lunes, 23 de octubre de 2017

EL MUNDO DE LA MÚSICA. CAP. XIII (1) La música francesa del siglo XIX

CAPÍTULO –XIII                                            
La Música  francesa del siglo XIX
            La “Gran Ópera”, nativa o importada, permaneció en la Ópera de París durante el Segundo Imperio, hasta que fue destronado por la guerra franco-prusiana de 1870. Sin embargo, la Ópera Cómica, a la que se le cerraron las puertas del Teatro de la Ópera, estaba considerada fuera de Francia como un género de una mayor calidad musical. Durante las décadas de 1850 y 1860 se representaron numerosas operetas, incluyendo Le Petit Faust de Hervé, parodia   de la obra maestra de Gounod, pero todas fueron eclipsadas por Orphée aux enfers, La Belle Helena, La Vie parisienne y Les Contes d`Hoffmann, de Offenbach. Se preferían a las sentimentales operetas vienesas de Lehar y de Johann Strauss. Ni en Austria ni en Alemania existía una música de ballet, tan alegre y melodiosa, de frescura semejante a la de Leo Delibes (1836-1891) como la de sus ballets Coppelia y Silvia.






        Ambroise Thomas (1811-1896) y Charles Gounod (1818-1893) poseían, como buenos franceses, un sutil sentido de la orquestación, y su relevancia histórica  radica en que impusieron la reacción contra la hegemonía de Meyerbeer. El Hamlet de Thomas, aún hoy, se representa en Francia. La ópera Fausto, de Gounod,  merece ser puesto de relieve que fue clasificada como ópera cómica. Sólo los oratorios de Gounod manifiestan una influencia considerable de Wagner en Francia.
Aun los menos impresionados por la profundidad teutona, y los más receptivos al arte puro y a la modestia culta de Bizet o de Fauré, tienen que admitir que la música de mediados de siglo en ningún otro país resultaba tan pobre como en Francia. El gusto popular se identificaba con el inamovible Conservatorio Nacional de París, y, como en los años anteriores a la república, la actividad artística gravitaba sólo sobre la capital. Los acostumbrados recitales de piano no compensaban la ausencia total de conciertos de cámara y orquestales en los que se pudiera oír música de Alemania, de Rusia o de Bohemia.
Berlioz intentó, con poco éxito, remediar la situación. Persistió en su empeño hasta que, en 1861, Pasdeloup creó sus Concerts Populaires, que difundían cada año un repertorio comparable al de las anteriores temporadas del Promenade de Wood.
Jules Massenet (1852-1912) sucedió a Gounod en la vena seductora y tiernamente erótica. Su elegante melodía del Manon, influyó en los mejores compositores franceses, de la misma forma que Puccini lo hizo en los italianos.




Charles Gounod (1818-1893)

           Compositor francés, nacido en París, aprendió a tocar el piano con su madre, que era pianista profesional. En 1836 ingresó en el Conservatorio de París, donde tuvo como profesores a Reicha, Halévy y Lesueur, entre otros. En 1837 ganó el Pequeño Premio de Roma, y dos años más tarde el Gran Premio de Roma.
            En 1843 viajó a Berlín y, desde allí, a Leipzig para visitar a Mendelsson. En este viaje, Gounod conoció muchas de las grandes composiciones alemanas, cuya influencia dio a su música un tono de gravedad y profundidad que la distinguía de la de los demás compositores franceses de su tiempo. A su regreso a París entró como organista y director del coro en una de las iglesias de la capital. Había estudiado teología y llegó a pensar en el sacerdocio. La música que más le interesaba era la religiosa, pero también le gustaba la teatral, por ello decidió perseverar en su carrera musical y dedicarse a la ópera.
            La primera gran ópera de Gounod, Sapho, fue presentada al público a principios de 1851 y no obtuvo un gran éxito. Esperó más de siete años para presentar la ópera cómica El médico a la Fuerza, versión de la comedia de Moliere: El médico a palos. Pero, realmente, su primer triunfo fue la ópera Fausto. Considerada por algunos como ópera cómica, Fausto, fue representada en no menos de veinticuatro lenguas, llegando a ser la más popular de todas las óperas. Otras óperas posteriores – Romeo y Julieta, y Mireille – también fueron bien acogidas pero no tanto como Fausto.


