Los niños de Bartolomé Esteban Murillo, pintor barroco español

Bartolomé Esteban Murillo, pintor barroco español (Sevilla 1617 - Cádiz 1682). Nació en en el seno de una familia de catorce hermanos, de los que él fue el benjamín. Quedó huérfano de padre a los nueve años y perdió a su madre apenas seis meses después. Una de sus hermanas mayores, Ana, se hizo cargo de él y le permitió frecuentar el taller de un pariente pintor, Juan del Castillo. En 1630 trabajaba ya como pintor independiente en Sevilla y en 1645 recibió su primer encargo importante, una serie de lienzos destinados al claustro de San Francisco el Grande. 
Aunque el Murillo más conocido por el público sea el de las Inmaculadas, idealizadas y edulcoradas vírgenes, hay otro Murillo, y, es el de los niños de la calle, el de los pilluelos harapientos y piojosos que se reparten un melón robado, juegan a los dados o comparten almuerzo en aquella Sevilla que se hundía en la miseria, abrumada por los impuestos y la pujante rivalidad de Cádiz, tras la peste del 1649.*** De hecho su obra sufrirá una evolución desde los primeros temas de corte tenebrista de su juventud, con los que recoge el vivir en los barrios pobres sevillanos, hasta las bellísimas y serenas inmaculadas de sus últimos años. 
***(Gran peste de Sevilla, fue la mayor crisis epidémica que ha padecido la capital hispalense en su historia. Supuso una gran quiebra de su población, en la que murieron al menos 60, 000 personas, lo que representaba el 46% de los habitantes de la ciudad).

Joven mendigo o Niño espulgándose es una obra de Bartolomé Esteban Murillo fechada entre 1645-1650. Se trata de un óleo sobre lienzo que mide 137 cm de alto por 115 de ancho.Se encuentra actualmente en el Museo del Louvre de París, Francia, donde se exhibe con el título de Le Jeune Mendiant.


El maestro Murillo cierra los ojos, respira profundamente y recuerda a aquel niño pobre, su afán era la limpieza de los parásitos que siempre llevaba encima y que no les dejaba dormir una tranquila siesta. Fue su niño espulgándose. Lo recuerda con el cariño de una pintura lejana en el tiempo, pero tan fresca como si hubiese levantado esa misma mañana el pincel del lienzo.

En sus obras de género y retrato destacan las de los niños y ángeles, tiernas, dulces y casi irreales, las cuales contrastan con las de los niños marginados, en las que plasma una carga de emotividad, como por ejemplo en el Niño pordiosero"  Así, ejemplos de costumbrismo realista se pueden considerar los lienzos titulados "Niños comiendo melón y uvas"  o "Vieja espulgando a un niño" , en los cuales además aparece uno de los temas recurrentes de Murillo: la infancia, que aparece representada de forma anecdótica, copartícipe en las obras marianas, e incluso con una carga dramática.

Niños comiendo uvas y melón es una pintura al óleo de estilo barroco realizada por el pintor Bartolomé Esteban Murillo entre 1645 y 1650. Se encuentra en la Alte Pinakothek de Múnich, donde se exhibe en la sala XIII con el nombre de Trauben- und Melonenesser, 

¿Dónde robarían Demetrio y José el melón y las uvas? Manjares exquisitos. No sería muy lejos del mercado que se encuentra al lado de la Iglesia Ómnium Sanctórum, al lado del Palacio del Marqués de la Algaba… Cómo se reían los pilluelos. Allí estaban agazapados detrás del atrio dándose el festín. Nadie los veía, tan solo las moscas que impertinentes se acercaban a participar del banquete.

Anciana despiojando a su nieto. Óleo sobre lienzo 147 X 113 cm. Munich. Alte Pinakothek 

Recuerda cuando vio a la abuela despiojando al nieto. Qué alegre jugaba Juanillo con su perro. La abuela no paraba de hablar, ¡quédate quieto!, si te mueves no podré quitar más piojos. El perrillo jugaba, quería un poco de pan que amablemente Juanillo le daba, eso sí, en pequeñas migajas. La abuela enfadada lo deja. Rezando en voz baja coge su huso y hace lo mismo que todas las tardes. Hilar como lo hizo su madre y su abuela y todas las mujeres de su familia.

