viernes, 25 de mayo de 2018

HOMENAJE AL POETA FRANCISCO BASALLOTE




Dentro de las actividades programadas para el año 2018, en el apartado, conferencias, coloquios y tertulias, la Sociedad Vejeriega de Amigos del país, ha querido incluir una dedicada a la difusión de la poesía y como homenaje al poeta Francisco Basallote:

Mi propuesta es un acercamiento a su obra desde la palabra poética y desde la imagen, analizaremos el significado de la añoranza mediante el comentario de su obra, y recitaré algunos de sus poemas más conocidos.

Me gustaría decir que, su poesía siempre me ha emocionado, me lo imagino con unos dilatados brazos, que cobijando a Vejer nos contagia  su amor y la nostalgia que revelan sus poemas. Es la razón de la realización de estos 3 vídeos basados en las carpetas publicadas por el poeta, de acuarelas y haikus, esos poemas de alta concentración que forman parte esencial de la tradición literaria japonesa, su métrica de 5-7-5 sílabas es muy aceptable para nuestras lírica. Su belleza unida a cada lámina, es una meditación resuelta en cada poema. No es posible más inspiración en tanta brevedad de palabras. Nuestro poeta pasará a la historia por ser uno de los más reconocidos especialistas.
El haiku debe describir el momento, Pensad en este luminoso haiku:..
Tras las espigas
 la sierra y los pinares,
 el azul del mar.
                                                      
No os parece que el poeta se inspiró en la carretera que une Barbate y los Caños de Meca, cuando, casi al final surge, de pronto el azul.


En este vídeo que vamos de ver; la fuerza que tienen las  palabras es algo misterioso, tanto que parecen obedecer a un orden interior desconocido. Las 4 carpetas que me envió, y que yo las convertí en vídeos, contienen 12 acuarelas cada una, con otros tantos haikus, son un canto a la sensibilidad.


Poesía, música y sobre todo una gran emoción contenida al evocar la figura siempre presente de un vejeriego que supo contar y expresar de forma inigualable el amor a su tierra. Vejer ha encontrado en sus versos su mejor pregonero. Por ello, Paco Basallote pasará a la historia como el poeta de Vejer, nuestro Vejer.

Su duración es de 9 minutos.
Carpetas: Sendas del aire, Queda la luz, Hilos de luz





Francisco Basallote poeta y pintor

Recibo la invitación de la Sociedad Vejeriega de Amigos del País, con dos sentimientos que no suelen andar juntos: el orgullo y la gratitud por participar en este homenaje a nuestro poeta Francisco Basallote. La amistad es un don, haber disfrutado de la suya, un verdadero privilegio, que no sé como agradecer, nos conocíamos desde la infancia y estuvo siempre llena de complicidades y confidencias. Por eso, estar hoy aquí, por un lado me abruma y cohíbe y, por otro me hace una gran ilusión porque estoy entre amigos. ¿Cuándo iba a pensármelo yo?

Mi propósito con este encuentro es, recordar, para gloria de Vejer, a un gran poeta y al mismo tiempo resaltar para la memoria colectiva, a uno de nuestros convecinos más querido y admirado y demostrarle  el cariño que le profesamos, especialmente, los que tuvimos la suerte de conocerlo y ser su amigo, y quiero manifestar mi admiración por su poesía y por sus ensayos de crítica literaria.

Me viene a la memoria la editorial del Boletín de Amigos del País, agosto 2015, y que terminaba así:.. Ahora comienza la obra de Francisco Basallote en el alma y en el tiempo de los vejeriegos, y en eso estamos. El poeta siempre aspira a la permanencia de su voz. Cierro los ojos y la memoria me deslumbra....

Pueden seguir la conferencia en el siguiente vídeo:
Sentimos, que la grabación, realizada con un teléfono móvil, no tenga calidad deseada.



En realidad el tiempo de los pueblos permite que la vida de unos esté indisolublemente unida a los de otros, quizás porque todos somos uno....
Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Bellas Artes Santa Cecilia



PASEO CON EL POETA POR VEJER: “SU PUEBLO Y EL MÍO” (*)


No soy capaz de recordar cómo habíamos llegado aquí. ¿Fue un sueño? ¿Quizás una fantasía? ¿Una quimera? No lo sé.  De verdad, que no lo sé. Por eso le pregunté a él.