            Aunque Gounod alcanzó la fama como compositor de ópera, no era en realidad un músico dramático. Su vivo retrato de Mefistófeles, en Fausto, es una excepción. En cambio poseía una invención melódica y un encanto lírico extraordinarios. Las cualidades que dan vida a su música son: sus gratas melodías, su elegante y poética armonía; su sano humor fácilmente comprensible y su firme estructura germánica. Fue un precursor en la Francia de su tiempo y su genio ejerció una gran influencia en la música francesa, sobre todo en Massenet, pero también en Bizet y en Cesar Franck.
            Hacia el final de su vida, sus inclinaciones religiosas se manifestaron en los oratorios: La Redención, Angeli Custode, Christus factus est y Mors et Vita.
- Marcha fúnebre de una marioneta
- Galia: el cielo ha visitado la tierra
- Jesús de Nazareth
- Serenata (Víctor Hugo)




Jacques Offenbach (1819-1880)
           
     Uno de los compositores más notorios del Segundo Imperio, fue el alemán Jakob Wiener, nacido cerca de Francfort del Main, pero muy joven se trasladó a Paris, donde vivió el resto de su vida, conocido como Jaques Offenbach. Hijo del cantor de una sinagoga, muy joven y en secreto, empezó a tocar su instrumento preferido: el violoncelo. Cuando contaba sólo diez años, sustituyó al violoncelista en el cuarteto de cuerda de Haydn, tocando con gran aplomo y suficiencia impropia de un niño. Tres años más tarde llamó la atención con un concierto interpretando obras propias, hazaña que le valió ser admitido en el Conservatorio de París en 1833. Un año después interrumpió sus estudios para ingresar en la orquesta de la Ópera Cómica. Se dice que era un gran bromista –una de sus bromas favoritas era la de tocar una nota sí y otra no de sus partituras-. También compuso cancioncillas y parodias de las fábulas de La Fontaine.
            En 1849 fue nombrado director del Teatro Française. Allí escribió la música para la comedia de Musset “Le Chandelier”, en la que figura la “Chanson de Fortunio”, una de sus canciones más acertadas.
                    Durante mucho tiempo soñó con un teatro propio donde pudiera representar, lo que él llamaba, sus operas bufas, pequeñas obras de un solo acto con tres o cuatro personajes. En 1885 realizó su sueño creando el teatro de los Bouffes Parisiens, adaptando el escenario para sus óperas en miniatura.  Éstas tuvieron tal éxito que, un año más tarde, tuvo que hacer un escenario más grande, pero dejó de regentar su teatro cuando otros teatros de París, como el Palais Royal y el Variétés empezaron a representar sus obras que le hicieron célebre, entre las que destacan: Orfeo en los infiernos, La bella Helena, La duquesa de Gerolstein, Los bandidos y Le Paillion, una pantomima de ballet que obtuvo un gran éxito.




           Las operetas de Offenbach, a menudo satíricas, pues en ellas caricaturiza la sociedad durante el reinado de Luis Napoleón III, tienen el mayor interés histórico y musical. A pesar de ser famoso y admirado en París, Offenbach deseaba demostrar que era capaz de hacer algo más que la opereta ligera y trabajó con empeño y seriedad en una nueva obra, la ópera titulada: Los cuentos de Hoffmann, esperando que al fin se le reconociera como un compositor serio. No pudo verlo, pues murió cuatro meses antes de su estreno.
Academia de Bellas Artes Santa Cecilia

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