jueves, 11 de julio de 2013

DE NUESTROS ACADÉMICOS


   Para ti nada más era el milagro:
que se pusiera el sol tan suavemente
como cordón de aceite sobre el pan
y que en las rosas últimas de otoño
aún resistiera intacto su perfume.

Y extraordinario fue sin duda el hecho

de regresar a casa mientras ibas
con amor desbordado por el mundo
y por saberte vivo, tan de gratis.

Y ni los vinos del Duero, ni el Rioja

te supieron mejor que el agua fresca
que te aplacó la sed, otro milagro
rescatado de pronto de la infancia.

Ahora para ti solo, Andrés Trapiello,

tienes al clave a Mozart en tu cuarto,
y sólo para ti interpreta músicas
más firmes que la noche de las Osas

con su luz no envidiosa de otras luces,

armonías y sones acordados
como jamás el corazón de un hombre
haya sentido y como nunca tú,
de cuna tan humilde, imaginaste.

¿Cuántos reyes pudieron en su vida

vivir tantos prodigios, si es que acaso
pudieron descubrirlos en la corte
o en medio de batallas ya olvidadas?

Feliz aquel a quien con mano parca

el dios le concedió lo suficiente.
Y a quien le diera más, le sea leve
la tierra donde acabe, y más la vida.

          
(Andrés Trapiello, 1953-  ) 

   ¡Ay, los temas tópicos de la literatura clásica, qué vitalidad siguen teniendo!  ¿Cómo es posible que esta nueva incursión en el Beatus ille horaciano que hace Andrés Trapiello ya en  el  siglo XXI siga afectándonos? Todos conocemos el poema de Horacio que da nombre al tópico (pueden ver aquí el texto original y su traducción al español) y aún conocemos mejor la versión de Fray Luis de León allá en la segunda mitad del siglo XVI (aquí). Son textos prácticamente escolares.  Menos conocidas son las versiones de Arturo Dávila (ésta molestamente machista), la bella y cotidiana de Claudio Rodríguez en el poema "Alto jornal", la buscadamente banal con su puntito canalla de Luis Antonio de Villena que tituló "Un tema de Horacio"... El poema de hoy, de Trapiello, fue editado en 2001 como poema final del libro Rama desnuda, y yo tengo para mí que en este poema pervive, de manera tal vez inconsciente, el de Claudio Rodríguez; lean si no estos versos de D. Claudio: 
"Dichoso el que un buen día sale humilde / y se va por la calle (...) y de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto / y ve, pone el oído al mundo y oye, / anda y siente subirle entre los pasos / el amor de la tierra (...) vuelve a su casa alegre y siente (...)". 

Aquí está el camino y la llegada a casa, el asombro como de "milagro" ("¿qué es esto?") y también "el amor de la tierra"  ("por el mundo", en Trapiello), el valor del sonido... La forma métrica también es la misma (endecasílabos blancos). Pero además está en éste de Trapiello el eco de Fray Luis salpicándolo todo, y no sólo el de la "Oda a la vida retirada", hay una mención pitagórica a las constelaciones, "las Osas", en relación con la música y sus "sones acordados" que está en la "Oda a Francisco Salinas" del agustino.

   Pero aún no he contestado a la pregunta: ¿por qué he elegido el poema de Trapiello y no otro?, que es como decir: ¿por qué me conmueven especialmente esos versos? A esto sólo puedo contestar que no lo sé. Tal vez hay en este poema dos claves que me lo hacen particularmente emocionante: una es su movimiento climático (el texto está encaminado a su eclosión final con el enunciado del tema de modo sentencioso); la otra, el cuidado por evitar las generalizaciones que implica todo tópico, concretando en el poema una experiencia directa, personal y actualísima, que sólo al final deviene en sentencia generalizadora . 

   Respecto a la progresión climática del poema, diré que no es habitual en su tratamiento: Horacio, como Fray Luis, como el propio Claudio Rodríguez o el mejicano Dávila, dan comienzo a sus versos con la expresión: "Feliz aquél" o alguna variante cercana.


 En este movimiento climático del poema hay dos partes muy claras  antes de la conclusión final.  La primera parte es el pasado reciente: Trapiello recuerda los momentos previos a la llegada al hogar durante un atardecer de otoño; la segunda parte, el presente concreto desde el que escribe: la noche de ese día escuchando un disco de Bach que comienza con el adverbio "Ahora" y que se encuentra en la estrofa central del poema, la misma que contiene su nombre propio. Las dos partes están bien marcadas por una anáfora que abre cada una de ellas: "para ti" ; Por último, llega la exclamación final en un presente gnómico, sin tiempo.

  En cuanto a la evitación de la generalización que implica todo tópico, creo que se manifiesta en que los versos detallan la experiencia concreta de una tarde-noche suya, y sólo ella, mencionándose el poeta con su propio nombre y apellido justo en el centro del poema, aunque con un tú pudoroso más grato al lector y que lo envuelve. También la anáfora es un señalarse a sí mismo doblemente: "para ti nada más era el milagro";y, tres estrofas más abajo: "para ti solo..."

  Pero tal vez lo mejor del poema sea su manera de tratar la belleza de lo humilde, que nos es muy cercana. En el primer verso ya nos asombra una comparación, inesperada por lo cotidiano y local de su término imaginario: el sol se pone "como cordón de aceite sobre el pan", qué maravilla de símil que viene preparado por las aliteraciones suaves de las eses del verso anterior: "Se pusiera el Sol tan Suavemente" (recurso también muy de Fray Luis). No hay que decir nada más, el tono humilde ya se ha establecido y desde ahí se nos concreta un paisaje, un tiempo; nada hace sospechar aún el tema tópico hasta que el verso 10 introduce el primer contraste con el mundo
del prestigio: los vinos.

  Si lo humilde cotidiano le parece un "milagro" asombroso de bien y de belleza, la mención a "el dios" en la última estrofa se hace en minúscula (nombre común) pero con artículo determinado. Dios, que otorga la muerte y la vida y que permite sus sucesos, según se reconoce en la estrofa final, está entre las cosas comunes, pero único entre ellas. Se aleja además con esta expresión de aquellas usadas en contextos confesionales cristianos, ¿qué dios? "el dios" para ti, aquél en el que tú creas... y el lector moderno, que tiene sus modernos prejuicios, no se pone a la defensiva.

  Hasta el final de la segunda parte no habrá evidencia del contraste entre lo valorado -la humildad aldeana-, frente a lo rechazado -el mundo de los poderosos mencionado en los reyes de antaño- (y aquí, de nuevo, esa graduación hacia el clímax final del poema). Los cuatro versos finales caen así, inesperadamente, con su tono sentencioso y lapidario, y entonces reconocemos el enunciado del tema tópico -subrayado por una llamada de atención: la rima asonante entre "suficiente" y "leve", la única de todo el poema- y en ese momento... ¡anda! ¡Pero si lo que estoy leyendo es un Beatus ille! Y entonces, al placer de la armonía, al placer de la identificación con el texto sobreviene el placer intelectual del descubrimiento. Y se dice una que ¡claro!, que cómo no un Beatus ille en un autor cuyo segundo volumen de poesía se llamó Las tradiciones.

Tomado del blog "delibrosygentes" de nuestra académica Inmaculada Moreno

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