miércoles, 2 de diciembre de 2015

11.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Las Columnas de Hércules, puerta abierta entre dos mares
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

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Los seres humanos necesitamos límites tangibles y objetivos que nos conforten y nos den seguridad, y la abstracción sólo tiene sentido en el deseo y en los sueños. Se requiere crear mundos sólidos con hitos que lo delimiten. Y precisamos soñar a través del misterio, hacia lo desconocido y peligroso. En los confines del mundo, en ese espacio inconcreto casi infinito que situamos por instinto y necesidad de asentarnos, para señalar un límite lejano e inasequible, para fijar un comienzo hacia un lugar distante y desconocido, es donde se forjan los sueños y la fantasía, la vida de los seres imaginados e inasequibles que habitan en montañas que alcanzan el cielo, en los países deseados en los que crecen manzanas de oros guardadas por seres híbridos fabulosos, seres-reyes de tres cabezas, las islas errantes que navegan sin rumbo en los mares abiertos al son de unas olas que no obedecen a las leyes de la pura física, donde el hombre se halla más empequeñecido y con miedo constante y sobrenatural, donde viven razas de gigantes con un solo ojo, donde todo tipo de seres monstruosos salen al paso de las embarcaciones que se dirigen a sus puertos para intimidarlas, las sirenas de cantos cautivadores que arrebatan y pierden el corazón y la razón de los hombres –lo sabía muy bien Odiseo en su vuelta a Ítaca-, cuevas que se abren junto al mar y que se adentran en la oscuridad a lugares desconocidos, seguramente al mundo infraterreno donde habitan la muerte y los muertos y el llanto, al lugar donde los ríos arrastran aguas de plata hacia el mar…Y contemplado con ojos actuales, con la relatividad que proporcionan el tiempo y el espacio percibidos en los distintos momentos de la vida del “homo sapiens”, todo fue pensado en un espacio de tres o cuatro mil kilómetros de distancia, prácticamente nada si miramos el mapa del mar, pero demasiado para navegarla, y muy corta para verla desde un avión desde el cielo. Y tan importante ha sido este hito, que su localización fue objeto de numerosos debates sobre dónde se ubicaban, cómo se llamaban y quienes la alzaron, y que de diversos modos y simbolismos ha perdurado hasta nuestros días.

Símbolos que vemos con frecuencia, sin detenernos y preguntarnos su sentido, por familiares y vistos. El escudo de Andalucía ostenta un logotipo, basado en el de la ciudad de Cádiz,  mostrando la figura de un Hércules joven entre dos columnas que la tradición  sitúa en el estrecho de Gibraltar. Lo mismo se advierte en la bandera de España, cuyo escudo flanquean dos columnas solitarias coronadas y asentadas en las olas del mar. ¿Significará, acaso, el escudo un país y los pilares sus puertas?. Es posible que tenga el simbolismo de hace más de dos mil quinientos años, como verdaderas entradas. Pilares, sólo sendas columnas como la expresión de un símbolo concreto elaborado en la Historia, se hallan también en los escudos de San Fernando y de Melilla, en el Ayuntamiento de Sevilla, e incluso en lugares lejanos, como San Diego en California, por citar unos pocos ejemplos. Sólo dos columnas significando toda una Historia transmitida. El poder de la abstracción, su concisa claridad.
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Pero no siempre ha sido así tan fácil de entendimiento, como nos ha relatado Estrabón en su libro III sobre Iberia –escrito en época de Augusto- y en el capítulo sobre Cádiz. Desde la antigüedad se ha discutido sobre el significado de estos símbolos y el lugar de su ubicación en el distante Occidente. Lo que demuestra la importancia que ha tenido este hito geográfico en el imaginario antiguo y actual, objetivado en sendas columnas o en los picos de montañas.