  ¿Sabes qué hacemos aquí, en Santa Lucía,  amigo Paco?   No me contestó. Estaba extasiado con el paisaje y los recuerdos: el sonido cristalino de las torrenteras libres, el cántico de los pájaros,  los olores de los jazmines y azahares mezclado en aire limpio y esas cañas danzando al blando y dulce compás de lo auténtico, que nos gritan el lugar de donde somos y al que pertenecemos.

¡Estamos en Santa Lucía! – Le dije. Pero Paco, ausente, no me oía. Seguía ensimismado, mirando hacia arriba, a la ciudad blanca, que era una paloma reposada sobre los aleros del tiempo.

Con paso sosegado seguimos caminando hacia la Venta de El Toro. Paco hizo una leve pausa y me dijo: -¿Te acuerdas, Gonzalo, que un día comentábamos que los conceptos son de todos y que las intuiciones siempre son subjetivas?

Yo le respondí,  precisamente estamos aquí por una de esas intuiciones extrañas y personales. Es la razón de haberte convocado.

 De pronto, despertamos de nuestro ensueño y nos encontramos los dos mirando con los ojos del corazón y del recuerdo, una visión que quiere permanecer eterna, intangible.... pero es una visión voluble, cambia la silueta de la blancura, como cambia la blancura misma, cambia por decisiones indetectables; pero que a la larga inciden negativamente en esta joya, que la responsabilidad de todos debía mantener incólume; porque un día la ignorancia y otro la torpe avaricia tienen la osadía de romper el equilibrio de lo que es patrimonio de todos, memoria colectiva, identificación común, con un sitio verdaderamente sagrado, porque ha sido veneración de todos los vejeriegos desde mucho antes del tiempo, desde que el quinto sol alumbró el reino de la oscuridad.…

Hagamos posible su permanencia en el lugar más recóndito de nuestros corazones. Dirigí mi mirada hacia él, para que notase que le estaba prestando toda mi atención; pero no parecía hablar conmigo, quizás lo hacía con su "alter ego". 

Repentinamente desapareció, tan deprisa que, de inmediato, ni siquiera pude tocarlo con la mano. Seguramente se marchó a un quehacer lejano y misterioso…
Y me quedé solo, desoladamente solo.

Decidí entonces, que este imaginario paseo lo haría usando las palabras como a él le gustaba hacerlo, con nuevas formas de expresión, aunando perfectamente la innovación y la tradición literaria con su sentir poético.

En muchas ocasiones, no somos capaces de establecer la relación entre una obra literaria y su propio entorno, por considerar que  las creaciones poéticas pertenecen a un mundo antiguo en el tiempo y en el espacio.

El poeta Francisco Basallote era un vejeriego enamorado de su pueblo, de sus gentes, de sus tradiciones; un poeta primordial, sencillo y emocionante, que nos contagiaba  su amor y la nostalgia que revelan sus poemas. Un poeta capaz de crear su mensaje en poesías que conectan con el alma del lector, cuyos versos se comprenden y penetran rápidamente en el alma, sin necesidad de hacer maniobras intelectuales.

 En su memoria, vamos a pasear plácidamente por las calles de Vejer, descubriéndolas desde sus escritos y tratando de expresar la emoción que percibía en su deambular por ellas; y matizando con su palabra cada rincón geográfico y humano. La poesía es, en definitiva, compartir sentimientos, viajar por los diferentes caminos del sentir del ser humano.

PRIMERA CURVA:
Desde aquí, en el extremo de la Corredera, apoyado en la balaustrada veo la primera curva. Y recuerdo... cuando esa primera curva era el límite de nuestros paseos dominicales de la infancia, entonces no había tantos pinos en la ladera y si más moreras en la carretera por la que pasaba el coche de El Carrero o el de Manolito Fernández o no pasaba ningún coche, paseábamos y cogíamos vinagretas, también en la misma curva el mejor barro para hacer bolas que luego pintábamos... eran domingos de otoño o de invierno, soleados y fríos. ¡Siempre recuerdo el frío de aquellos tiempos! No sé por qué...

