miércoles, 25 de noviembre de 2015

10.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Lo que se comía del mar en la Bahía hace 3000 años
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

                                    A Aponiente, que revive una antigua historia de comida marina

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La explotación de los recursos marinos, como consumo en la dieta alimenticia de las antiguas sociedades protohistóricas o como factor industrial para el comercio exterior, constituyó una de las principales actividades económicas de las poblaciones fenicias y púnicas de las costas mediterráneas y atlánticas peninsulares y del norte de África. Y debieron ser los fenicios, y no los griegos en los comienzos, quienes valoraron más las especies marinas en sus dietas alimenticias. Se desprende de un pasaje de Homero en la Odisea (IV,368-369) en el que refiere que Ulises, resignado, le cuenta a Idotea, la hija de Proteo, que sólo se recurre a los alimentos del mar cuando no hay otro remedio –“mis hombres / por un lado y por otro se daban sin tregua a la pesca / con los corvos anzuelos”. No sucede igual con los romanos, y Plinio el Naturalista se encarga de transmitirlo cuando menciona la fundación de Roma –“Los peces marinos se utilizaron en Roma desde su misma fundación”. Se refiere a los banquetes sacrificiales, también a las comidas públicas y privadas y a los festines junto a los lechos de los dioses, y a lo costoso de este consumo. En el siglo XIII a.C. hay constancia escrita en Ugarit de guisos con peces en honor a divinidades y reyes difuntos en sus rituales. De los fenicios se tiene constancia de antiguo en su patria de origen y en sus colonias occidentales costeras.

La Bahía gaditana acumula una sólida tradición pesquera,  consecuencia de su situación en la costa, entre el mar y el océano, y de la extraordinaria riqueza de sus fondos marinos que sustentaban a multitud de especies. Entre ellas, y con abundancia, los sargos, raspallones, obladas, salemas, meros, salmonetes, bodiones y muchas más, así como peces de vida más pelágica, como servias espetones, corvinas y pargos, a los que se añaden numerosos invertebrados -crustáceos, gorgonas y corales. Pero la pesca más nombrada en los textos y deseada de todos los tiempos antiguos, es la del atún, no en los primeros siglos fenicios, como denotan las especies analizadas, sino después de los siglos VII y VI a.C. De ello hablaré en otro momento, en un artículo dedicado a su pesca y a su producción, que llegó a ser una  industria muy floreciente desde esos momentos hasta la actualidad. La causa de tan gran variedad de peces se debía a la existencia de grandes y abundantes extensiones de fanerógamas marinas y algas que constituían su principal alimento. Óptimas condiciones para el sustento de las especies del mar. De ahí, su desarrollo.

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 Y para su conservación, la sal, ese oro blanco -su nombre metafórico y real- o cloruro sódico, como se denomina oficialmente desde la ciencia,  sin cuya existencia no hay producción industrial. La costa gaditana constituye una de las mayores productoras de España y, sobre todo, en la explotación de salinas de aguas marinas. Su relación con la pesca lo advirtieron Estrabón y Plinio en el siglo primero. El primero, refiriéndose a los productos que se exportaban desde la Turdetania –suroeste peninsular-, dice: “tiene sal fósil y muchas corrientes de ríos salados, gracias a lo cual…abundan los talleres de salazón de pescado, que producen salmueras tan buenas como las pónticas”, cuya comparación constituía un halago para la producción industrial gaditana. Y Plinio el Viejo refleja sus cualidades curativas, y escribe: “se extrae una sal en bloques casi traslúcidos, la cual, y desde hace ya tiempo, lleva para la mayoría de los médicos la palma sobre las otras clases de sal”. Por ello se valora y demanda en la actualidad.

