La "SIN NOMBRE"

 

      
Apareció un día por casa e hice todo lo posible para que se fuera. La asusté de todas maneras. ¡Era una gata! Ella salía corriendo como alma que lleva el diablo pero volvía al rato, maullando y mirándome con unos ojitos que enternecían. Insistí en que se fuera, que no la quería. A ver, que no es que yo tenga mal corazón, ni odie a los animales, ni me den alergia como a mi amiga Tere, que se pone a morir con el pelo de los gatos. No. ¡Es que no quiero gatos!

¡Qué manera de complicarme la vida!

Cada vez que aparecía por casa, sigilosa, felina en su silencioso caminar, mirando a todas partes, sabiendo que estaba colándose, ¡me recorría el cuerpo un querer pero no querer! No sé si me explico. Que yo no quería gato, pero la veía tan necesitada…

Cada día avanzaba un poco más. Hasta que llegó al patinillo y allí se plantó. La puerta de la cocina da a ese patinillo y yo la veía al pasar, parada, mirándome… Estaba “espeluchá”, canija, con la barriga que casi le llegaba al suelo (estaba operada y estéril, y por ello, creo, les queda ese defecto en su anatomía). Maullaba y me miraba… Y yo, ahí, con un grave problema de conciencia.

Mi hijo vino un día por casa y la vio. Estaba en la actitud de siempre. Él, sin consultarme, le dio de comer. ¡Ahí nos perdimos! Como des de comer a un gato de la calle, olvídate, ¡ya se queda de todas, todas!

Ella eligió el lugar dónde dormir: encima de la barbacoa, detrás del cuartito que hace de taller. No es mal sitio, no. Huele a comida, está resguardada de la vista de los humanos, está en alto… En fin, acomodada a su gusto. ¡Y a mí me ha tocado una ocupa en casa! Que digo yo que bien se la podía haber llevado mi hijo, si tanta pena le daba, ¿no? Él me minaba la moral diciéndome que esa gata estaba más necesitada de cariño que de comida y que como yo estaba sola, nos daríamos compañía mutuamente. ¡Ni hablar! No la quiero; no quiero tener que ocuparme de ella. He tenido decenas de gatos en casa, con tres gatas pariendo cada dos por tres, y ya no voy a tener más.

Han pasado seis años y la Sin Nombre sigue conmigo. ¡Y es que tiene un tesón! ¡Y yo soy tan firme en mis decisiones…!



Laurentina Gómez

Comentarios

  1. Eso suele pasar con los animales. Yo tengo un perro, viejo ya, y me pasó algo parecido, estuvo dos días en la puerta de mi casa hasta que lo recogí. Muy agradable de leer este relato.
    Y también me agrada mucho la reaparición de este blog de la bellas artes santa Cecilia, lo echaba de menos y siempre hay lecturas muy interesantes, agradables y siempre te aportan algo.

    ResponderEliminar
  2. Me encanta la historia del gato que nos cuenta Tiny. Tiny sigue siendo una buena maestra ahora con su escrito, igual que lo era cuando daba clases en las Esclavas. Un beso grande.

    ResponderEliminar
  3. Aquí el hijo. Un beso.
    PD. Esa gata no solo te dio compañía sino que también te dio para escribir otro de tus geniales artículos.

    ResponderEliminar
  4. Me encanta el relato!!! He podido ver en mi mente a la Sin Nombre despeluchada ☺️. Me he quedado con ganas de leer mas. 🌹

    ResponderEliminar
  5. Qué gran escritora eres!!!
    Lo relatas todo con ese fondo de dulzura que tienes tú.
    Recuerdo la casa, tus gatos que me axfisiaban y por los cuales siempre nos veíamos en el jardín. .
    Yo, al igual que " la sin nombre" sigo pegándome a ti con tesón.
    Qué grande eres!!!!.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

UNHA NOITE NA EIRA DO TRIGO