sábado, 1 de agosto de 2015

72 días

  ¿Percance?, ¿contratiempo? ¿Accidente? Antes se decía también 'prueba'.
  ¿Qué sucede cuando a uno le dicen que tiene algo de eso que termina en "oma"? En realidad no pasa nada, quizás un ligero temblor en los labios que pone la cara un poco abobada. Un bloqueo; la mente se queda paralizada unos segundos. O unos días. Cuesta trabajo poner orden en la cabeza, es como si se cruzasen en ella miles de mensajes a alta velocidad; no se ve ninguno, no se lee ninguno. Se escuchan las voces externas pero son solo sonidos impotentes.
  Al cabo de dos, tres días, ya sabe uno que deberá luchar. ¿Luchar? ¿Cómo se lucha ante eso? Entonces me doy cuenta que la palabra 'luchar' aquí aplicada es una especie de entelequia. Bueno... Hay una multitud de palabras repetidas. Son quimeras, lirismos, fantasías, ilusiones. En realidad únicamente sirven para sonreir un poco y agradecerlas.
  A continuación vamos entrando en la realidad, ¿cuál es el tipo de ese "oma"? Dicen que hay alrededor de trescientos, todos diferentes y con muy diferentes grados de perfidia. A partir de ahí los procesos personales se bifurcan, ¿cuáles son las posibilidades de atacar el daño? ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo procedemos?
  Dijeron que era de un Gleason reducido. Este es un valor de la escala del sistema que se utiliza para medir el grado de agresividad de un "oma", ¡qué me cuesta escribir cáncer! Hasta el 6 se trata de un "oma" poco belicoso y de crecimiento pausado. Eso permite otros enfoques. ¡Y otras esperanzas!
  ¿Dudas? ¿Incertidumbres? ¡Muchísimas!
  El idioma alemán es un pozo sin fondo, así que desde el primer día me dediqué al estudio de la lengua alemana con intensidad. Esa dedicación me permitía ocuparme de otros asuntos en cuanto me asaltaban extraños pensamientos; los laberintos de la gramática germana se convertían en un refugio inexpugnable. También los amigos en Internet robaban el tiempo a mis preocupaciones.
  El apetito funcionaba a la perfección y no existían molestias anómalas. De los tratamientos posibles opté por la radioterapia. La cirugía no era aconsejable en este caso, y el otro, la braquiterapia, no me era cómodo. Empezaron las sesiones y al cabo de pocos días hicieron acto de presencia otros fastidios tipo cistitis, rectitis y cosas así, que con el santo Iboprufeno eran llevaderas.
  La sala de espera de la clínica oncológica era un micromundo digno de un pormenorizado análisis. El primer día me produjo cierto estupor ver como dos pacientes, con aspecto de tener un Gleason alto, bromeaban y reían. Mujeres sin pelo, cubiertas con pañuelos coloreados y con rostro de energía y ánimo. Algunos hombres, un tanto hoscos ─tímidos quizás─ jugueteaban con el móvil. Las enfermeras ─ángeles─ daban instrucciones, conducían a los enfermos, con sonrisas perennes, inamovibles, que llenaban todos los espacios.
  Un pasillo muy largo e iluminado; entraba el sol por varios ventanales. Al final, en un vestidor a la izquierda, había que desnudarse y ponerse un batín azul, casi de papel, y unas, muy ligeras, zapatillas blancas que daban la impresión de caminar descalzo con ellas. Unos metros más adelante se entraba en la sala del acelerador lineal; un prodigioso aparato que dota de gran velocidad a millones de electrones, los hace chocar contra una plancha metálica especial y de ahí se desprenden unos rayos X (radiación Gamma) de alta energía que por medio de unos mecanismos muy sofisticados son conducidos hacía el interior del paciente para golpear, duramente, la zona afectada.
  El recinto es muy grande, suena música suave que nadie escucha. Varias pantallas muestran datos que son verificados y contrastados por el personal. Hay que acostarse sobre una plancha negra; las enfermeras ajustan la posición al milímetro entre sugerentes y confortables palabras. Se marchan de allí ─a su sala de control─ recomendando una quietud absoluta.
  Unos ruidos extraños turban el ambiente, la música sigue sonando. Dos placas blancas y una especie de cabeza metálica enorme con una pantalla verde empieza a girar. No sé cuantas vueltas da a mi alrededor. Todo dura unos pocos minutos, muy pocos, pero parecen ser eternos.
  Entran las enfermeras que me ayudan a salir de allí. Todo ha pasado. Primera sesión finalizada, quedan veintiuna más.
  No he notado nada, pero nada. ¿Hará esto algo? ¿No será todo una broma increíble? ¿Acaso un simulacro diabólico?
  La primera semana, cinco sesiones, transcurre muy bien. Un poco de cansancio que me dicen que es normal. Dos días de descanso para dar tiempo de recuperación a tejidos sanos afectados por la radiación.
  A la séptima u octava sesión ya no dudo de que cambian cosas en mi interior, ir al baño se empieza a convertir en un martirio, una cistitis no infecciosa, es decir provocada por la radiación, me produce mucho dolor. La inflamación se extiende a la uretra y al recto y paso unos días muy desagradables. Pero todo eso está ─me repiten, ya lo dije antes─ dentro de la normalidad; san Ibuprofeno, Micturol sedante, beber mucha agua y poco más.
  La sala de espera ya es un hábitat familiar. Conozco a un paciente, antiguo militar, con un padecimiento análogo, comentamos con serenidad algunos procedimientos caseros para aliviar las molestias. La vida transcurre en calma lenta como es habitual, los martes a la tertulia con los amigos, un rato a mediodía a tomar una cerveza a algún bar cercano. Un paseo y cena en alguna de las pocas noches fresquitas. Ratos con los nietos, horas de ordenador. Poca lectura, eso sí; quizás periódicos, noticias y artículos sueltos.


