29.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE
Mare Nostrum (3)
Las ideas que modelaron al hombre mediterráneo. La
vida.
Diego Ruiz Mata /Catedrático de
Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia
¿Cómo
comenzar un asunto tan complejo y ofrecer un cierto orden a las ideas? Y ¿cómo
elegirlas de modo adecuado? Cuando el material que manejamos es escaso, se
puede tener la sensación de lo que se dice tiene poca consistencia y se escribe
inseguro. Pero cuando es inmenso, la dificultad es mayor, aunque parezca lo
contrario, y la elección más difícil. Y llegamos a idéntica situación. La
abundancia de datos imposibilita, oscurece ver con claridad, resumir lo que
creo esencial en pocas líneas. Es aquí donde me hallo, a sabiendas del espacio
limitado que me he impuesto en estos trabajos. Los motivos son ya conocidos.
Tengo que elegir, y la elección es difícil ante un panorama espectral tan rico
y tan amplio que no controlo ni domino como me gustaría. He de guiarme, ante un
reto inmenso, por mis gustos, ideas de otros y opiniones personales, que no
necesariamente responden a la profundidad y objetividad de los temas que
atañen al hombre, los de la vida, la muerte, su gloria y miseria, su orden
social y ritual, su vida religiosa. Y para ello me he propuesto, no sé si con
fortuna, escribir unas páginas sobre las ideas que vinieron de Oriente y de
Grecia de este ámbito, sobre las preguntas del nacimiento de la vida, del mundo
y del hombre, de sus consecuencias, y de la muerte. Los temas de siempre, los
que aún perduran los que aún se están respondiendo.
Os
invito a que nos situemos en el día de hoy, en la hora y en el día preciso que
decidamos comenzar la lectura de este texto. Mirando al pasado, cuatro o tres
mil años, por ejemplo, nos puede parecer que las barreras que nos separa son
inmensas y distantes, que no hablamos esas lenguas que permiten el
entendimiento. Por eso llamamos historia a lo que sucedió, a lo que nos
despierta y a lo que nos distancia. No es del todo cierto. La distancia
temporal existe, y los ritos y las formas. Pero si comenzamos a confrontar las
ideas, los sentimientos y las perspectivas, las diferencias no son tantas, las
conexiones familiares y las palabras suenan cercanas en las mentes. La causa
debe ser que lo que ha sido perdura a su modo hasta el presente y que el hombre,
y su condición humana, no son tan distintas. La Historia sirve, además, no sólo
para el conocimiento erudito de los hechos del pasado, sino para saber lo que
somos porque se ha sido. Hablamos en esta ocasión del Mediterráneo y de lo que
genéricamente llamamos Occidente o cultura occidental. Ahora, abrimos los ojos
y los dirigimos con fijeza al presente y al pasado, juntos, introduciéndonos en
algunos de los aspectos que son propios del hombre y de su vida social y
espiritual, de lo que vive y pervive. Y hagamos las preguntas esenciales, las
que el hombre se han hecho siempre, desde los comienzos, las que están
motivadas por la curiosidad y necesidad.
Ambas están conectadas, se necesitan para dar sentido a la vida y
explicarla. Para sentirse seguros, para tener referencias en el espacio y en el
tiempo, inexistentes en el caos, y en su
vida social.
Los
datos materiales arqueológicos y los textos escritos, fragmentados y acaso sin
el orden que requerimos, son los elementos que nos permiten adentrarnos en el
terreno cognitivo de las primeras preguntas y sus respuestas, que sólo tratan
de ordenar el caos existente. No hay vida sin orden, el modo de conocer dónde
nos hallamos. El desorden trastorna la mente y crea inquietudes y miedo, la destrucción,
en suma, y el desequilibrio.