LOS REMEDIOS:
1959. Esta ha sido la cara de Vejer durante casi medio siglo; pero cuánto ha cambiado, cuántas transformaciones ha ido experimentando en su piel.
Quedan a la izquierda las cocheras de Manolito Fernández y la Quinta de Recreo, construida sobre el Monasterio de Nuestra Señora de los Remedios o sobre sus ruinas, hoy ha desaparecido dejando de testimonio algunas de sus palmeras y el arco en la rotonda, previsiblemente del antiguo monasterio. Entre el Arco y los garajes la bajada a la cuesta que unida a la que desciende por la Cantera bajaría hasta el cruce de Medina, Casa de Ignacio Castro.
La casa de Andrés Gomar sigue pintada de rojo, como a principios de siglo, y la Corredera luce ya su balaustrada y las primeras acacias aún de pequeño porte. La posada a la derecha sería el último edificio, siempre amenazado por el "bascornil" de la ladera.
La Torre de la Corredera en su permanente estado de avanzada de una muralla que quedaba a trozos oculta entre la cal y los recrecidos edificios, que Antonio Morillo luego desvelaría. La torre de la Iglesia, vertical en su calidad de hito, con sus azulejos intactos y sin acebuche incrustado en su chapitel.
En esos tiempos, algunos andábamos ya escribiendo poemas a esta
ciudad, y mirando esta misma perspectiva desde el camino del molino de Márquez y la desaparecida Cruz de Conil. Y yo, desde la Bodega camino de Las Quebradas, escribía con  fruición, de la pasión primera de un adolescente

 CORREDERA:
En la Corredera, con el río a tus pies, la Sierra Ganada - a los moros de Granada- emergiendo, cual barco hundido en la llanura, Medina y Alcalá apenas adivinadas al fondo, al socaire gozarás de la paz que el Creador debió sentir después del Génesis.
La hora, aun siendo indiferente, importa por lo que quieras sentir. El despertar del pueblo, cuando el sol camina sobre La Janda desecada, da a la cal unos tintes amarillos, y si esa noche ha habido relente, los adoquines aún conservarán la humedad nocturna y las perlas del rocío te sorprenderán en un geranio imprevisto en una maceta insospechada. Esas mañanas tienen el agridulce sabor de la nostalgia.
El mediodía es distinto, el sol impera, ya no es un abrazo a traición en una esquina, es blanco, rotundo, omnipresente, puedes sentarte en una terraza de la Corredera, saborear un vino de Chiclana, que aquí tiene un bouquet único y tomar unas tapas de atún encebollado de las almadrabas del Duque, que desde aquí se vigilaban; y dejar pasar las horas lentamente, si quieres solo marcadas por esas viejas campanas que desde la torre no sólo son ritmos para el tiempo, sino -con su pesadez- recuerdos de metal que rompen la luz con sus martillos.
En el crepúsculo, los matices de la luz son tan variados, la riqueza del rojo poniente tanta, por obra y gracia de un sol, a la izquierda de la Corredera tras el macizo del Santo.

COLEGIO DE LA MONJAS:
La espadaña de La Merced es un hito en el paisaje de Vejer, también lo es en nuestra memoria de aquellos días en el Colegio, cuando Sor María nos castigaba desde aquella clase que conectaba directamente con el campanario a aquel recinto, con cubos de cal y desde el que se tocaban las campanas, algunas veces por descuido...

PLAZA DE ESPAÑA:
Estás en la Plaza, el decimonónico Ayuntamiento -solo fachada-, parece aplastarlo todo, hasta las palmeras.
A la izquierda tienes en inverosímil equilibrio arquitectónico una ladera de casas sobre casas, tejados que son patios, azoteas que son calles, la higuera es más estable que estos muros de cal de siglos.
 Si todavía no te atreves a entrar en la ciudad por el Arco de la Villa por el que un día saldría el leonés Guzmán al sitio que la Historia le reservó en Tarifa, enfrente tienes la calle de la Fuente, síguela y curiosea los patios de las casas que a partir del XVI se fueron labrando los vecinos de este Vejer, fortín y confín del Reino.
Seguirás sorprendiéndote por el escalonamiento de las casas, sobre todo a tu izquierda, por donde empinadas callejas te conducirán al vacío, presentándose frente a ti la Palomina, la espadaña de la iglesia de la Merced, la roca caliza dorada apenas veteada por el verde de las tunas.

JOSÉ CASTRILLÓN:
Así desierta, como un vaso de cristal, conteniendo los distintos matices de la luz, la esquina redondeada en la que la cal es un espejo convexo en el que desfiguramos nuestros recuerdos, las puertas cerradas, no solo para los curiosos sino para que no se vaya entre sus hojas el tiempo encerrado. Los adoquines, ordenados, pulcros, con sus destellos de mica como pequeñas luciérnagas. La calle ligeramente curvada hacia el sol y al fondo el Arco de la Villa, su trasera, limpia, blanca, sin aditamentos honorarios, simples y sencillos como la vida que discurre aquí adentro de la ciudad de la luz.