  Las preposiciones alemanas son traumáticas, unas rigen en dativo, otras en acusativo, o en ambos casos... ¡un lío!
  Finalizadas todas las sesiones. Últimos de junio; hay que esperar y soportar ─casi un mes más─ las incomodidades citadas. A mediados de mes con todo un calor insoportable, remiten las molestias, desaparecen como por encanto. El doctor recomienda no hacer ningún análisis hasta final de agosto porque probablemente la mayoría de los indicadores sanguíneos estarían perturbados.
  Un percance... ¿Contratiempo? ¿Accidente? Tengo un fuerte dolor en un pie, muy parecido a la gota, idéntico. Un médico general quiere ver el nivel de ácido úrico y prescribe un análisis completo con PSA incluido. Voltaren, y Colchicina.
  ¡El PSA normal! ¡Bajo!
  Pienso en el acelerador lineal, en el "linac". ¡Había hecho su trabajo perfectamente! La sonrisa aún era estúpida pero tenía otros matices.
  Día último de julio: ¡Todo fantástico!
  ─¿Cuándo debo volver doctor?
 ─No tiene ya que volver, todo está perfectamente. Eso ha desaparecido.
  Setenta y dos días... unas líneas...
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

8 comentarios:

  1. Rocío P. Izquierdo2 de agosto de 2015, 12:42

    Bellísimo texto. Quizás sea por el don que posee el autor de hacer fácil lo difícil cuando se trata de plasmar en papel las ideas o las creaciones que ha conseguido dotar al artículo de una emoción contenida y permanente desde las primeras líneas y describe con absoluta objetividad lo que es "esa experiencia" y el proceso que conlleva. Un texto que al final es esperanza, positivismo, optimismo, fe en la gente y la posibilidad de seguir aprendiendo de la vida.
    (Y coincido en lo relativo al alemán, bello pero con bastante mala idea: ¡las declinaciones de artículos, adjetivos....!).

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  2. Duro y real, en mi casa está pasando algo parecido. Este escrito ayuda a un buen enfoque. Muchas gracias.

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  3. Estoy impresionado, una respuesta valiente, no qué más decir. Prfesor un fuerte abrazo.

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  4. Texto digno de la inteligencia analítica de su autor .Un relato emocionante de 72 días que ,gracias a Dios quedaron sólo en eso ,en 72 días para recordar y compartir como experiencia.Seguro que ayudará a otras personas a afrontar el tan odiado " oma ".Mi alegría por la recuperación y mi mas sincera enhorabuena por el texto .

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  5. ¡Un beso grande y a deleitarnos con tus escritos!!!

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  6. Muy verdadero todo lo que he leído. Yo pasé por lo mismo, en mi caso fueron 35 sesiones, lo leo y revivo mi angustia, el cansancio se hizo crónico y toda clase de secuelas pero en fin.... estamos aquí para contarlo.

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  7. Como siempre, concreto. Sin florituras, muy ameno, crei que e staba leyendo el guion de una peli de accion ...

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  8. Hemos convivido contigo varias semanas de tertulias y, sin embargo, has sabido controlar tus sentimientos, dándote y dándonos ánimo, sin demostrarnos tus angustias y temores. Solo por eso te mereces, como decís los profesores, UN SOBRESALIENTE. Un fuerte abrazo.

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