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Nos
ubicamos en este artículo en las ideas que procedían de Oriente, nacidas en el
espacio ceñido por los ríos Tigris y Eufrates y entre los marjales del Golfo
Pérsico, la imagen ideal donde habita el caos, la dificultad y el esfuerzo para
vivir, la civilización de barro, como se conocen las ciudades donde surgieron
la escritura y los primeros mitos que narraban la historia de la creación del
mundo físico y vegetal, del hombre y de su destino. De aquí se fueron expandiendo,
en el espacio, a otras regiones lejanas de la costa mediterránea, y enel tiempo,
hasta las ciudades fenicias, las de islas griegas ylas bíblicas hebreas. Aquí
se hicieron las preguntas necesarias y elementales que demandaban la
explicación de qué es el espacio inalcanzable al que puede alcanzar la vista,
cómo se ha originado, la razón de la existencia, de la vida de todo, y de la
muerte que siempre acecha y nunca se equivoca. Preguntas que fueron respondidas
con los mitos que están más allá de la razón, que satisfacen, someten y dan
seguridad. Con el tiempo, fueron modificando determinados aspectos, conservando
lo esencial, que siempre es inamovible. El hombre, estoy seguro, ha preguntado
mucho, pero esas voces están muertas y no se oyen. Debemos conformarnos con las
que han quedado en los textos, transmitidos de otros más antiguos, y de las
lenguas que han pervivido en los idiomas de la iconografía, de los monumentos
sacros y profanos, viviendas y de los silenciosos, pero explícitos, muertos y
sus enterramientos.
Es
muy frecuente en estos días leer en los periódicos, en revistas divulgativas y
libros, o ver algún programa televisivo a científicos que anuncian
descubrimientos importantes de nuevos lugares del cosmos no registrados o poco
conocidos, o cómo se originó este espacio infinito, incomprensible para muchos,
cuáles fueron los procesos químicos de la vida y del origen del hombre. E
incluso algunos han hecho cálculos y amenazan ya con el apocalipsis de la
destrucción de nuestro planeta y del mundo. También se hacen estudios de viajes
por el espacio hacia planetas cercanos y su explotación económica. Es decir, es
un asunto que aún no se ha explicado con cierto detalle. E interesa y apasiona.
En verdad, se han barajado dos corrientes al parecer contradictorias y con
posibilidades de acuerdo según algunos. La más antigua, la creacionista, admite
la existencia de un Dios creador del universo y del ser humano, de todo lo que
tiene vida y de su perfecta organización. Es así como se explica en los antiguos
textos y en la Biblia. En realidad, es la pregunta inicial de cómo, quién o con
qué factores se ha construido el universo, que ha tenido, y tiene, una
respuesta mítica. Lo veremos seguidamente. Y se excluye a Dios, el Creador,
desde la ciencia, que busca explicar de forma rigurosa cómo es y cómo funciona
el mundo. E incluye métodos empíricos y el uso de la lógica para la observación
sistemática de fenómenos que pretende entender. No es el mito, la creencia en la tradición narrada,
lo que explica la formación del universo, sino la física, química, la
matemática, la astronomía o la biología, y otras disciplinas. Dos visiones
diferentes que algunos han querido conciliar. Mito y logos, religión y ciencia.
Al punto que, en la conocida revista Nature –de 2005-, desde unas posiciones
políticamente correctas, se defiende que la religión no es enemiga de la
ciencia, que ambas posturas tan diversas, no son incompatibles, más bien
complementarias, y quede de ambas se espera una “armonía mutua”. De modo que
los creacionistas no deben invadir el terreno de lo científico, y los hombres
de ciencia no deben hacerlo en lo sobrenatural, en el terreno religioso. Un
deseo no tan fácil de llevar a cabo cuando se trata de explicar el origen del
universo, de la vida y del hombre. Para la ciencia, Dios es prescindible en el
origen de la vida, para la Biología y las moléculas. Sin embargo, la Iglesia no
renuncia a otra parte de la vida, aquella que tiene que ver con el sentir y el
pensar, el alma, que es insuflada por Dios. Y aquí está el dilema: creación y
evolución, mitos y logos, ciencia y religión.
Con la objetividad debida, creación y evolución pueden vivir con
independencia, mostrar rumbos distintos. No es necesario el pacto de no
agresión. Pueden caminar por separado.