CALLE DEL CASTILLO:
Desde las almenas de la esquina norte del Castillo se veía la Iglesia de la Concepción sin cubierta y las aglomeraciones de sillares, así como los nidos de los cernícalos , nunca supimos el de las lechuzas que en las noches oscuras siseaban a las estrellas. Se veía el patio de la casa de los Castrillones, que ocupaban parte del claustro del ruinoso Convento, así como su casa construida sobre las edificaciones monacales. A los mismos pies de las almenas los tejados de Juana Mateos y más allá el territorio de mis correrías por las azoteas de María Chirino y de mi abuela. Al fondo la iglesia y la torre, cuyas campanas, por cercanas, nos eran tan familiares.

LA IGLESIA Y EL CAMPANARIO:
La Iglesia, gótico decadente y dentro de ella el cuerpo mezquita-mudéjar, edificada sobre la Mezquita; campanario renacentista coronado por un chapitel de azulejos. Dentro, solo piedra, limpia piedra, y debajo el gran aljibe...
El campanario. La robusta torre cuyo chapitel elevara Hoefnagel como afilada aguja, se nos muestra en la noche, cercana y encendida en su cuerpo de campanas, si no altiva si ensimismada en su altura, que Filmo en su azulejo confirma, contenta quizás de que los remates de los contrafuertes quedaran inacabados y orgullosa de las cicatrices del tiempo, como esa grapa de hierro que la ensambla a la de la vieja mezquita.
Siete siglos envueltos en esta luz dorada, como si en un instante de la noche este palimpsesto que es la Puerta de la Iglesia rememorara sus sucesivas escrituras: mezquita, iglesia mudéjar, gótico, renacentista... y las sucesivas añadiduras: torre cristiana sobre minarete, portada renacentista en cuerpo gótico, el cuarto del reloj... el cuarto sellado de la Capilla de San Bartolomé...

CALLEJÓN DE LAS MONJAS:
Atardece en el Callejón de las Monjas, con esa luz levemente dorada que pone en la cal una pátina de vejez, reflejo quizás de la piedra caliza de los sillares del Convento.
El Sol penetra por los arcos hasta el último rincón de nuestro corazón, dejando su estela luminosa en este rincón de la nostalgia. Porque estos arcos son para el poeta mucho más que un motivo para dejar plasmada la emoción, son la emoción misma, que a lo largo de mucho tiempo pasó bajo esos arcos, dejando siempre su estela de amor a un lugar tan cerca del corazón que es corazón mismo.
Ahora, como el día que acaba, vamos en retirada. Otras emociones, otros quehaceres, llenarán estas páginas con los reflejos de la belleza de la ciudad blanca, que permanece. Y siempre volveré a ti, a pasar bajo tus arcos, a escuchar el viento por última vez y el canto de la lechuza…

PLAZUELA:
Bajando con cuidado, dejarás el Palacio del Marqués de Tamarón y su mole y te encontrarás frente a San Francisco, la Iglesia que los franciscanos erigieron en el XVI en las afueras de la ciudad de entonces, cuyos enterramientos aparecen de cuando en cuando. No te cohíbas en este reducto de la Plazuela, a tu derecha se inicia la Calle Alta, que de nuevo te puede llevar a otro laberinto de cal, el Cerro, humildes casas de nuevo erguidas unas sobre otras y todas sobre la roca.
Siempre recordaré el día de San Miguel en Vejer. Día del corte del "hopo", es decir la fecha en que se acaban los contratos del campo y en la que se establecían otros nuevos. Sobre todo el aspecto de la plazuela, donde peones y colonos, trabajadores del campo, "pelaos" y señoritos establecían las condiciones de un nuevo contrato. La Plazuela era un hervidero, en la que los niños nos divertíamos cantando "Te han cortado el jopo"
CALLE NTRA. SRA. DE LA OLIVA:
Estamos en el antiguo acceso a la Ciudad fortificada, al fondo el Palacio que se hizo el Marqués sobre las murallas, que albergó a la Comandancia de la Guardia Civil cuyos caballos subían esta cuesta provocando chispas en el pedernal de los adoquines. A la derecha el acceso a la vieja Barbacana, que en aquellos tiempos aún conservaba ese nombre. A la izquierda la puerta de "Ochavito" y sobre ella la inolvidable taberna de Juan Lebrón, con sus duros de plata clavados sobre el ébano de la tapa del mostrador, donde paciente iba apuntando las cuentas interminables de su clientela, que en sus sillones y sillas de enea charlaban de lo que podían charlar...El Banco, con su estilo moderno y diferente, la Barbería de Tello y la luz, siempre la luz, en este mediodía primaveral que llega a nosotros, como siempre, pleno de nostalgias.

