jueves, 15 de diciembre de 2016

«Combatir esas tristes monotonías...»

«Bien cumplidos los setenta años que aconseja el Espíritu, un escritor, por torpe que sea, ya sabe ciertas cosas. La primera sus límites. Sabe por razonable esperanza lo que puede intentar y ─lo cual sin duda es más importante─ lo que le está vedado.»
Jorge Luis Borges
«Puedo consentirme algunos caprichos ya que no me juzgarán por el texto sino por la imagen indefinida pero suficientemente precisa que se tiene de mí.»
Jorge Luis Borges
«Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.»
Jorge Luis Borges

Me levanté muy temprano, de noche aún. En una acción mecánica fui a la mesa a buscar un calendario que, casualmente, pronto encontré. Dentro de muy pocos días deberé marchar y aún no sé cómo valorar mi experiencia veraniega aquí. Desde luego, la primera intención de escribir una parte importante de la novela de Vincenzo Galilei y el invento de la Ópera, se ha ido al traste. Es verdad que he escrito algunas notas ─escasas, sueltas, desperdigadas─ sobre el casual encuentro con María K. y Borges. Aparte de eso, he tratado también de poner orden en mi cabeza, cosa tampoco lograda. Estoy inquieto; esa, es en mí, una fase previa a tomar decisiones erróneas. Lo asumo.
     Voy a llamar a un taxi, iré al pueblo. Deseo estar solo, recogeré algún montón de papeles y los llevaré conmigo por si se me ocurre algo para escribir.
     No tardé demasiado; las primeras luces del alba apuntaban en el cielo. Caminé muy rápido hacia el balneario. La recepcionista de noche me miró somnolienta y extrañada cuando le pedí que llamara a un taxi.
     ─¿Le sucede algo? ─preguntó abriendo mucho los ojos.
     No supe qué responder y negué de modo lacónico:
     ─No. Nada.
     Esperé en el escalón más bajo de la portada y me estremecí al notar un poco del fresco y cortante aire de aquella mañana. No sé cuántos minutos tardó el coche en llegar; muy pocos.
     Indiqué al taxista que me dejase en la calle principal del pueblo, en el primer bar que estuviese abierto y que pusiesen un buen desayuno.
     Todavía tenían las luces encendidas, y ya había varios parroquianos madrugadores en el mostrador. Tomé asiento junto a una de las ventanas más alejadas para ver el despertar del pueblo. Puse todos los papeles junto a mí, pegados al tabique. Les eché una ojeada y leí algo del primero:
“Mi padre era anarquista. Él me dijo que me fijara en las banderas, en las fronteras, en los distintos colores de los diversos países de los mapas, en los uniformes, en las iglesias, porque todo eso iba a desaparecer cuando el planeta fuera uno y hubiera simplemente un gobierno municipal o policial, o quizá ninguno si la gente fuera suficientemente civilizada. Él creía que esa utopía estaba esperándonos; ahora no se nota ningún síntoma, pero quizás a la larga tenga razón”.
     A don Jorge le encantaba decir aquello de que su padre era seguidor del anarquismo intelectual, un anarquista al modo del filósofo inglés H. Spencer. No conozco qué tipo de anarquismo sería ese, no he leído a Spencer.
     Revolví los papeles con agitación buscando otro texto, era un trozo de un discurso de agradecimiento a sus amigos de la revista “Sur”. Ellos le organizaron un acto de desagravio cuando los peronistas le destituyeron del puesto de bibliotecario en la Miguel Cané y lo nombraron para ridiculizarlo “inspector de conejos, huevos y gallinas en mercados municipales”, puesto que, evidentemente, rechazó.
     Encontré el papel. Aquello sucedió en 1946. Borges se expresó con claridad contra los totalitarismos de todo signo, pocos escritores lo habían hecho hasta esa época con tanta rotundidad:
«Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor».
     Pensé que muy lejos quedaban ya aquellos años, sus dieciocho años, en los que ─como muchos jóvenes de Europa─ se sintió fascinado por la revolución rusa; no por la ideología de los que conducían al pueblo sino por la lucha para derribar el gobierno feudal de los Romanov.


     Él tuvo el proyecto de reunir sus poemas de entonces en un libro para el que tenía título: “Los himnos rojos”, pero desistió de ello. Para Borges fue como una especie de pecado de juventud.
     Hacía rato que había terminado de desayunar. Comencé a revolver los papeles que había traído intentando encontrar alguno de aquellos poemas, casi piezas de museo. Fue una suerte, encontré “Gesta maximalista” de 1921:
Desde los hombros curvos
              se arrojaron los rifles como viaductos.
Las barricadas que cicatrizan las plazas
              vibran nervios desnudos.
El cielo se ha crinado de gritos y disparos.
Solsticios interiores han quemado los cráneos.
Uncida por el largo aterrizaje
la catedral avión de multitudes quiere romper las amarras
y el ejército fresca arboladura
              de surtidores-bayonetas pasa
el candelabro de los mil y un falos.
Pájaro rojo vuela un estandarte
              sobre la hirsuta muchedumbre estática.
     Sentí como si fuera invierno.   
     Ordené lo mejor que pude todos aquellos folios y notas; pagué a la camarera y fui paseando ─al sol─ hasta la orilla del río.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

3 comentarios:

  1. Cada vez más borgiano16 de diciembre de 2016, 11:19

    Sabe a poco. Muy bueno.

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  2. Me ha encantado y no es novedad. Tengo que decir que estoy totalmente de acuerdo con Borges, tanto en lo que dice sobre los límites y licencias de los escritores así como su diáfana y rotunda reflexión sobre las dictaduras, explicando sus nefastas consecuencias como «...más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez.»
    Tus escritos no solo nos cultiva sino que fomenta investigar;así tu "truco" de mencionar el anarquismo intelectual y a H. Spencer sin darnos explicación me ha obligado a buscar referencias de ambos y a saber hoy cosas que ayer no tenía ni idea. Gracias.

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  3. Sentir el invierno. Y no porque casualmdnte hoy comienza la fría estación, sino que cuando leo anarquismo algo indescriptible se apodera de mí y el frío recorre mi cuerpo.
    Hombros curvos, fusiles que apuntan, candelabros de mil y un falo...
    ¿Por qué siempre hay una muchedumbre estática cuando se impone la fuerza del poder bruto? Sin embargo, el anarquismo intelectual creo que conduce a explorar la inventiva más eficaz.

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