martes, 12 de junio de 2012

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (67)

LA OBSESIÓN POR EL TIEMPO
          La manera en que, desde hace meses, nos abruman con la enésima predicción del fin del mundo hecha en tiempos remotos ­–ahora le ha tocado a ciertos vaticinios mayas– unida a otros vaticinios ecológicos mucho más recientes sobre el estado agonizante del planeta y al pesimismo por la crisis, está acabando por dejarnos cierta sensación de hecatombe definitiva. Ciertamente, percibimos que estamos en las postrimerías de algo que (como dirían en las series televisivas) “fue bueno mientras duró”.

        El tiempo y la perdurabilidad siempre ha sido la obsesión del ser humano.  Tenemos, creo yo, dos edades: la inocencia y la consciencia, y esta segunda intuyo que debe empezar cuando reconocemos el tiempo y, con él, la propia contingencia.

       La manera de enfrentarse a esta obsesión no ha sido siempre la misma a lo largo de la historia, y no me refiero a las distintas teorías de filósofos y sesudos varios, me refiero a esa sensibilidad concreta que se desarrolla espontáneamente entre quienes comparten un momento histórico, con sus condiciones sociales, económicas e ideológicas. Las manicuras, los empleados de correos, los guionistas de televisión no leen masivamente a los filósofos contemporáneos; a los filósofos contemporáneos ni siquiera los leen masivamente los profesores de filosofía contemporáneos.

Lo cierto es que se puede cifrar cada periodo cultural de occidente mediante el enunciado de un tema tópico de la literatura en torno al tiempo. Sabemos, por ejemplo, que en la desvalorización absoluta de esta vida mortal en favor de la eterna se puede cifrar la mentalidad de la Edad Media y que ésta se resume en el tópico del vanitas vanitatum (“vanidad de vanidades”); de la misma manera, otro tópico del tiempo: el carpe diem (“recolecta el día”, entendido como “disfruta el momento”) representa al Renacimiento y su confianza en el hombre. El Barroco se define por medio del tempus fugit (“el tiempo se escapa”) y su angustia que deja al hombre confuso; La Ilustración, como después hará el realismo, por la expresión hic et nunc (“aquí y ahora”) con su racionalismo y su gusto por los ambientes contemporáneos. Gran parte de nuestro Romanticismo puede explicarse con un ubi sunt? (“¿dónde están?”, en el sentido de “¿en qué han parado?”) al traducir no sólo la nostalgia idealista por el pasado sino también su desengaño vital.

       Para el siglo XX, sin embargo, no encuentro tópico latino que pueda resumirlo, lo cual es apropiado para un siglo bárbaro (en el doble sentido: el que le daban los romanos y el coloquial) y ultracientífico. Quizás el siglo XX, relativista y racionalista hasta el exceso, sólo puede definirlo una teoría científica que viene a dar formulación al propio carácter condicional del tiempo: la teoría de la relatividad.

       Los años venideros, sin duda alguna, afrontarán nuestra obsesión de otra manera. No me pregunten cuál, aún observo.

Inmaculada Moreno Hernández
Académica de Santa Cecilia

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