Thomas Mann y la música, una forma de supervivencia espiritual.
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Mann, entre Bruno Walter (izqda.) y Arturo Toscanini (dcha). |
El escritor alemán, (Lübeck, 6 de junio de 1875 - Zúrich, 12 de agosto de 1955), siempre se hizo rodear de música, que acabaría por tener también una relevancia decisiva en su propia literatura e incluso en su vida Es recordado por el profundo análisis crítico que desarrolló en torno al alma europea y alemana en la primera mitad del siglo XX, para lo que tomó como referencias principales la Biblia y las ideas de Nietzsche, Freud Goethe y Schopenhauer.
Sus ensayos e ideas sobre temas políticos, sociales y culturales recibieron una amplia atención. Si bien inicialmente era escéptico respecto de la democracia occidental, se convirtió en un acérrimo defensor de la República de Weimar a principios de la década 1920. Durante el período nacionalsocialista emigró a Suiza y en 1938 hacia los Estados Unidos donde adquirió la ciudadanía de dicho país en 1944. Desde 1952 hasta su muerte, residió en Suiza.
A pesar de que su obra más conocida sea la novela La montaña mágica, Thomas Mann recibió el Premio Nobel de Literatura en 1929 principalmente por su gran novela, Los Buddenbrook, que ha merecido un reconocimiento cada vez más firme como una de las obras clásicas de la literatura contemporánea.
Los Buddenbrook es una novela familiar en la que la decadencia de la familia se desarrolla desde su interior, mientras los acontecimientos externos quedan en segundo plano. El ideal burgués del siglo XIX se va disolviendo progresivamente, junto con la cohesión familiar y la lealtad conyugal. La influencia de la filosofía de Schopenhauer se refleja en la oposición entre la vida cotidiana y el arte como vía de escape de la “voluntad”. Esta decadencia culmina en Hanno Buddenbrook, un personaje débil y sensible que rechaza la vida burguesa y comercial en favor de la música. Para Thomas Mann, la decadencia no es solo negativa, pues implica una mayor sensibilidad y esteticismo, aunque también se manifiesta en el creciente deseo de muerte de los miembros masculinos de la familia.
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Fotograma de la película "Buddenbrooks", de Heinrich Breloer, basada en la novela de Mann
La música acompañó a Thomas Mann durante toda su vida y tuvo una importancia decisiva tanto en su existencia personal como en su obra literaria. El propio Mann dejó constancia en sus diarios de la necesidad de “no perder contacto con la música”, especialmente durante el exilio en Estados Unidos, cuando esta funcionó como consuelo frente al desarraigo. Escuchar Mozart, Schubert o Wagner fue para él una forma de supervivencia espiritual.
Durante su estancia en Princeton, donde convivió con figuras como Einstein o Panofsky, Mann impartió conferencias centradas en Wagner y Goethe, los dos referentes culturales que marcaron su pensamiento. Desde su adolescencia, cuando asistió en Lübeck a una representación de Lohengrin, la obra de Wagner se convirtió en una presencia constante y voluntaria a lo largo de su vida.
Preludio de Lohengrin, de Richard Wagner
Richard Wagner fue el núcleo de la formación musical autodidacta de Mann. Su matrimonio con Katia Pringsheim, hija de un ferviente wagneriano, intensificó esa relación a través de veladas musicales dominicales en Múnich. Aunque Mann sentía una relación ambivalente y “culpable” con Wagner, nunca quiso renunciar a esa música, incluso cuando el contexto político la contaminó.
La familia Mann estuvo profundamente vinculada a la música: varios de sus hijos fueron músicos profesionales o traductores de tratados musicales, lo que reforzó el entorno sonoro en el que vivía el escritor.
Desde sus primeras obras, la música aparece como elemento estructural y simbólico. En El pequeño señor Friedemann y otros relatos iniciales, los personajes tocan instrumentos y la música se vincula al deseo, la frustración y la muerte. La figura materna, musical y sensual, inspirada en la propia madre de Mann, aparece reiteradamente asociada al piano y al canto.
En La montaña mágica la música ocupa un lugar central en el famoso episodio del gramófono. Las piezas favoritas de Hans Castorp reflejan su estado espiritual. La canción “Der Lindenbaum”, de Viaje de invierno de Schubert, adquiere un significado profético.
Cuando Castorp abandona el sanatorio para marchar a la guerra, canta inconscientemente esta canción, cuyos versos evocan el reposo final y la muerte. Mann construye así una metáfora musical de la fascinación alemana por el Romanticismo y su deriva hacia la autodestrucción colectiva en la Primera Guerra Mundial.
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Canción, Viaje de invierno, Friedich Schubert. Transmite un sentimiento de serenidad
El choque más doloroso entre música y vida ocurrió en 1933 con el ensayo Sufrimientos y grandeza de Richard Wagner. Aunque el texto era admirativo pero crítico, fue atacado por músicos y figuras vinculadas al nazismo, que lo acusaron de traición. Esta campaña pública marcó definitivamente a Mann y lo convenció de que no podía regresar a Alemania.
El vínculo entre Wagner y el régimen nazi convirtió una de las mayores pasiones de Mann en una herida irreparable. Durante años evitó Alemania y solo regresó simbólicamente a Europa para homenajear a Goethe y Schiller, no a su patria política.
Los testimonios de Katia y de los hijos de Mann subrayan que su relación con la música era profundamente receptiva y casi creativa: escuchaba con todo su ser. Necesitaba la música para descansar, pensar y escribir.
En el relato de Erika Mann sobre la muerte de su padre, la música aparece por última vez: Thomas Mann muere con “su cara de música”, la misma expresión absorta y atenta con la que había escuchado durante toda su vida. Así, su existencia se cierra de manera coherente con su identidad más profunda: la de un escritor que fue, en esencia, un músico de la escucha.
Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Santa Cecilia
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