martes, 15 de mayo de 2018

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (343)


Campeones

  
Hay un axioma en el mundo taurino que dice que no hay quinto malo y en el caso de Javier Fesser, esto se ha cumplido y su quinta película, su quinto toro, le ha salido bravo y noble.  Más de 1.200.000 reproducciones del tráiler en YouTube y ser la película más vista el fin de semana de su estreno, dan cuenta de ello.
         Fesser ha sido muy valiente y ha arriesgado mucho al atreverse  con algo tan delicado, en principio, como hacer una comedia y hacer que la gente se ría, con una cuestión tan sensibilizada  como la discapacidad, consiguiendo evitar el chiste fácil y grosero y a la vez la sensiblería y la falsa compasión. Es algo muy a tener en cuenta y además la gente que se ríe de las situaciones creadas por este equipo de discapacitados, no tiene la mala conciencia de estar riéndose de ellos sino “con ellos”.
En su larga trayectoria, Javier Fesser ha pasado de contarnos la emocionante historia de “Camino”, a hacernos reír con las aventuras de “El milagro de P. Tinto” o las dos entregas sobre Filemón, hasta llegar a esta película que está batiendo récords de taquilla y que consigue, cosa nada fácil, poner de acuerdo a crítica y público.
Comedia sobre la superación personal, realizada sin prejuicios, aceptando como algo normal las situaciones creadas por este grupo de muchachos “distintos”, pero con muchos valores superiores a los que poseen las personas que consideramos “normales”. y valorando, la diferencia, porque hay algo más profundo, algo que tiene que ver con el miedo a esa diferencia y con la tolerancia selectiva.  Somos capaces de admitir muchas cosas en grupos de personas, niños, adolescentes, ancianos, que no somos capaces de soportar en otros grupos sociales como, en este caso, los discapacitados, que en una escena de la película,  son despreciados por los viajeros de un transporte urbano cuando ellos se portan como habitualmente suelen hacer, cosa que el resto de los viajeros, no son comprende ni respeta.
El segundo entrenador de un equipo de baloncesto de primera división que atraviesa una crisis en su matrimonio y que abandona el domicilio conyugal para volver a casa de su madre, es consciente de que su vida va cuesta abajo. Ni siquiera el día en el que trata de olvidar sus problemas,  a base de copas y acaba chocando contra un coche patrulla de la policía, quiere darse cuenta de que su vida ha tocado fondo.

Como alternativa a la cárcel, la jueza que instruye el juicio rápido al que es sometido, le ofrece la pena de aceptar un programa de servicios comunitarios y lo envía a un centro de día de discapacitados para hacerse cargo del equipo de baloncesto. Y aquí Fesser es donde acierta plenamente al combinar la comedia social con la deportiva.




El acierto principal de Fesser es no adoptar la mirada indulgente ni dramatizar los problemas de convivir con una discapacidad mental, sino, hacer natural la aproximación a una realidad que tiene una consideración social muy poco comprendida.
Fesser presenta a sus personajes con sus particularidades y excentricidades, sus manías y sus obsesiones,  sin caer en la burla: Uno es  controlador de unos aparcamientos e hipocondríaco; otro trabaja en un refugio animal  y es  hidrófobo; otro, trabaja de freganchín en un restaurante donde es explotado, otro, de vez en cuando, se queda petrificado y con la mirada ausente y un compañero le dice al entrenador “Enseguida vuelve”, como algo completamente natural. La única chica del grupo, es deportista de riesgo y “mosca cojonera” del equipo, según dicen todos sus compañeros. Todos se hacen entrañables para el espectador y lo mas curioso es que todos están interpretados por actores realmente discapacitados, sin experiencia previa en el cine, que se enfrentan a la cámara con una asombrosa  naturalidad y son capaces de  sostener, junto al imparable Javier Gutiérrez, toda la película sobre sus hombros.

La película nos hace ver que hay aspectos en los que los discapacitados superan a los que consideramos “normales”.  Entre ellos no existe la envidia, el compañerismo es absoluto y no selectivo, admiten sus limitaciones y sus errores sin sentirse minusvalorados por ello, no basan su éxito en la derrota del adversario.  Cuando en la final del adversario, el entrenador les dice “Vamos a machacarlos”, su respuesta es, “Entrenador, no queremos machacarlos, solo queremos jugar con ellos”.  Para ellos, perder, no es algo traumático ni humillante.  Son capaces de celebrar su derrota como un triunfo, como algo que les hace sentirse completamente felices.
Jesús Almendros Fernández
Socio Colaborador de la Academia

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