06.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE
La más antigua
bodega gaditana, en la Sierra de S. Cristóbal
Diego Ruiz Mata /
Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia
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Sin embargo, y lo escribo
resignado y triste, cuando aparecen los vestigios más antiguos de su historia,
exhumados por el pico y la pala del arqueólogo en algún lugar de la Bahía, se
les destina al olvido, yaciendo sepultados bajo un cúmulo de piedras y tierra
para seguir durmiendo, privándonos de disfrutar, ver y tocar con nuestros
propios ojos y manos esos restos de muros milenarios que en otros tiempos
fueron lugares industriales de elaboración de vinos sin marcas conocidas. Paradojas
de la palabra y del espectáculo, que nos lleva a lo más sublime o a lo más
penoso de la cultura. El pecado nuestro siempre repetido, del olvido del pasado,
el de la Historia inexistente.
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Siendo tantos y variados
los aspectos a los que tendría que referirme, sólo lo haré con los más
significativos, los que componen lo esencial de la bodega. Me refiero a los
lagares –se han hallado dos-, donde se pisaba la uva para la obtención del
mosto. Uno está constituido por tres
piletas: dos de ellas, donde se pisaba la uva, en un nivel superior desde los
que corría el zumo de la uva, a través de sendos canales, a otra de mayor
dimensión que se tapaba con tablones de madera. El otro lagar, en otro punto de
la bodega, poseía depósitos similares. Los dos bien conservados y primorosamente
trabajados, enfoscados mediante una mixtura de cal y arena, una especie de
cemento que en términos latinos conocemos como “opus caementicium”. Junto a ellos, se disponen habitaciones
estrechas y largas, los almacenes, donde ocasionalmente se han hallado ánforas
apostadas contra la pared, contenedores de vino, preparados para la exportación
por tierra o en barcos. Además de lagares y almacenes, numerosas habitaciones
cuya función desconocemos por ahora, quizás para el servicio de la industria y
como vivienda de los operarios y administrativos. Pero he de resaltar dos
conjuntos, con varias estancias, perteneciente una de ellas a lo que he
supuesto que sea la vivienda del propietario y la segunda a un templo doméstico
en relación a esta actividad de producción del vino. En la primera se advierte
con claridad su carácter doméstico, pero los materiales empleados para la
construcción y su distribución sugieren la vivienda de un propietario o
administrador principal. Y la segunda corresponde con nitidez a un templo: en
una de sus estancias se hallaron dos betilos de piedra bicónicos, como
testimonios de divinidades de la fecundidad, y en este caso del vino, un sancta sanctorum de pequeño tamaño y un foso de ofrendas –o favissa- con decenas de
vasos depositados y de formas variadas, entre los que destacan vasitos de
perfumes como ofrendas a las deidades, además de otras estancias del templo. La
producción, el trabajo, cultos y rituales
van estrechamente unidos en todas las
actividades productivas y económicas, e incluso en la actualidad. Como ha sido
siempre. Quiero resaltar por su importancia,
que en los espacios abiertos se han hallado hornos, de diferentes
tamaños, que han producido escasa temperatura, y que se deben interpretar para
cocer en ellos, y en calderos y vasos de arcilla, lo que más tarde Columela denominó
la “sapa” y el “defrutum” –productos conocidos de antaño-, que son mosto cocido y
posiblemente mezclado con frutas, hasta
alcanzar la consistencia de un jarabe. Los mencionan Columela, quizás
nacido en Cádiz, en su libro “De los
trabajos del Campo”, escrito a mediados del siglo I d.C., tal vez consignando un uso
anterior púnico. Lo sugieren claramente los lagares del Castillo de Doña Blanca
tres siglos antes. Por esto es también importante esta bodega, por ser el
precedente de la desarrollada industria romana y su vasto comercio oriental,
mediterráneo, atlántico y europeo.
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El aprecio al vino de
griegos y romanos es evidente. Algunos se refirieron a él en escritos literarios
o poéticos, como Séneca, Juvenal, Marcial, quien en sus epigramas efectúa un
catálogo de vinos, y Horacio, entre los más importantes. Otros, mediante
criterios más científicos, los llamados agrónomos, entre los que se distinguen
Catón, Columela ya mencionado, Varrón, e incluso Cicerón y Virgilio. Y Apicio,
como cocinero y escritor de “De re
coquinaria”, el único libro de cocina grecorromano conocido hasta hoy y con numerosas
recetas, escrito en época de Tiberio –entre el 14 y 37- que ha llegado hasta nosotros en ediciones más
tardías de los siglos IV y V d.C. En su recetario abundan las menciones al
vino, como el merum, o vino puro, el mulsum y passum, que son vinos dulces, o los vinos cocidos denominados sapa y defrutum, e incluso los licores también cocidos y condimentados,
que denomina vina condita.
Evidentemente no podía faltar el vinagre. El vino constituye, en su refinado
arte culinario, un ingrediente fundamental en la elaboración de sus platos,
mezclado con miel o con agua, cocido o condimentado con especies. Y no
quiero dejar de mencionar una de sus
creaciones más excelentes, conocida como porcellum
oenocotum, que se trata de un lechón cocido al vino. La receta es más
compleja y se emplean muchos elementos, pero el vino es lo esencial, el que le
proporciona el toque de sabor. Debió ser
un plato exquisito.
Como
supondrás, amigo lector, han quedado, como siempre, muchos aspectos por
exponer. Y como digo en estos casos, lo haré en otra ocasión oportuna. Mas, al
menos, queda en vuestro conocimiento, la existencia de la bodega gaditana más
antigua, por ahora enterrada e invisible, a la espera de su resurrección, como
demanda la dilatada e importante historia del vino en la Bahía gaditana. Deseo
que sea pronto, que sus restos no se corrompan en el olvido. No quiero repetir
otra oración por un muerto que ha resucitado sólo por un breve tiempo. Prefiero un
canto potente y abierto a la vida. En arqueología, se llama conservación y
disfrute con la cercanía del pasado. Diría también que orgullo, que lo
reservamos muchas veces para otras cosas. En todo caso, esta bodega es el
testimonio más explícito y antiguo de lo que tanto presumimos y que pronto
olvidamos. Pero consideremos que algunos vinos posteriores, más conocidos,
debieron tener aquí su procedencia, y en esta bodega posiblemente los enólogos
los concibieron.
(El Puerto de
Santa María, 29 de octubre de 2015).
Es una pena que no cuidemos estos el patrimonio nuestro.
ResponderEliminarImagino que existirá una federación de bodegueros de la zona. Pues bien, se les podría proponer colaboración para la puesta en valor de este lugar con su compensación correspondiente en cuanto a imagen y publicidad; marketing puro.
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