viernes, 3 de enero de 2020

Recordando a don Benito Pérez Galdós

     Hoy, 4 de enero de 2020, se cumplen 100 años justos de la muerte de uno de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos: Benito Pérez Galdós. No quiero dejar pasar este aniversario sin dedicarle mi recuerdo y un pequeño homenaje con estas líneas que siguen.


Recordando a don Benito Pérez Galdós
     La biblioteca de mi instituto tenía tres grandes ventanales, uno daba a una calle y los otros dos a otra, la de la fachada principal. Intentaba siempre situarme cerca de la ventana por la que entraba más luz, o me lo parecía a mí, era la que estaba lejos de la puerta y cerca de la mesa escritorio del alumno que hacía las veces de bibliotecario. También estaban, muy a la mano, las estanterías con las enciclopedias, de aquellas enormes cuyos tomos parecían pesar tres kilos o, quizás, más.
     Aún ─entre las tinieblas de mi memoria─ puedo recordar aquel día de invierno en el que leía a Charles Dickens, no recuerdo qué título (¿Sería el Pickwick?), pero sé que había poca luz y me movía incómodo tratando de que llegasen hasta mí algunos de los mustios rayos que repartía el ventanal. Cerré el libro un tanto desesperado. Esperé unos instantes y palpé la gruesa tapa de cartón gordo del tomo, levantándola un poco. En la primera página, debajo de las grandes letras del título había otras, más modestas, que decían que aquel libro lo había traducido Benito Pérez Galdós. Resultó curioso.
     Aún, en la clase de Literatura, no habíamos llegado a Galdós, pero me sonaban sus “Episodios Nacionales”. Dirigí mis pasos a la estantería en la que creía que estaban los libros de don Benito. Efectivamente, estaban allí. No tardé mucho, cogí Cádiz y corrí a la mesa del bibliotecario para tomarlo en prestámo.
     Un rato después, al llegar a casa, sucumbí ante el encanto de los primeros párrafos:
«En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de Dios...»
     Ya no pude dejar de leer a pesar de los ruegos de mi madre para que comiera y descansara de tanta lectura.
     Mi entusiasmo me llevó después a buscar Trafalgar e intentar leer todos los que hubiese en la biblioteca, pero estaba cogido y hube de conformarme con Nazarín que estaba en un rinconcito ─un tanto escondido─ de la estantería.
Lo que pude comprender ─en principio─ era que el personaje se llamaba Nazario Zaharin y que era un cura peculiar, entregado a sus creencias, dedicado por completo a los pobres, a los muy humildes. Las gentes veían a Nazarin ─así le llamaban─ como a un sacerdote católico bastante distinto a los normales en aquel tiempo tiempo. Vivía con los más pobres, se quitaba el pan de la boca para dárselo a los demás, a los más abandonados por la vida y la suerte. Su existencia transcurría en un barrio de Madrid, en un universo de pobreza, de miseria y de marginación; un sitio que tenía la delincuencia y la prostitución como medio de vida; el mundo en donde habitan los residuos que genera una sociedad injusta.
     Llevé el libro a la clase de Literatura y se lo enseñé al profesor. Comentó que era un buen libro, excelente, pero que no lo entendería, que era una lectura demasiado profunda para mi edad y conocimientos.
Una mujer que se llamaba Andara, le pidió ayuda porque había apuñalado a otra mujer y le suplica que la esconda. Una persona fue a casa de Nazarín y percibió un extraño olor a perfume y descubrío que allí se ocultaba alguien. Andara tuvo que salir huyendo, pero antes, para no comprometer a Nazarín, quema sus ropas y provoco un gran incendio que destruye la casa del sacerdote y también una pensión de mala fama en donde se podían encontrar toda clase de maleantes. Total, el cura se queda en la calle.

     Mi profesor, don Manuel, aclaró que esta novela pertenecía a un ciclo de Galdós de “novelas espirituales” y que de alguna manera entroncaba con la obra del escritor ruso León Tolstoi. No lo comprendí demasiado bien.
Se refugió en la casa de otro cura que le acoge a regañadientes pues no comprende como el padre Nazario se mezcla con ese tipo de personas. Se extendió el rumor que Nazarín había escondido a la mujer en su casa y que fue él quien incendió la casa y sufre un enorme rechazo por ello. Nazarín sin casa, sin dinero y en la miseria más absoluta, inicia una especie de destierro por distintos lugares. Él asumió esa situación con cierto placer, pues aborrecía ser como otros curas de la época. En ese deambular encontrará de nuevo a Andara que le dirá que, para ella, es un gran santo por haberla auxiliado y ayudado en sus más terribles momentos. Le pide que la lleve con él en su periplo a ninguna parte. También se va con ellos dos, Beatriz, mujer que el padre Nazario conoce a través de Andara. Los tres vivirán un duro peregrinaje hasta que será apresado por la justicia, maltratado y encerrado en la carcel con sus dos compañeras.
     Dijo don Manuel que Galdós establecía una comparación de Nazarín con el propio Jesucristo, pero que también había algunos paralelismos muy interesantes y significativos con don Quijote de la Mancha. No capté nada de esas cosas pues aún mi conocimiento del libro de Cervantes era demasiado superficial. También comentó algo sobre San Juan de la Cruz pero ahí me perdí.
     Sí, recuerdo que al final explicó que se trataba realmente de una obra maestra de don Benito Pérez Galdós sobre la santidad y sobre los méritos de ser cristiano en una sociedad cruel y perversa como aquella en la que Nazarín no pudo, ni podía, sobrevivir.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia



2 comentarios:

  1. Cómo me gusta este escrito en recuerdo a Don Benito Pérez Galdós, tienes ese don que tienen los grandes. Me gustan mucho todos tus escritos.

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