¿Cuándo se atestigua el inicio de la pesca en este ámbito?. Las comunidades prehistóricas que poblaron el Golfo de Cádiz se beneficiaron de los productos que generosamente ofrecía el mar sólo para el consumo doméstico. En el poblado de El Retamar, en Puerto Real, se han exhumado restos de peces que sugieren que fue un lugar especializado en la pesca de la dorada. Los escómbridos se han hallado en los depósitos de los “campos de silos” calcolíticos, del milenio III a.C, de la Bahía gaditana.  Incluso en la misma isla, por esos tiempos, se han recogido numerosos restos, cuya actividad productiva para el alimento debió basarse en gran parte en los recursos pesqueros. Más tarde, durante el primer milenio antes de Cristo, la pesca constituyó, además del consumo, un comercio enjundioso, como relataron las fuentes griegas y romanas. En suma, es opinión aceptada por los investigadores y manifiesta por los datos arqueológicos, que fueron los fenicios los iniciadores y propulsores de la pesca con fines comerciales e industriales. Y el Castillo de Doña lo confirma con los despojos de sus comidas de bases marinas hallados en sus estratos.


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En realidad, no se conoce de época fenicia –siglos VIII y VII a. de C.- ninguna zona industrial derivada de la pesca ni las artes empleadas en Occidente, que espera todavía el pico y la pala del arqueólogo, pero los análisis de peces y moluscos proporcionan una documentación muy estimable para determinar la importancia de esta actividad, su consumo y su posible proyección industrial y comercial. Las investigaciones ictiológicas llevadas a cabo en la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca, cuyos resultados son los que conozco con más detalles,  han ofrecido una documentación preciosa y precisa para conocer el elenco de peces para el consumo, que resumo para el lector. La impresión que se obtiene de su estudio es la de su gran diversidad de las faunas demersales litorales entre las que destacan con mucho los espáridos –dentones, pargos, brecas, caballas y doradas-, y en menor cantidad el atún, al menos en estos primeros momentos fenicios. Mas también, especies de agua dulce, como el esturión o el barbo, por ejemplo. En cuanto al marisqueo, que se practicó profusamente, destacan los bivalvos marinos, gasterópodos, pulmunados, cefalópodos y algún que otro bivalvo de agua dulce. Una especie muy abundante, que debió gustar mucho entre los habitantes de esta zona, es la coquina, de indudable valor dietético, y numerosas son también las almejas, los burgaillos y las lapas, de  mayor tamaño que las actuales. Todo indica un tipo de pesca litoral, con capturas cercanas a la costa y a sus poblados  pesqueros y consumidores, en las que se debieron emplear redes con mallas de reducidas dimensiones, que aseguraban la pesca de individuos de pequeña talla y ejemplares juveniles.

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¿Y cómo eran los sistemas de pesca?. Las descripciones gráficas en pinturas y mosaicos y las escritas ofrecen una información muy detallada. De ellas, recojo las escritas por Opiano, natural de Cilicia en la actual Turquía asiática, transmitidas en su extenso poema Halieútica, o Sobre la Pesca, de hacia el 180 d.C. Habla del pescador, que deberá ser de miembros fuertes y ágiles, no muy obeso, pero tampoco escaso en carne, pues deberá luchar con potentes peces, y además sabio, ante las trampas de peces que les espera en su captura, paciente, sereno, amante de la mar y de poco dormir. Y Homero, el mismo Opiano en varios pasajes y Eliano, del siglo III d.C., describen aspectos de las artes de pesca, muy parecidas a las actuales y que hallamos en los estratos fenicios y romanos. Homero menciona las redes de lino y el arpón en la captura de los peces. Más detalles ofrece Opiano de los elementos  pesqueros con red, que deben ser “soga de esparto, lino blanco y negro, junco, corchos, plomo, madera de pino, correas, zumaque, piedra papiro, cuerno, una barca de seis remos, torno con su manubrio, tambor, hierro, madera y pez. Y describe también los tipos de redes, “las arrojadizas y las de arrastre, / mas rastras, de bolsa redondas y barrederas; /de cubierta les dicen a otras; con las barrederas, / las de suelo, los esparaveles, la curva que puede / coger todo: esas redes de senos astutos son muchas”. En
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cuanto a la pesca con arpón, dice Eliano que
“es más varonil que las demás y requiere un pescador sumamente fuerte”. Pero la pesca de anzuelo es la más perfecta para este autor, y la más apropiada, requiriéndose numerosos artificios que no podemos enumerar aquí. Describe Opiano, en esta caso, que otras capturas se hacen de noche empleando luz artificial, mediante antorchas, para a atraer a los peces: “A unos los coge y los mata de día y a otros / por la tarde: al caer de la noche las sombras primeras,/ guiando por medio de antorchas su cóncavo bote, / a los peces, tranquilos, les lleva un negro destino./ Pues entonces, saltando a la luz brillante de pino,/ corren junto a la barca y viendo el fuego funesto /por el golpe cruel del tridente son alcanzados”. Y a continuación describe en versos hermosos, con mucho detalle, la pesca con veneno,  no tan bella y de métodos repugnantes.