Lo
que importa, creo, no es tanto el origen de la vida, sino sus consecuencias
históricas, las relaciones entre el hombre y el mundo en el que habita y en el
que ve distante, el origen de sus creencias, sus rituales sociales, la
condición humana, en suma. El hombre histórico, al margen de cómo ha sido
creado. A eso responden un conjunto de textos –los conservados por ahora- y de
restos, no científicos, sino los que han determinado gran parte de la Historia,
al margen de la ciencia. En este caso, los seres sobrenaturales, las deidades
–poco importan su existencia-, conformaron las culturas, las ideas y creencias,
el mundo sobrehumano, el bien y el mal, el premio y el castigo, y las guerras,
los amores y los odios. Son las moléculas imperceptibles de la Historia. El
científico, que ha ideado y creado la bomba atómica, por ejemplo, no tendrá
dificultad en admitirlo. La ciencia nos ilumina los orígenes del mundo y del
hombre y el mito su destino, la razón de su existir.
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Pero
hay que crear y organizar lo ya existente, transformar la quietud en
movimiento, lo informe, la masa acuosa insustancial, en espacios y formas
concretas, el cielo y la tierra. Y todo proviene de los despojos del vencido,
de Tiamat, de cuyas partes surgen el cielo y la tierra, las estrellas, los ríos
y las montañas. Pero esto tiene que tener un centro, la ciudad y el santuario
para el héroe y el dios. Y tras la creación del mundo, Marduk es entronizado.
El poder no es silencioso, debe manifestarse, tiene que mostrar que existe. Lo
conoce bien el poder de todos los tiempos.
Mas
¿qué sentido tiene el mundo sin la presencia del hombre? Existe, desde la
Historia, porque el hombre, curioso, lo indaga y hace preguntas. En el plano
mítico, no está sujeto a la ciencia, los dioses existen y necesitan de
servidumbre, de hombres y sacerdotes que cuiden de sus cultos, de sus ritos y mansiones,
que son los templos. Para estos menesteres Marduk, el vencedor de Tiamat y del
caos, creó al hombre. Y dividió a las divinidades en grupos, las celestes y
terrestres en todos sus campos y magnitudes. Pero el hombre no fue creado de la
nada –ex nihilo-, sino de un chivo expiatorio, de un vencido, del culpable de
la confrontación, de la sangre de Kingu, el jefe de las tropas monstruosas de
Tiamat. Lo que produjo una diferencia notable con las deidades. El hombre es
resultado de los despojos de la derrota y su misión en la vida es servirlos. Su
condición es mortal, a diferencia de los dioses, y de ello trata el poema de
Guilgamesh. El de la creación termina con la elaboración de la relación de los
nombres de Marduk, o letanías que muestran sus cualidades divinas. Su nombre,
el dios mismo, debe ser venerado y continuamente repetido.
Si
el EnumaElis responde a las preguntas de la creación del universo, del planeta
Tierra y del destino y sentido de la existencia del hombre, en una expresión
total y general, la Biblia hebrea, desde su monoteísmo, narra la creación del pueblo
hebreo elegido y de su destino marcado por las leyes.Lo que conocemos como la
Biblia, o libros sagrados del judaísmo y cristianismo, se compone de 46 libros
históricos, de normas, leyes y preceptos, proféticos y poéticos, que transmiten
la palabra de Dios. Entre ellos, el Pentateuco, los cinco primeros rollos o
libros de la Biblia, que la tradición atribuye a Moisés y Miguel Ángel así lo
expresa en su maravillosa y expresiva escultura, comienza con el Génesis, que
en griego significa “Principio”, y que los judíos llaman “Bereshîth”, que se
significa “En el principio”, similar al inicio del EnumaElis mesopotámico.
