martes, 3 de octubre de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA. (325) Música y Nacionalismos en el siglo XIX

Música y Nacionalismos en el siglo XIX
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        La música refuerza la idea de pertenencia a una nación, fortaleciendo el sentido de lo nacional mediante un himno, independientemente de lo marcial o monótono que pueda ser. También proporciona un mundo sonoro para ensalzar hazañas y gestas épicas; describir y realzar paisajes, acompañar danzas folklóricas en una plaza pública o en una sala de conciertos. Exaltar el nacionalismo y el patriotismo fue una de las características más notables del Romanticismo Nacional.

            El concepto de nación - relativamente nuevo - surgió de dos revoluciones nacionales: la de los EE. UU. de América (1776-1783) y la francesa (1789).
            A lo largo del siglo XIX surgieron naciones tanto de unificaciones como de declaraciones de independencia. Por una parte se pretendió unificar estados separados históricamente, pero unidos geográficamente, como Alemania o Italia, que se unificaron en 1871. Por otra parte pequeños países y colonias se esforzaron por librarse del yugo y del poder de otros estados imperialistas. Es el caso de los Países Bajos, Bélgica, Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Los dos tipos de nacionalismo detonaron las dos guerras mundiales del siglo XX.
            Los países de Europa Occidental dominaron la escena musical del s. XIX,    al menos en lo que se considera “Música Clásica”, ahora bien, en los países de Europa Central surgió un movimiento nacionalista que, propiciado por levantamientos contra el dominio extranjero, discurrieron paralelos al nacionalismo musical. Las naciones, y las que aspiraban a serlo, se alimentaban de su nacionalismo: conjunto de ideas y costumbres, lengua y ascendencia que sirven para diferenciar a un pueblo de otro. Tierra, lengua  y ascendencia se plasman en las canciones y danzas folklóricas, término acuñado por Johann Gottfried Herder en su obra Stimmen der Volker in Liedern (Voces de los Pueblos en canciones), dos recopilaciones de canciones populares alemanas publicadas entre 1778 y 1779.
            A mediados de siglo, también el nacionalismo irrumpió en la vida cultural de Alemania. Escritores como Schiller, cuya Oda a la Alegría inmortalizó Beethoven en su Novena sinfonía, se convirtió en símbolo de la unidad germánica. El Nibelungenlied (Cantar de los Nibelungos), proporcionó a Wagner la mitología que necesitaba para su ciclo operístico del Anillo del Nibelungo. El movimiento nacionalista continuó tras la unificación y, en la década de 1830, se erigieron estatuas de ilustres alemanes por todo el país.
El Nacionalismo en los países de Europa Central
En todos los países con ambiciones nacionalistas se publicaron libros de canciones, leyendas y poemas épicos. Esto se aprecia especialmente en países como Polonia, Hungría y  Bohemia que comprendía gran parte de la República Checa, donde levantamientos contra el dominio extranjero discurrieron paralelos al nacionalismo musical.
El compositor bohemio Smetana combinó paisaje y leyenda en los seis poemas sinfónicos que conforman  Má Vlast (Mi Patria). 
Dvorák con sus Danzas eslavas, y Brahms con sus Danzas húngaras, constituyen otros tantos ejemplos.   


 Polonia:
            Polonia, a diferencia de otros países de Europa Central, tenía su propio teatro de ópera nacional y, desde finales del siglo XVIII, un repertorio propio. Durante la invasión napoleónica surgió un fuerte movimiento nacionalista.
Chopin, el principal representante musical del país, aunque nacido en Polonia, pasó la mayor parte de su vida en Francia, y recibió una mayor influencia de sus contemporáneos franceses y alemanes que de la música de su país. No obstante, no dejó de expresar su indignación nacionalista.
En 1830, el levantamiento de Polonia contra el poder ruso despertó su patriotismo y le inspiró su estudio Op.10 “Revolucionario”. Desde la seguridad que le otorgaba su residencia en París, compuso sus fieras mazurcas y polonesas, y su Krakoviak – danza popular de Cracovia - para piano y orquesta. Tal vez, de toda su obra, sean las polonesas las piezas más emotivas y conmovedoras. Chopin se sirve de su característica base rítmica marcial sólo como punto de partida y la intercala con estrepitosos acordes y melodías repletas de belleza, que recuerdan al bel canto.
            Stanislaw Moniuszko (1819-1872), que sí se quedó en Polonia, fue un compositor nacionalista que musicalizó los poemas de Mickiewicz y compuso la ópera Halka, pieza clave del repertorio nacionalista polaco.          


Hungría:
            Hungría sostuvo una prolongada batalla por su independencia. En 1848 hubo grandes manifestaciones por un reino de Hungría que fuera autónomo dentro del imperio de los Habsburgo. En Hungría se puso de moda la animada danza que acompañaba el reclutamiento de soldados: “verbunkos”- alistado en la marina-, que se convirtió en himno y sinónimo de Hungría, y Ferenc Erkel (1810-1893) su  principal difusor. Compuso la primera ópera: Bátori Mária (1840) en húngaro. Su obra Bánk bán (1861), ópera basada en una tragedia de József Katona, se considera la ópera nacional de Hungría, y se sigue representando en el día de la nación húngara. El énfasis de ciertas tonadas húngaras llamó la atención tanto a Brahms como a Liszt que, a pesar de hablar mal el húngaro y visitar con muy poca frecuencia su país, también añadió elementos nacionalistas húngaros a su música. Sus Rapsodias húngaras junto con las Danzas húngaras de Brahms, bien pudiera decirse que es la primera música de carácter nacionalista de expresión zíngara.


Béla Bartók (1881-1945)
Béla Bartók, nació en Nagyszentmiklós – hoy Sannicolau Mare, entonces en Hungría, hoy en Rumanía. A los trece años se mudó a Pozsony – entonces  en Hungría, hoy en Bratislava (Republica Checa). No es de extrañar que con estos cambios de fronteras, un compositor húngaro experimente, más que cualquier otro, la necesidad de afirmar su identidad nacional.
En colaboración con su compatriota Zoltan Kodály es quien, después de sus investigaciones sobre la música campesina húngara, prácticamente desconocida para la cultura europea, que sólo asociaba la música húngara con el estilo zíngaro popularizado por Liszt, rememora, en su poema sinfónico Kossutn, la revolución húngara de 1848. Su Cuarteto de cuerdas nº1 fue la primera de sus obras con elementos de la música folklórica de su país.
Béla Bartók compartía con su compatriota un gran interés por la educación musical en Hungría. Las ochenta y cinco piezas para piano de su obra Para niños, las ciento cincuenta y tres piezas de dificultad creciente de los seis volúmenes de su colección Mikrokosmos y los dúos de violín son obras didácticas que sirven para familiarizarse con su estilo musical. La música folklórica de Bartók, se caracteriza por armonías que a veces resultan ásperas y disonantes, y técnicas instrumentales agresivas y percusivas. La ópera El castillo de Barba Azul y el ballet El mandarín maravilloso, ambas de exuberante orquestación,  atrajeron la atención.
Otras obras suyas son: Cuartetos de cuerdas nº3 y 4, las dos Sonatas para violín, y la Sonata para piano.
Academia de BB.AA. Santa Cecilia

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