miércoles, 25 de abril de 2018

CANTE FLAMENCO Capítulo IV

 ¿Por qué “cantaor”  y no cantor o cantante?
     
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El cantante estudia la composición, sigue al pie de la letra el texto, respeta el tono y el ritmo de la melodía escrita en el pentagrama.
    El “cantaor”  no canta: gime, tiembla, se estremece. No se expresa: llora, se queja. Cuenta sus vivencias según su estado de ánimo. La misma letra, el cantaor  la adapta y le vale tanto para una soleá como para unas alegrías. Las coplas flamencas siempre se transforman, como si estuvieran ─en realidad lo están─ en estado naciente, en los labios del cantaor.
    Valga como ejemplo esta copla:
                  «Tengo  yo mi corazón
                                                                         tan “jechesito” a mis mañas,
                                                                         que le digo: ¡llora! Y llora,
                             y le digo: ¡canta! Y canta»
    Lo que el cante flamenco expresa son quejas, sentimientos y plegarias, recuerdos y vivencias, de ahí esa hondura que le valió el epíteto de “Cante Jondo”.  El valor expresivo del cante flamenco queda bien patente en esta frase de la tía Anica,“la Piriñaca”, que a sus ochenta años, con la voz ya rota, después de cantar por siguiriyas, dijo: «Cuando yo canto a gusto, la boca me sabe a sangre».
    Una sentencia de Amós Rodríguez Rey dice:
     «Lo del cante es lastimar, no quiere hacer daño, sin el arañón que nos deja dentro, el  cante se queda en una serie de ejercicios vocales, con mayor o menor prosapia flamenca».

    Se refiere, claro es, a su capacidad emotiva, pues lo que en verdad nos llega al corazón, más que el jaleo, es el silencio; más que su festiva alegría es su profundo dolor acumulado durante siglos. Una queja que no protesta. Un imborrable testimonio.
   Luis Rosales dice:
   «El cantaor de flamenco siempre tiene que actuar dando la sensación de que el cante le puede. Dando la sensación de que a la plenitud del cante no se puede llegar. Y nadie llega».
    
    Hacia la mitad del siglo XIX, el cante flamenco inicia su primera gran etapa de difusión, de enriquecimiento y de simultánea decadencia.
   La institución de los café-cantantes  impulsa y consolida al flamenco, pero también lo trivializa y erosiona. Aparecen nuevos creadores e intérpretes, pero también le nacen falsedades y servidumbres, pierde pureza y autenticidad.
   
Fotografía de Federico García Lorca con Falla en el concurso de 1922
En 1922, en Granada, un buen número de artistas e intelectuales españoles colaboraron con Manuel de Falla y Federico García Lorca en su esfuerzo por rescatar y restablecer los fundamentos primigenios del flamenco y por exigir, para el Flamenco, el respeto que se merece. Para ello pusieron en marcha aquel «Concurso de Cante Jondo» donde, tomando como punto de partida los trabajos de D. Antonio Machado Álvarez -“Demófilo”-, pusieron los cimientos de la Flamencología: investigación, estudio y clasificación de los cantes flamencos.   Libros, ensayos, monografías, conferencias, artículos, reuniones y congresos se suceden sin descanso y sin fin. Se estudia la raíz literaria de una copla, las semejanzas entre dos o más formas, la geografía de una modalidad, la paternidad de un cante…  
    Hablando de paternidad, incluyo aquí la letra de una copla anónima andaluza que sintetiza, de forma magistral, lo que significa para un cantaor flamenco sus ancestros. Esos viejos creadores del cante, de las breves coplas que en tres o cuatro versos cuentan el alma de una historia.
                                    «Agüelos. Agüelos.
                                    Agüelos, padres y tíos:
                                    con los güenos manantiales
                                    se forman los güenos ríos».
    ¿Qué más se puede decir con tan pocas palabras?
    ¿Cómo se puede agradecer tanto de manera tan sencilla?
    Esta coplilla me trae a la memoria el retrato que, de su padre, hace el poeta Antonio Machado:
«Esta luz de Sevilla…Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho, la alta frente,
                                 la breve mosca, y el bigote lacio-…»    

 GLOSARIO DE TÉRMINOS FLAMENCOS
Ignacio Pantojo
Socio colaborador de la Academia

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