Parece que fue escrito a fines del II milenio, y desde esta fecha hasta el 400
a.C. se redactaron los restantes. Y los libros cristianos de los cuatro
evangelistas, entre el año 50 y el 100 d.C. Comienza tajante diciendo que “en
el principio” Dios creo el cielo y la tierra, que era algo informe y vacío y
las tinieblas cubrían el abismo. Y en conjuntos seriados de tiempo, que se
llamaron días, creó la luz, donde antes reinaban las tinieblas, distinguiendo
el día de la noche, de modo que hubo una tarde y una mañana. Después, el segundo
día, el firmamento, la tierra y los mares. Y con esto, el esqueleto. En la
tierra tenía que brotar la vida vegetal; y así se hizo. Y en el firmamento, ya
creado, situó las estrellas en los cielos, el sol y la luna, para iluminar la
tierra y establecer el tiempo. Esto en el cuarto día. Y en el quinto colmó las
aguas de seres vivientes y de pájaros los cielos. Ya en el sexto, creó los
grandes monstruos marinos, reptiles y todas las especies de animales con alas.
La culminación de su obra tuvo lugar en ese día, en el que creo al hombre a su
imagen y semejanza, y con poder sobre
los peces, las aves, el ganado, las fieras de la tierra y los que se arrastran
por el suelo. Y creó también a la mujer, para que fuesen fecundos, y les
proporcionó todo tipo de alimento. Al final de los seis días de la creación,
contempló Dios todo lo que había hecho y le agradó, reposando de su actividad
el séptimo día, no por el cansancio sino por la satisfacción de haber hecho una
gran obra.
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Estamos,
en efecto, ante un mito de creación del firmamento, de la tierra y del hombre,
con aspectos diferentes a los que ofrece el texto mesopotámico. En el Génesis,
Dios ya existía como demiurgo, en el sentido de creador, mientras que Marduk es
un dios posterior, que se erige en héroe vengador y creador, apoyado por su
carisma y por los dioses electores de un guerrero para enfrentarse a Tiamat. En
ambos, existe el caos: en el mito mesopotámico con seres ya existentes y en el
Génesis sólo una masa informe y vacía y tenebrosa. Marduk comienza la creación
tras una batalla con Tiamat, mientras que en Génesis es un acto de Dios, de su
voluntad divina y exenta de violencia. Marduk es un dios que se va modelando
con sus hechos y con sus peticiones al consejo de dioses, mientras que el Dios
de la Biblia es preexistente y omnipotente desde el comienzo. El hombre del Génesis es creado
según el modelo de Dios, mientras que Marduk lo crea no desde su semejanza,
sino de la sangre de Kingu vencido, y por tanto mancillada por la ignominia, y
para el servicio de los dioses. Dios crea al hombre, junto a la mujer, para
procreación en sentido demográfico, y para el disfrute y dominio de los bienes
de la tierra. Ambos mitos son modelos de creaciones, pero de carácter distinto.
Pero
todo no podía ser tan natural, fácil y hermoso en el Génesis, en la relación
entre Dios y el hombre. No acaba este libro con la finalización de la obra
creativa y el descanso. Hay otros capítulos que hablan de la tentación y la
caída, la fragilidad humana y la
flaqueza, de la desobediencia, el pecado y la dificultad de vivir con el
esfuerzo y el trabajo. Este pasaje parece la metáfora del hombre recolector al
hombre agricultor, que supone más esfuerzos para vivir, pese a que lo
consideremos un placentero progreso. También aquí se incluye la historia de la
tragedia de dos hermanos, Caín y Abel, que acaba en la muerte por la envidia y
la egolatría. También, tras la creación, Dios vio la maldad del hombre, en sus
acciones y pensamientos, y se arrepintió de su obra. Decidió su destrucción y la de todo animal.
Salvó a Noé, que se había ganado su afecto. La historia es conocida; sobrevino
la destrucción y el diluvio que se ha creído universal. Pero destruir todo es
aniquilar lo creado. Se salvaron Noé, su mujer y sus hijos y una muestra de
todas las especies. Comienza, empero, una segunda creación, tras la depuración.
En otro pasaje de interés, inmerso en este libro, se refiere también a los
hombres y a sus pecados. No son precisos mencionarlos.
