miércoles, 2 de marzo de 2016

19.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

El Juicio de Paris: un concurso de belleza fatídico. Y otras historias.
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

No es conveniente que se enfaden las diosas, no se puede despreciar su belleza ni rechazar sus generosos ofrecimientos, ni desairarlas humillándolas. Los resultados pueden resultar terribles y de funestas consecuencias. Lo leía en el largo poema de Guilgamesh, rey de Uruk, que vio la muerte de su amigo entrañable Enkidu y buscó la inmortalidad sin éxito, por su condición humana. Este poema mesopotámico, de más de cinco mil años,  trata de la muerte y de la imposibilidad del ser humano, por alta que sea su condición, de trascenderla, de asimilarse a los dioses.  En resumen, se narra en uno de sus capítulos que, después de la muerte del fiel Humbaba, el guardián de los bosques de cedros, tras el reñido combate con Guilgamesh, limpió sus armas y su vestido, se soltó la cabellera sobre los hombros, y se cubrió la cabeza con la tiara regia. La diosa Ishtar, ante la belleza del héroe, le dijo “sé mi amante, hazme el don de tu amor. Serás mi esposo y yo seré tu esposa”. Y le hizo grandes ofrecimientos de poder, de privilegios y riquezas. Guilgamesh le preguntó ¿qué ganaría yo casándome contigo?. Y le mencionó a sus amantes, infidelidades y perversidades, requiriéndole que si le haría lo mismo que a ellos. Enfurecida, tras el desprecio, sube a los cielos y solicita de su padre, el supremo dios Anu, que cree al Toro Celeste vengador, quien accede a condición de que haya siete años sin cosechas. A continuación, Enkidu, el amigo-hermano de Guilgamesh, lucha contra el terrorífico animal a quien vence y “entre la cerviz y los cuernos hincó su espada”, arrojando a la cara de Ishtar las partes del Toro Celeste. Insultada la diosa y reunidos los dioses, decretaron en común que Enkidu debía morir. Guilgamesh, ante del  cuerpo del amigo muerto y la percepción de la muerte que puede alcanzarle, decide ir en busca de la inmortalidad, que no alcanza porque, conociendo el secreto por Utnapistim, el Noé bíblico, y superviviente del Diluvio, lo perdió por la debilidad humana del sueño. Así se explica la muerte y la condición del hombre mortal, motivada por el pecado de soberbia contra los dioses. Y, en este caso, por el desprecio a la propuesta de Ishtar, la deidad del amor, de la muerte y de la guerra. Más tarde, la Astaré fenicia, o Venus griega y la Tanit de Cartago.

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Me hallaba en estas cavilaciones, cuando leo en la prensa que hace unos días se ha hallado un bello y elaborado mosaico en un templo del foro de la ciudad romana de Cástulo (Linares, Jaén), que ostenta en uno de sus medallones el Juicio del troyano Paris, o el momento precedente a la decisión final de tan graves consecuencias.   Al fondo de un paisaje boscoso y en sombras, las diosas Atenea, Hera y Afrodita, y en  primer plano Hermes ofreciendo la manzana aurea a Paris recostado bajo un árbol. Y como el pasado siempre fluye sin cesar y se refleja en el presente, me propongo escribir unas líneas sobre este tema mítico que en estos tiempos conocemos como concursos de belleza, pues no es otra cosa el asunto de este mito griego con sus consecuencias trágicas y de muerte. En la historia mítica, el origen de la guerra y la destrucción de la ciudad de Troya, consecuencia de una decisión difícil a causa de la belleza que, por orgullo, la envidia y el despecho, trajo la desgracia. En el poema mesopotámico, la consecuencia del orgullo del rey Guilgamesh, acarreó al mundo la muerte, mostrando la distancia inalcanzable con la inmortalidad de los dioses, sólo propia de ellos, y la imposibilidad humana de trascenderla.

El mito del Juicio de Paris fue muy popular en las artes y literatura griega y romana desde Homero. Y desde sus primeras representaciones en el arte griego del siglo VII a.d.C., ha sido un tema reiterado en todas las artes hasta nuestros días, hasta Picasso y Dalí. Quizás se ha considerado una alegoría de la responsabilidad de la elección no sólo de la belleza externa y visible sino de la debilidad del hombre ante los ofrecimientos y concesiones que pueden satisfacer plenamente al ser humano, como el poder, la posesión y el amor sacro y profano, que también trascendieron en obras filosóficas. Un tema recurrente que hoy lo consideramos distinto.