No quiero dejar de mencionar unos consejos muy apropiados de Opiano para aquellos que salían a la mar a pescar. En él vierte el autor sus conocimientos aprendidos en los libros, que algunos datan de casi quinientos años antes de su época, y sus observaciones personales. Dice así: “En los días de otoño pescar por la tarde resulta / mejor, y también cuando surge la estrella del alba. / En invierno, salir justo cuando los rayos solares / se difunden. En primavera florida el día entero / acrecienta toda la pesca: es el tiempo en que todos / los peces se ven atraídos hacia las costas / (…) / Siempre han de poner la vista en la brisa que sopla / calma y suave, que riza, leve, en el mar apacible,/ pues los peces temen y odian los vientos violentos / y no quieren tambalearse sobre las aguas”. Puro conocimiento empírico y vivido.

Versos preciosos, consejos adecuados, experimentados, de los que ignoro si se oían en la Bahía. Creo que sí. De lo que estoy seguro es que habría bullicio en los puertos antes de la pesca, en los preparativos minuciosos de las artes y de las embarcaciones durante todo el día, con el ajetreo sin tregua de las distintas actividades que conlleva un puerto pesquero, siempre ruidoso, y al atardecer, con el sol rojizo muriendo lánguidamente como un dios, que es, en el horizonte, cuando los barcos alcanzaban la orilla, para volver a empezar al siguiente día. Una explosión de vida es un puerto, un reclamo a la alegría. Lo he vivido, de niño, cuando llegaban a Bajo de Guía, con el sol ya cayendo al otro lado del Coto, tras el templo de Venus Marina en La Algaida y el de Astarté en El Rocío, los barcos cargados de peces brillantes, algunos muy raros, que se pujaban en la orilla de la playa en una retahíla de números que nunca entendí. Hoy reina demasiada quietud, y ese ambiente jaranero, propio de los puertos, lo acalla un espeso silencio, y los barcos, o lo que queda de ellos, descansan o mueren indolentes en alguna parte, y los pescadores ya no miran las estrellas, ni acechan a los vientos ni auscultan los fondos marinos ni los colores del mar, ni discuten entre ellos si habrá un buen día o habrá abundante pesca. Sólo se oyen recuerdos de otro tiempo, repetidos con la tristeza que proporciona el olvido. Una activad que ha agonizado desde hace tiempo y que ha muerto a la luz de un sol espléndido. Los peces se fabrican cada vez más en factorías, artificialmente, sin haber aleteado en el mar, sin haber alcanzado sus fondos de arena, como en la novela de Aldous Huxley –“Un mundo feliz”- en el “Centro de Incubación y Condicionamiento”, que es el centro de desarrollo de tecnología reproductiva.

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1 comentario:

  1. Artículo muy ilustrativo y pedagógico, rematado con pura poesía escrita por alguien con una gran sensibilidad y sabiduría. Gracias, Diego.

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