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Vayamos,
por último, a Grecia, al pueblo de Ascra en Beocia, donde nació el poeta
Hesíodo, a quien muchos también consideran el primer filósofo griego, y
escribió su obra en el siglo VII a.C. La Teogonía
y los Trabajos y los días son los dos
poemas que exponen qué pensaba el hombre griego sobre el origen del mundo, su
ordenación, los dioses y destino. Muestran mitos comunes, de raíces orientales,
y diferencias específicas, provenientes de ancestrales cosmogonías griegas. En
la forma, la Teogonía muestra un catálogo genealógico de dioses y héroes, muy
sobrio y escaso de mitos y digresiones. Es ahí donde reside su importancia, en
la divinización del mundo que nos rodea y la personificación de los fenómenos y
actos que implican el éxito y el fracaso. Lo que equivale a la vida humana. Y por
ello, mediante lo divino, convierte en eternas todas las circunstancias
pasajeras de la vida. Es lo que explica la genealogía, la personificación e
individualización mediante un nombre divino. Hesíodo concibe el mundo de modo
armonioso, ordenado, donde el bien triunfa sobre el mal y lo justo sobre lo
injusto. Y en el vértice de esta armonía religiosa, se sitúa Zeus, como espejo
del orden y de la justicia; y por ello, su soberanía es eterna. El poeta lo
explica como un griego que conoce la cultura de Oriente y recurre, por su sentir
religioso, a los mitos más antiguos que encajan con sus propios pensamientos.
De aquí que se entremezclen los de origen oriental y los de procedencia griega
y que haya estrechas coincidencias. Lo esencial se repite. Cambian sólo
determinadas formas y personajes.
La
Teogonía se compone de un canto a las
Musas, de un relato muy breve cosmogónico, de las generaciones de dioses, la
lucha de Zeus por el poder, sus hijos y catálogo de héroes y de heroínas. Entre
ellos, el relato de los Hijos de la Noche, el mito de Prometeo y el origen del
mal en el mundo y el de Pandora. Y en los Trabajos
y días, el mito de las edades, o el modo de que Hesíodo se sirve para
justificar y explicar el trabajo humano. Tema presente en cualquier mito sobre
la creación del hombre. El trabajo como culpa, consecuencia de la falta y del
pecado de desobediencia. Es el castigo de los dioses, donde fijan la
diferencia.
La
cosmogonía, como he dicho, es un relato escueto. Prefiere Hesíodo hablar de los dioses, de sus
genealogías, de sus nombres y sus principales caracteres, situándolos en todos
los espacios del mundo creado. No obstante, dice que en primer lugar existió el
Caos, sin más detalles, del que surgió Gea, la sede de los Inmortales que
habitan la cumbre nevada del Olimpo, y en el fondo de la Tierra, el Tártaro
tenebroso, el inframundo. Del Caos surgieron Érebo, o la oscuridad, y la Noche,
y de ésta el Éter, o el cielo, y el Día.
Gea, la tierra, la diosa de la Tierra, alumbró a Urano, el firmamento
estrellado, “con sus mismas proporciones,
para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura
para los dioses felices”. También dio a luz a las grandes montañas donde
moraban las diosas y los montes boscosos donde habitaban las Ninfas. Y después
creó el mar de “agitadas olas”. A
partir de aquí, de este espacio de tierra, mar, cielo e inframundo, se
mencionan a los dioses y a sus descendencias que los posesionan.Se advierten
diferencias en el modo en que refiere la creación del mundo. Los pasajes y
genealogías son largos. Nos quedamos con los dioses ocupando el universo, cada
cual en su espacio de poder. Es lo importante.