Niños huérfanos, pobres, que viven al aire libre, que trabajan de recaderos, aguadores, vendedores de frutas, verduras robadas en las huertas de Triana o los Remedios o tal vez en las que están cerca de la puerta Carmona que son de exquisito paladar. Pero que como todos los niños quieren jugar a las bolas, a los dados, a los naipes…Saben cuáles son los juegos prohibidos para ellos por eso quedan para jugar en plazas solitarias cerca de los conventos alejados del centro. San Agustín, los Capuchinos, la Merced…allí quedan al caer la tarde. Eran pandillas que robaban y vendían, que jugaban y cantaban, que rezaban y maldecían como si adultos fueran, pero sólo eran niños.


Óleo sobre lienzo, 146 x 108,5 cm Munich, Alte. Año 1670 a 1675

El tema del juego en pintura había sido popularizado por Caravaggio y su círculo, aunque en un tono claramente distinto al empleado por Murillo. Mientras que la pintura italiana introduce siempre la trampa entre jugadores, el sevillano se complace en mostrar la inocencia del juego, sin el menor dramatismo.
Existían numerosas referencias literarias en la España de los siglos XVI y XVII a las fullerías en el juego entre muchachos, pero el pintor sevillano se inclina por una representación idealizada del tema, en concordancia con los demás cuadros de género de su última etapa. En un escenario casi idéntico al del cuadro citado más arriba, tres arrapiezos de diferentes edades se solazan en el juego. El más pequeño mira con hastío sin percatarse de que su perrillo lo vigila con la esperanza de atrapar alguna migaja de pan. Esta figura se ha desentendido del juego, y ha dejado de masticar, distraído por la presencia del espectador. Mientras, los dos niños algo mayores juegan concentrados ajenos al tercero. Una vez más, Murillo nos muestra su grandeza como pintor de sentimientos humanos; es evidente que el niño que ha lanzado los dados ha hecho una buena tirada y esboza una sonrisa, mientras que el otro muestra preocupación ante el desenlace de la jugada.
El modelado de sombras y luces que baña la figura del primero es un excepcional trozo de pintura. En la esquina del primer plano, un hermoso bodegón de cesta de frutas nos recuerda la despreocupación de los chavales por el sustento. Una extraña atmósfera de ensoñación e irrealidad parece envolver toda la pintura.

          Óleo sobre lienzo. 159 x 104 cms. Dulwich Picture Gallery, Londres


Murillo tuvo un esclavo negro llamado Juan que había nacido en 1657. Puede tratarse del modelo empleado para esta composición, también titulada en algunas ocasiones El pobre negro. Al igual que su compañero Invitación al juego de pelota a pala, el maestro sevillano realiza una nueva demostración de cómo captar las reacciones psicológicas de los niños. La escena tiene lugar al aire libre donde dos niños están dispuestos a iniciar su merienda cuando aparece un tercero que porta un cántaro, demandando un trozo de la tarta que están a punto de comer. El que tiene la tarta en sus manos la retirada del campo de acción del muchacho negro mientras que el otro dirige su mirada al espectador y sonríe abiertamente. El pequeño negro muestra un gesto amable en su demanda. Un triángulo organiza la composición, ocupando la cabeza del niño negro el vértice, creando un juego de luces y sombras con el que refuerza la sensación atmosférica, de la misma manera que hizo Velázquez en Las Meninas. Las tonalidades pardas y terrosas contrastando con claras son habituales de esta época caracterizada por el aspecto naturalista de las composiciones, especialmente las populares.

 

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Los niños de Murillo

Fuente. Músicayarte, Wikipedia. Youtube,
Gonzalo Díaz-Arbolí
Académico de Santa Cecilia


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