LA HOYA:
La Hoya, en cuya concavidad se vuelve a erigir el Vejer de la Miel del XVIII, escalonándose nuevamente hacia el Cerro, dominado todo por S. Francisco, tejados amarillentos de siglos; la cal, gris inaccesible a su blanqueo, apenas insinuado en el contorno de los huecos hasta donde el radio de la mano alcanza; los huertos diminutos, casi de los Incas, al Oeste las siluetas de los únicos molinos, que bien necesitan recuperar su historia, ya que no su función por desgracia de la técnica.
Sube la cuesta empinada, las casas, sus patios, todavía del XVI, algunas solariegas como la del Vizconde, con sus frescos blasfemados por la moderna pintura; costanillas del Barranco Moral..., limpieza absoluta, llegarás exhausto a la Puerta Cerrada, allí verás el prodigio defensivo de la muralla en la que los tiempos sedimentaron técnicas diferentes: bloques ciclópeos, mampuestos, sillares, ladrillo…
Atraviesa la Puerta y se te presentan tres alternativas: Subir, subir siempre, y darás en el Castillo, fortaleza árabe de la que se conserva su puerta y un Palacio reedificado sobre ella del pasado siglo que a pesar de todo conserva la estructura original de aquellos tiempos, con su patio de armas, sus almenas...

BUENAVISTA:
Si todavía tienes ganas, vete a Buenavista, el labio superior de la falla del Terciario sobre la que asienta este Vejer. Allí puedes con toda seguridad sentirte
sobre el mundo, como esos hombres pájaros que aquí vienen a volar.
Trafalgar te partirá el Atlántico en dos, a la derecha la línea recta del Palmar, Conil... a la izquierda, de nuevo la Ensenada de Barbate siempre brillando, la marisma, la Sierra de Retín. Desde aquí lo vio Hoefnagel.
Si miras hacia atrás verás de nuevo el pueblo en su arracimada montura, y si lo haces a la derecha, el campo de Vejer con sus nombres todavía intactos desde el repartimiento de los primeros castellanos del siglo XIII.

FUENTE DE LA OLIVA O FUENTE DE LA BARCA:
Todos los domingos, mi abuelo nos llevaba de paseo, no solo a sus nietos, también nos acompañaban algunas veces nuestros amigos, de modo que parecía una pequeña excursión escolar, que invariablemente hacía la misma ruta: Cuesta del Cagajón, con parada y juegos en la fuente, ventorrillo de Ignacio Castro donde merendábamos, la Barca y subida por su cuesta, ruta que a veces hacíamos en sentido opuesto; pero siempre nos deteníamos en la Fuente de la Oliva, de cuyos abundantes chorros bebíamos y de cuya arquitectura y fábrica nos ilustraba mi abuelo, a cuyas explicaciones añadíamos exóticas comparaciones, como es el caso de la cúpula que nada menos lo hacíamos con las casitas de un belén.

Para terminar, uno de sus poemas dedicado a Santa Lucía, para honrar al lugar donde hemos nacido y al que pertenecemos.


Asciendes por la senda  

del agua, galería
de los cañaverales
y de las zarzas,
desde el salto al algibe

que hicieron los moros
para regar las huertas
que el duque les robó.

El corinto de zarzamora
reta al carmín de la sangre
que no lava la pureza del agua
ensimismada en su correr.

Asciendes por la senda
del agua entre las sombras
del tiempo,
dónde están aquellos que hicieron este vergel,
dónde el molino y el molinero,
dónde la luz que incida
clara en estos días grises de olvido
que en ruina convierten
esplendores del agua.

Dónde, decidme, dónde.

La memoria, como espejo íntimo, da unidad temática a este recorrido, un capítulo más de las nostalgias por los paraísos perdidos.
Solo nos quedan los recuerdos. 
Muchas gracias.
Gonzalo Díaz Arbolí
de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Vejer

1 comentario:

  1. Francisco Basallote, había escrito:12 de agosto de 2018, 0:05

    Si, Gonzalo. Todos sabemos cuánto haces por Vejer, cuánto te entregas por el pueblo y...por los vejeriegos; pero también, y esto lo reconozco mucho más por su categoría de universal: por tu entrega a la difusión de la Cultura en general, desde tu lugar en el Puerto y en esa Academia, y desde tu posición personal. Un fuerte abrazo. Paco

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