Quedémonos
con el hombre, en sus tiempos felices y en su triste destino. Hubo un tiempo,
poetiza Hesíodo en Trabajos y días que
el hombre vivía en la tierra sin males ni fatigas, sin penas en su corazón,
como vivían los dioses, sin la amenaza de la triste vejez, siempre con manos y
pies vigorosos y llenos de energía, gozando de los banquetes, y morían de modo
plácido, como rendidos por un sueño profundo que les apartaba del sufrimiento. Es
lo que debió suceder en el tiempo que el poeta y filósofo llamó Edad de Oro, en
la que era preciso el trabajo físico. Es la época originaria, la que refleja la
imagen idílica del mundo en el que no existen problemas ni dificultades. El
trabajo y el dolor vendrán después. A esta época le sigue la Edad de plata, en la que vive una raza peor
que la anterior. Durante cien años son niños, y al hacerse hombres viven poco a
causa de su ignorancia y de descuidar el culto a los dioses, que conlleva el
castigo divino. Zeus, como dios supremo, acabará con esta raza y a sus hombres
los convertirá en divinidades de rango inferior. Le sigue la Edad de bronce,
raza de guerreros y de hombres soberbios que se matarán entre ellos e irán al
Hades. En el poema, se incluye en el ciclo cósmico, como paréntesis necesario,
la Edad de los héroes, más justa y virtuosa que la precedente, y sus hombres
son considerados semidioses. Es la época gloriosa de los héroes que
intervinieron en Troya, la referencia griega del inicio de la historia, la que
cantó Homero más tarde. Por último, la Edad de hierro, la peor de todas y en la
que vivió el poeta, que la describe de modo muy pesimista y en la que se halla
lo más despreciable del hombre: el escaso o nulo respeto entre padres e hijos,
la violencia, envidia, las injusticias, las fatigas, todo lo que anida de malo
en el corazón humano. Un panorama destinado a un desenlace trágico e
irreversible y sin esperanza, en la que Hesíodo no hubiese querido vivir,
prefiriendo “haber muerto antes o haber
nacido después”. El poeta añora el pasado, el de los tiempos de Troya.
Es
obligado, por último, referirme al Mito de Prometeo y al de Pandora como la
explicación motivada de la causa del mal en el mundo, como lo vio y narró
Hesíodo. Comienza tras el establecimiento, por parte de Zeus, del orden contra
el Caos original, de la lucha terrible de los dioses y su humanización. La
convivencia entre dioses y hombres en la llanura fértil de Mecona ha terminado.
Hay que separar el mundo de los dioses del de los hombres, y para ello Zeus
encarga a Prometo que oficie la solemne ceremonia mediante un banquete, como es
normal en todo ritual. Y aquí se origina el conflicto y la tragedia. Pretendían
los dioses una separación amistosa, y sucedió todo lo contrario. Prometeo trata
de engañar a Zeus. Tras sacrificar a un toro, hizo dos partes: de un lado puso
la carne y las entrañas, cubiertas con el vientre del animal, y de otro colocó
sólo los huesos, recubriéndolos de grasa blanca. Y dio a elegir a Zeus ambas
fuentes. Una sería para el dios y la
otra para los hombres. Zeus escogió la más apetitosa a la vista, la recubierta
de grasa, y “al descubrir que sólo contenía
huesos, sintió un profundo rencor hacia Prometeo y hacia los mortales,
favorecidos por la astucia de Prometeo”. El dios se enoja y decide la
muerte de los hombres, quitándoles el fuego, uno de los mejores
descubrimientos. Tras un segundo engaño, Prometeo estafa de nuevo a Zeus,
quien, furioso, decide enviar un nuevo castigo: la mujer, “una de las plagas más perniciosas sobre todo porque los hombres se
complacen en rodear de amor su propia desdicha”. Así lo dice el poeta. Y de
este modo, surge Pandora, la griega, la Eva bíblica. Y la reproducción del ser
humano como especie, frente a la reproducción que cada cual podía hacer de sí
mismo, o autoreproducción.
Pandora
fue creada por Hefesto y Atenea con la ayuda de los demás dioses. Cada uno le
dio una cualidad: belleza, gracia, habilidad manual, persuasión, irresistible
en suma. Pero sólo por fuera, pues Hermes se encargaría de que tuviera alma de
perra e insaciable voracidad de alimento y de apetito sexual, en su interior,
no visible. Mostraba sólo su apariencia. Pero ¿por qué Zeus la muestra así?
Porque ya se había hecho una idea veraz del hombre. Y Pandora responde a sus
deseos. Zeus sabe de su debilidad y la envía a Epimeteo, hermano de Prometeo,
famoso por sus imprudencias y torpezas, a quien
le habían advertido de que no recibiera regalos de Zeus. Se dejó seducir
por la belleza de Pandora y la hizo su esposa. Cuando lo advierte, ya es tarde.