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Tras el relato de Estrabón,  sobre la fundación de Gadir, sigue la descripción y discusión de las Columnas de Hércules a las que dedica un largo discurso sobre consideraciones y razonamientos de su situación y significado, basados en las opiniones de otros historiadores y geógrafos griegos. El problema lo plantea sucintamente cuando escribe que “…unos creen que los promontorios que forman el estrecho son las Columnas, mientras que otros las identifican con las Gadeira –las islas gaditanas-, habiendo quien cree que están fuera, más lejos de las Gadeira”. Las Columnas se erigen, pues, en los promontorios de Abila y Calpe, en el norte de África y España, o son dos islitas, una de las cuales llaman isla de Hera, donde había un santuario dedicado a esta divinidad, o bien las sitúan en Cádiz refiriéndose a las dos columnas del templo de Melqart o Heracles,  y más tarde Hércules. Se supone con razón que este templo, construido al modo del que Salomón encargó al rey fenicio Hiram I de Tiro, estaba precedido por dos columnas coronadas de palmetas símbolos de la fecundidad, que no sostenían nada, sólo llevaban el peso de su significado, y tenían nombres, Jaquin y Boaz, al menos en el templo hebreo.

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En cuanto a los nombres también hay divergencias. El poeta Píndaro –entre el 510 y 440 a.C.- las denomina “puertas gaditanas”, Arístoteles, en el siglo IV a.C., dice que las columnas que “…ahora se llaman de Hércules antes se llamaron de Briareo”, mientras que Timeo, en la misma época, se refiere a la Puerta Tartesia, Euforión, hacia el 230 a.C., argumenta que en principio se conocían como Columnas de Cronos, más tarde de Briareo y, por último de Hércules, Flavio Arriano, en el siglo II d.C., las menciona como Columnas de Heracles, Porfirio, en el siglo III, “Estrecho Gaditano” y Apuleyo, a mediados del siglo II, como Columnas Gaditanas”. Los diferentes nombres se refieren alo mismo: la demarcación, mediante un concepto simbólico –las columnas como “axis mundi”-, del extremo del Mediterráneo y los comienzos de otro mar, hacia el corazón de Tartessos en cuanto significación de riqueza y abundancia. Y de una referencia espacial a la que alcanzaron las hazañas de Hércules, quien abrió el mundo hacia Occidente elevando sendas columnas, que también son las expediciones fenicias y griegas a un mundo anhelado por sus riquezas en metal. La apertura del mundo oriental hacia el lejano Occidente.

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Mas las Columnas también fueron un lugar sagrado donde se erigieron templos a Hércules, como nos informa R.F. Avieno en su poemario “Ora Maritima” –siglo IV d.C.-, recogiendo noticias más antiguas del ateniense Euctemón. El poeta escribe que entre el país líbico – todo el norte de Africa- y la costa de Europa se erigen dos islas que se conocen como columnas de Hércules, separadas por treinta estadios, inhospitalarias, cubiertas de espesos bosques, y en ellas hay templos y aras dedicados a Hércules donde los navegantes llegados al lugar sacrifican al dios y se alejan presurosos, pues se tiene por sacrilegio permanecer en las islas. Se contaba también que, junto a las islas, el mar es muy poco profundo en una gran extensión, lo que impedía a los barcos cargados acercarse a estos parajes por la poca profundidad de las aguas y el espeso lodazal de la costa. El paisaje descrito alude claramente a islotes emergentes cercanos a las costas africanas e hispanas.

 Para el navegante, estas columnas en sentido simbólico, son hitos o puertas figuradas, que separaban a ambos mares, y suponían sobre todo el acceso a Gadir y a Tarteso, una región plena de recursos económicos a la que llegaron durante el siglo IX a.C., para comerciar primero y establecerse más tarde. De ahí su importancia, su carácter simbólico, religioso, político, fronterizo, étnico y referente geográfico. Una verdadera puerta entre dos mares, una frontera, abierta a las ricas zonas de la Bahía gaditana –el núcleo fenicio más importante de Occidente-, Bajo Guadalquivir y región minera onubense, donde se situaba el centro de la legendaria Tarteso.  Una puerta custodiada, sólo accesible para quienes controlaban las riquezas y el comercio del rico Occidente por entonces.

