho codos de altura, en donde se grababan las cuentas de los
gastos del templo. Pero su fama se fundaba, además, porque allí se guardaban
las cenizas de Herakles, recordando sus proezas por el sur de España y norte de
Africa.
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La
isla de Cádiz es otra cosa. Una isla, como indica la geografía. Pero es una
ciudad sagrada como la han querido los hombres y el destino. No hablamos del
templo del camino, sino del de la ciudad, del mar y de los navegantes. El
problema es que ha sido el tiempo y el abandono los que han destruido esta vez
los templos fenicios, púnicos y romanos de la isla. Y sólo quedan de ellos
pálidos reflejos en algunos pasajes de los textos antiguos, pocos hallazgos
arqueológicos y algunas hipótesis sobre sus ubicaciones. Por ellos sabemos que
Cádiz fue una ciudad sagrada y muy religiosa. Lo afirmaba Filostrato a través
de Apolonio de Tiana. No hay razón para dudarlo.
Casi
con seguridad, el templo más antiguo gaditano estuvo dedicado a Astarté, en los
inicios de su fundación, y relacionado con el de Melqart en Sancti Petri. La
isla, según Plinio, recogiendo datos de Timeo y Sileno, se llamaba Afrodita, y los
locales la denominaban isla de Juno, equivalente a Venus Marina-Astarté. Debido
quizás a la condición marinera de la ciudad y al tráfico de barcos y de
marinos. Se cree que se ubicaba en la Punta del Nao, donde no se han hallado
vestigios de edificios, pero de donde proceden hallazgos marinos de objetos que
algunos han relacionado con el templo. El conjunto se hallaba formado por el
templo y una cueva con oráculo. Allí acudían los marinos que atracaban en su
puerto para dar gracias por llegar sin graves peligros, depositando ofrendas de
culto traídas o fabricadas en los talleres aledaños, consultaban el oráculo y
ejercían la prostitución sagrada, pagando por ello a las hieródulas que
entregaban parte de sus beneficios a Afrodita-Astarté. En este sentido,
Estrabón informa, en referencia al santuario de Astarté-Afrodita de Corinto,
que “llegó a tener tanta riqueza que
llegó a disponer de más de mil hiéraique servían como prostitutas; eran
entregadas como ofrenda a la diosa tanto por hombres como por mujeres. Y a
causa de ellas, sin duda, la ciudad se llenó de gente y se enriqueció”. Más importancia tuvo al prostitución vinculada
al día de la fiesta de la muerte y resurrección de Adonis-Melqart. Poco más
sabemos de este templo.
A
otro templo se refiere Estrabón cuando escribe que “muy próximo a ella, en el extremo, está el santuario de Crono, junto a
la islita”. Se supone que es la isla de San Sebastián, o Castillo de San
Sebastián como actualmente se conoce al lugar. Escasos con los indicios
existentes. Sólo el hallazgo en su entorno del conocido capitel con volutas,
protoeólico, característicos de algunos templos, noticias historiográfica de
autores de los siglos XVII a XIX, que sólo transmiten tradiciones antiguas
repetidas, y unas excavaciones efectuadas en los últimos años, que han deparado
restos de inicios del siglo VI a.C.
hasta los siglos II-III d.C. No son datos concluyentes, pero no hay que
descartar la erección en ese sitio de un templo a Cronos griego, en época de la
familia bárquida, asimilado a Baal Hamon, y sobre estructuras más antiguas.
Cuando
llegamos a Sanlúcar de Barrameda, para navegar aguas arriba hasta Sevilla por
el río Guadalquivir, se halla el Pinar de La Algaida, una península alargada
hoy. Y en época fenicia era una isla en plena desembocadura del río. Una isla
sagrada, como debió serla de Las Palomas distante. Las excavaciones efectuadas
hace unos años, han exhumado un espacio abierto sin pavimento sobre el que se
levantaban tres modestas edificaciones. El primero rectangular y con tres
dependencias, otro cuadrado y de muros muy gruesos, que contenían objetos
valiosos de bronce, y el tercero también rectangular y de tres habitaciones,
junto al que se hallaron huesos y ánforas entre potentes capas de cenizas.
Creen los expertos que estas modestas estancias, de no más de 5 m de longitud,
se guardaban los exvotos que marinos y peregrinos depositaban en acción de
gracias, y que en algunas podrían residir los encargados del culto, e incluso
una estancia pudo haber sido el sancta sanctorum,
el espacio sacro reservado e íntimo para la deidad. Y del patio y de las
estancias se han recogido cientos de platos y de pequeñitos vasos, que imitan a
los que se usan en la vida diaria y sólo sirven como ofrendas, frascos para
ungüentos y perfumes, lucernas, quizás con el sentido que tiene la diosa de
este templo, la Diosa de la Luz, figuras de terracotas, entre las que se halla
una muy particular, la de una mujer con túnica que porta un niño en su brazo
izquierdo, presentándolo a la divinidad –o tal vez sea la misma diosa-, objetos
metálicos, entre los que se encuentran fíbulas, o imperdibles, alfileres,
agujas, espátulas, pinzas y muchos anillos, hasta quinientos, la mayoría son
simples aros, pero más de 150 ostentan chatones decorados, con aves, perros,
caballos, grifos, esfinges, plantas, figuras humanas y seres míticos alados. Un
elenco de ofrendas en honor a la diosa, entre los siglos V y III a.C.
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Aquí
llegamos al final del camino. En otra ocasión remontaremos el Guadalquivir,
navegaremos a Huelva y a Lixus, y por el
cabo de San Vicente hasta Lisboa y, por tierra, caminaremos hasta otros templos
asentados en valles o colinas y no junto al mar. Hemos visto lo que queda, que
es poco a la vista y mucho en los recuerdos, e invitan a hablar una y otra vez…Pese
a la destrucción del tiempo y la humana y al destino de otras ideas,
continuamos debatiendo sobre aquellos viejos templos y sus dioses. Muchos viven
camuflados en otros más modernos, bajo otros aspectos, que a poco que los
observemos, sabríamos reconocerlos.
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Estoy plenamente de acuerdo contigo, Diego, cuando dices que la religión está incrustada en los genes del ser humano. No es el opio del pueblo, sino que en otros momentos los listos de siempre se aprovecharon de su poder para manipular al pueblo. Ahora no es así, que los templos profanos dan mucho más juego y si no que se lo digan a los miles de ciudadanos que se pasean por los centros comerciales los días festivos sobre todo; enormes catedrales consagradas al consumismo......
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