El asunto es conocido. Paris es el hijo menor de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, quien, tras un sueño aciago de su madre, interpretado como que él causaría la destrucción de Troya, fue llevado recién nacido al monte Ida, en el que sobrevivió hasta su edad juvenil, alimentado y educado por pastores. En un primer escenario, hallándose Paris apacentando los rebaños, vio ante sus ojos una comitiva de mujeres regias conducidas por el dios Hermes –el heraldo de los dioses-, tres diosas que se consideraban las más bellas. En otra secuencia del mito, aparece el de la celebración de una boda a la que estaban invitados dioses y mortales, pues la pareja era mixta, la diosa Tetis y el mortal Peleo. Pero la diosa Discordia no fue invitada y, presentándose en el banquete enfurecida, lanzó sobre la mesa una manzana aurea que llevaba escrita la fatídica frase “Para la más bella”. Una frase envenenada que aludía a Hera, Atenea y Afrodita, las competidoras más hermosas. ¿Quién se atrevería a dar un veredicto?. Ni siquiera el propio dios supremo Zeus, quien, temeroso, declinó de inmediato en un juez imparcial. Fue elegido, por hallarse  pastoreando en esos lugares, el joven Paris, hijo de reyes sin él saberlo, que no pudo rechazar tan gran compromiso. Comienza así su juicio, convertido en un concurso de belleza entre diosas.

Paris, bajo la pesada losa de la responsabilidad sobre un juicio del que carecía de elementos irrefutables para un dictamen justo, pues las tres diosas le parecían igual de hermosas, les solicita que se despojen de la ropa para contemplarlas en todo su esplendor y, no siendo suficiente esta apreciación, dialoga con ellas. Aún así está dubitativo y acongojado. Y son las diosas, ante las dudas visibles, quienes le ofrecen una recompensa para ser elegidas, conocedoras de la debilidad humana por la posesión y dominación o de amores difíciles. Hera, esposa de Zeus, le ofrece el poder sobre toda Asia, Atenea, diosa de la guerra, la victoria en todas las batallas, mientras que Afrodita, diosa del amor, le ofrece el corazón amante de la mujer más hermosa de la Hélade, Helena, considerada hija de Zeus, y casada con Menelao, rey de Esparta. Los ofrecimientos son apetecibles, la dominación o el amor, la decisión, aterradora, pues Paris es consciente de que la elección de una de ellas supondría la enemistad con las otras dos  diosas. Finalmente elige a Afrodita, se decanta por el amor, a sabiendas de que se ha granjeado la enemistad y el odio de Hera y Atenea, a cambio del amor de Helena y la protección de Afrodita. Y adviene la tragedia, la guerra y aniquilación de Troya, cantada por Homero en la Iliada.


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El final lo sabemos, ora por la lectura de los textos mitológicos, ora por el cine –recordemos la película Troya dirigida por Wolfgang Petersen y protagonizada por Brad Pitt, como Aquiles-, que ha llegado a un público numeroso: el rapto de Helena por el troyano Paris, la venganza y el asedio aqueo de la potente fortaleza y ciudad de Troya, narrado en la Ilíada de Homero, la destrucción de la ciudad, y las muertes heroicas de los jóvenes Héctor y Aquiles, dos hermosos jóvenes príncipes, muertos  como consecuencias de este concurso y del rencor de la diosa implacable Discordia que no perdonó ser humillada y relegada en esta encumbrada boda de dioses.

Se trata, pues, de la elección y proclamación de la más bella de un concurso. Están todos sus ingredientes: las diosas aspirantes a ser la primera entre las más bellas del orbe; el jurado, compuesto por Paris, como único responsable del veredicto; los criterios, basados en la contemplación de la belleza física al desnudo y breve charla con las candidatas, sin que sepamos los términos en los que se desarrollaron las conversaciones; las aspirantes y sus ofertas atrayentes y humanas de compra del dictamen; y la decisión final en la que pudo más el ofrecimiento del amor de Helena, a sabiendas de las consecuencias terribles de guerra y muerte. Un concurso antiguo y actual, porque estas condiciones esenciales no han variado en el tiempo, sólo que el jurado es más amplio y priman los intereses económicos derivados de la venta del señuelo fugaz de la belleza.