Lo cierto es que fue costumbre, o norma obligada, levantar hitos allí donde los dioses o conquistadores –ambos inseparables- habían culminado sus viajes o dominios, tomando esos lugares sus nombres, que se conservaron resistiendo el tiempo hasta la actualidad. El hombre se ha movido en el mundo dejando huellas de su paso, sacralizando lugares, creando hitos naturales, construidos o imaginarios. No se ha dado un paso sin fijar un hito, natural o construido. En la dialéctica hombre y medio, siempre hay que grabar una huella, una referencia que constate la presencia Pero estos nombres fueron diversos, como  hemos visto, y también los lugares de la ubicación de estos hitos, como detalladamente nos informa Estrabón, a lo que dedicó mucho espacio en su libro. Poco importa cuáles fueron sus verdaderos nombres, pues todos son verdaderos: Abila y Calpe, puertas gaditanas, columnas de Briareo –el gigante de cien brazos hijo de Urano y Gea-, puerta tartesia o columnas de Hércules, como comúnmente se las denomina. Personalmente creo, como los indígenas iberos y africanos de esos tiempos, que las famosas columnas son las del santuario de Melqart-Heracles-Hércules, que portaban inscripciones fenicias registrando los gastos invertidos en la construcción del santuario. Las Columnas son Melqart-Heracles-Hércules en su descubrimiento del mundo, el simbolismo del conocimiento y expansión hacia Occidente, frecuentado en otros tiempos más antiguos, y en cuanto paradigma de riqueza y felicidad.

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Imaginemos lo siguiente abriendo los ojos. Un barco navega tranquilo por las olas suaves de la costa para traspasar esta puerta que conduce a las Islas Gaditanas, precedida por el templo de Melqart, donde realizará una ofrenda y sacrificio, agradecido por llegar a ese lugar tan distante de Sidón, o de Biblos o de Tiro, o tal vez de Cartago o de Corinto, y llegará a la ciudad y a sus templos, negociará en el puerto del Castillo de Doña Blanca, que espera paciente su nombre verdadero, remontará después el anchuroso estuario del Guadalquivir adentrándose en sus abras marinas hasta las ciudades allí apostadas, se detendrá, como es debido, en el templo de Melqart en Caura –Coria del Rio-  para llegar finalmente a Spal -Sevilla- y a agradecer y depositar su ofrenda a Astarté, diosa también de la navegación, haber llegado sin grandes inconvenientes. Tras unos días de reposo, bajará el río, y las velas hinchadas alcanzarán Tartesos, entre los ríos Tinto y Odiel. Si es su objetivo, navegará hasta Lixus, en Larache, y acaso hasta las Islas Afortunadas, o las Islas Canarias, y el islote de Mogador, el límite del confín del mundo. Este barco ha cruzado con zozobra las Columnas para adentrarse en ese mundo mítico y real que es la consumación de los sueños para el navegante. Pues bien, este viaje revive el deseo para muchos en el presente, constituye su meta y la esperanza.
                                                                                                                                                                       Las Columnas de Hércules hoy constituyen parte sustancial de los logotipos de los escudos de Andalucía y de Cádiz, como reflejos de un pasado mítico y real en el que Occidente fue la región más culta y rica del Mediterráneo, codiciada y envidiada por muchos. Así lo atestigua la Historia. También es motivo de estudio. Hoy sólo queda el pálido reflejo de un tiempo sumergido en el ensueño de una historia pasada que ya no es y puede ser si lo deseamos y hay empeño. Pero sus vestigios, los arqueológicos, permanecen dormidos en el subsuelo, y en el suelo la realidad, a la espera de la voz que diga “levántate y anda”.  Hay que recuperar la Historia, la curiosidad y la esperanza para proyectar un futuro.
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