Ha metido el mal en su propia casa. Pandora tenía una caja que escondía todos
males, que se esparcieron por el mundo al abrirla. El mal, por tanto, ha
llenado el mundo humano. Así comienza la verdadera historia del hombre. Así
termina la historia de Prometeo, comenzada por un engaño, por un acto de
orgullo y de prepotencia ante Zeus. Y nada se nos dice de su desarrollo
posterior. Pero no hace falta. Se conoce bien la historia del hombre en el
tiempo y en el anchuroso espacio del planeta.
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Han
quedado muchas cuestiones por narrar, siquiera escuetamente, de la vida, su
origen y las consecuencias, de su parte más negativa, siempre referida al
hombre. Y lo que enseña todo esto es que lo esencial de la condición humana
permanece. Han cambiado las formas, pero no los contenidos. Y si borrásemos
fechas, espacios y culturas, y viésemos sólo a los hombres y sus almas desnudas,
nos reconoceríamos en cada uno de sus actos. Habría que pensar más en aquello
que llamamos por inercia progreso, no en el sentido tecnológico, sino en el
interior del ser humano. Me da igual la guerra de Troya que la batalla del
Ebro. La consecuencia es igual: vencer o ser vencido, vivir o la muerte, tener
o no tener, desdén y curiosidad, la esencia o la apariencia, la bondad o la
maldad, la envidia, la avaricia, justicia o injusticia, la verdad o el engaño,
y todos los sentimientos que habitan en las zonas menos nobles del ser humano. Y
de modo muy especial, las cosmogonías hebrea y griega abordan de modo muy agudo
y cierto el tema de la debilidad del hombre ante el requerimiento de la belleza
de la mujer y la sexualidad. No se advierte en el EnumaElis, pero si en el
poema de Guilgamesh, sobre la amistad y la muerte, del que escribiré la semana
próxima.
En
la bodega de un barco mercante cabe mucha mercancía y ocupa
todo el espacio. Pero el mundo de las ideas sólo ocupa unos centímetros cúbicos
en el cerebro de un marinero. Con
seguridad aquí vinieron los mitos, las ideas y los ritos, y los dioses
vigilantes, que han conformado la visión del mundo del hombre mediterráneo.
Aquí se ha hablado algo de la vida, del hombre, de su grandeza y de su miseria.
En el próximo, expondré la consecuencia natural de la vida, que es la muerte.
Ambas son consustanciales y necesarias. La vida y la muerte van
inextricablemente unidas, como esencia de lo viviente, frente a la vida sin fin de los dioses. Así
se ha contemplado. Es, en esencia, la creación, la lucha entre la vida y la
muerte, el mal y el bien, la ley e injusticia que es cosa de los hombres y la
justicia que corresponde a los dioses –como bien lo ha definido Victor Hugo en Los miserables, pero en singular, a
Dios.La vida es la máxima expresión creativa, pero la del hombre puede llevar a
lo más sublime y a lo más miserable. Victor Hugo escribe de ambas cosas en su
espléndida novela poética.
Como siempre, genial. Y me he acordado -como discípula de la muy ultrajada Helena P. Blavatsky- de los tomos 1 y 3 de su monumental Doctrina Secreta, que tratan de cosmogénesis y antropogénesis respectivamente desde un punto de vista sincrético y por supuesto esotérico, aunque como podrán comprender sin nada que ver con "brujas Lolas y similares". Ella decía que entre finales del siglo XX y principios del XXI la ciencia poco a poco y sin quererlo iba a darle la razón a las tradiciones religiosas, que narraron en forma de mitos realidades que van más allá de las posibilidades cognitivas generales de la especie humana, porque al final los números -las primeras objetivaciones mentales abstractas- están presentes desde las primeras manifestaciones físicas.
ResponderEliminarhttp://www.lleidaparticipa.cat/public/201/docs/80c3c84a1fcf14b193d01e93030ef570.pdf
http://sociedadteosofica.es/nuevaweb/wp-content/uploads/2015/07/HPB_LaDoctrinaSecreta_v3.pdf