No me resisto a contar otra historia, también de belleza, y con final aparentemente feliz y desgraciado en el fondo. Todo no ha de ser destrucción y muerte, pero si fantasía y locura. Poetiza Ovidio, en la Metamorfosis, que Pigmalión, rey de Chipre, que vivió soltero durante años por la desconfianza y el odio hacia las mujeres sin excepción, “disgustado por los innumerables vicios que la naturaleza ha puesto en el alma de la mujer”. Y dedicó su tiempo a esculpir esculturas hermosas para compensar la ausencia de la mujer real. Y Ovidio en sus versos describe que “En aquel tiempo esculpió felizmente con arte admirable / una figura de níveo marfil y tal bella cual nunca / hubo mujer, y cayó enamorado de aquella su obra”. Y la llamó Galatea. Pigmalión se dirigió a la estatua con ojos de amante, le pareció que estaba caliente que el marfil se ablandaba y cedía a sus manos como si fuera un cuerpo real. No lo creía, se sentía engañado y que soñaba. De nuevo volvió a la estatua, la volvió a tocar y palpó su cuerpo flexible y las pulsaciones de sus venas. Enamorado, deseó que fuese verdad y no sueño o locura. Rogó a Afrodita que fuese cierto lo que veía y, conmovida la diosa por el deseo del rey, le dijo “mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala…”.  Una historia muy hermosa de, como con el deseo y la ilusión, se puede construir un amor. Así fue como Galatea se convirtió en humana, fue la esposa de Pigmalión y la reina de Chipre. Sin embargo, otros autores más antiguos que Ovidio, como Filostéfanos –siglo IV a.C.- cuenta que de quien en verdad se enamoró Pigmalión fue de la misma Afrodita y sólo en su delirio erótico se transformó en una mujer perfecta. Su poder sobrenatural, como el de un dios, sólo fue una locura y un espejismo. Regresamos de nuevo a la tragedia, a la de la mente y la locura en esta ocasión. Mas este rey no fue el único que se enamoró de una escultura, y en la Antigüedad abundan historias similares. Lo imposible se transforma en real por el sueño o la demencia.


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Estamos en la época del culto a la belleza visible, sin que se sepa definirla por la subjetividad que conlleva el concepto, donde se la valora más que otras cualidades invisibles. Hay concursos desde mediados del siglo XIX en Estados Unidos, pero no fue hasta 1921 cuando se instituyó en sus líneas fundamentales. Y se ha popularizado desde mediados de los años cincuenta. El criterio principal es el de la belleza carnal y exteriorizada, adornado, como toque intelectual prescindible, con la belleza de la inteligencia. Y tanto han prosperado y ganado adeptos que los hay de Miss de todo –Mundo, Universo, Internacional, Intercontinental y las misses de cada país y de cada pueblo. En el género masculino también, el de Mr. Universo. Y  en internet se vota a las “diosas de la belleza”. La belleza ha adquirido, para quien gana un concurso de la más bella, según los patrones impuestos del momento, la sustancia de diosa y de aspecto especial, y como tal debe actuar. De ello viven muchos y muchas. Lo peor y negativo es el sofisma que se ha creado, reclamando al consumo todo lo que pueda cambiar y embellecer, que en un porcentaje elevado resulta inalcanzable, arrastrando, a veces,  a la frustración, al ridículo o al sillón del psiquiatra, e incluso a la destrucción. Me recuerda el final trágico del mito griego.

La belleza del espíritu, inmortal, y la humana, como el poder de toda especie, debe manifestarse en todo su esplendor, aunque el tiempo las diferencie con crueldad. A la humana la limita de modo cruel y real la brevedad en que refulge y se exhibe. La inmortal perdura porque nace del espíritu, del interior del hombre, de su esencia, y del arte. Y el arte es inmortal, eterno por tanto, como la máxima expresión sublime y representativa de la actividad humana en todas sus facetas.


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1 comentario:

  1. Este arquetipo de belleza al que aludes me recuerda al la comparativa de lo perecedero con lo eterno reflejado en el encuentro de Jesús con la samaritana: "si bebes de tu agua volverás a tener sed, pero en cambio si lo haces de la mía, quedarás saciada para siempre" o algo parecido.

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