ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (371)
UN LABERINTO EN LAS
ALTURAS
A la vuelta entro en casa porque tengo
tareas domésticas pendientes, como tender la ropa que dejé lavando antes de
salir. Decido subir a la azotea, que nunca uso, pero hoy hay sábanas que
tender. Llevo mi cesta de ropa, subo en el ascensor y abro la oxidada puerta
que da acceso a esa zona común del edificio y que chirría al ser empujada. Salgo y me quedo paralizada ante un paisaje
deslumbrante. Es otro mundo, ¡por Dios!
¡Lo que es el sentido de la propiedad! ¿Pues
no que ante tal impacto, me dejo invadir por una especie de enfado al comprobar
que mi tendedero está ocupado? No lo he usado nunca y ahora voy y me siento
fatal al ver aquellas extrañas toallas y
ropa interior en mi cuerda. En fin, pongo la cesta en el suelo y busco a ver a
quién robo su tendedero. Elijo uno alejado de la puerta y allí deposito mi
cesta.
Ahora me dejo invadir por un mundo de azoteas que se despliega ante
mí. Miro a lo lejos, miro hacia abajo y miro buscando edificios que me ubiquen
en este maremágnum de espacios
geométricos. Lo primero que me llama la atención es el río, las salinas
y el mar. A lo lejos se ve la silueta del gran macizo montañoso de la
provincia, y más cerca, Medina. El día es claro, sin bruma, y eso hace que se
localice con claridad esa preciosa lejanía.


Doy media vuelta y me enfrento a los
principales edificios que me miran descaradamente: el castillo, la Iglesia
Mayor y las torres miradores. Todo lo demás es un inmenso mar de azoteas como
la mía. No se ve suelo, sólo estas cuadrículas unidas unas a otras formando una red
interminable, rota de vez en cuando por
varios testigos verdes, impresionantes, -las araucarias- que sobresalen como
aquel ciprés de Silos: <<Enhiesto surtidor de sombra y sueño que
acongojas el cielo con tu lanza>> como nos dice Gerardo Diego.
Me quedo un rato largo saboreando este mundo que no se adivina cuando vas de peatón y me prometo volver para intentar adivinar el nombre de las calles.
Debe ser divertido y difícil. Pero he descubierto un mundo que merece ser vivido y degustado sin prisas, dejándome llevar por la emoción y la ilusión de verme en este mismo lugar en los años en que la ciudad disfrutó de su esplendor, con su comercio de ultramar, sus barcos subiendo por el río y el bullicio de sus gentes.
Tiendo la ropa en el tendedero prestado, cojo mi cesta y ahora bajo por las escaleras intentando adaptar mis retinas a la oscuridad, después de haber estado expuestas a la blancura inmensa de las azoteas.
Laurentina Gómez Rubio
Socia colaboradora
de la Academia
Bonito descubrimiento. Yo soy adicta a las azoteas desde niña, me parecen un mundo aparte
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