'Blog' de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia de El Puerto de Santa María.
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La presencia de la Orden del Temple en Andalucía constituye uno de los episodios más sugestivos de la expansión castellana del siglo XIII. Entre la historia documentada y la tradición simbólica, los templarios desempeñaron un papel relevante en la conquista y consolidación del valle del Guadalquivir, especialmente en Sevilla.
Las primeras noticias del Temple en Andalucía se remontan a 1229, tras la reconquista deAndújar. En ese contexto aparece el freire Bernardo de Aguilera, organizando una cofradía de nobles caballeros templarios dedicada a la redención de cautivos, una misión habitual en territorios de frontera.
La expansión cristiana avanzó con rapidez. El 29 de junio de 1236, el pendón de Castilla ondeaba en Córdoba, conquistada por Fernando III de Castilla. Como recompensa por su decisiva ayuda militar, el monarca otorgó al Temple extensas propiedades, entre ellas tierras en la Cerca del Fontanal y localidades como Castro del Río. Las órdenes militares no solo combatían: también organizaban la repoblación y la explotación agrícola de los nuevos territorios. La gran empresa fue la conquista de Sevilla, entonces bajo dominio musulmán y gobernada por el caudillo Axataf. Considerada una de las ciudades más importantes de Al-Ándalus, estaba protegida por una muralla de unos siete kilómetros, barbacana defensiva y el río Guadalquivir como barrera natural.
El asedio, iniciado en 1246, se prolongó casi dos años. Durante la campaña murió el maestre templario Martín Martins, prueba del alto coste humano del conflicto. Antes de la caída definitiva de Sevilla en 1248, los templarios habían intervenido en la toma de enclaves estratégicos en el entorno del antiguo reino de Niebla, como La Rábida, Lepe y Villalba del Alcor, asegurando así la conexión atlántica.
La Casa del Temple en Sevilla
Tras la conquista, Fernando III concedió a la Orden una “casa compás”, es decir, un espacio con jurisdicción propia dentro de la ciudad. Durante aproximadamente 64 años, hasta la disolución del Temple en 1312, los caballeros participaron activamente en la vida sevillana.
Sin embargo, hoy no se conserva ningún edificio identificado con certeza como antigua sede templaria. Diversos estudios sitúan su posible emplazamiento en el entorno de la actual calle Zaragoza, dentro del área que más tarde ocuparía el Hospital de la Caridad, edificio barroco del siglo XVII. Aunque no puede tratarse del mismo inmueble, es probable que el solar coincidiera con antiguas posesiones templarias e incluso que se reutilizaran materiales anteriores, práctica habitual en la época.
Tras la conquista del Reino de Sevilla, la Orden estructuró su presencia territorial en tres ejes estratégicos: Sevilla – Fazialcázar (entre Utrera y Los Molares): explotación agrícola y defensa fronteriza. La Rábida – Saltés – Lepe: control del litoral y salida natural al Atlántico. Campos de Tejada – Villalba del Alcor: abastecimiento interior y enlace entre la capital y el mar.
Este despliegue revela la doble naturaleza del Temple: institución militar y, al mismo tiempo, potente organización económica.
Algunas interpretaciones sostienen que en la planta de la Catedral de Sevilla pueden apreciarse disposiciones geométricas asociadas simbólicamente a la cruz templaria, especialmente en el entorno del coro y el altar mayor. Estas teorías pertenecen al ámbito simbólico más que al estrictamente documental, pero forman parte del imaginario templario sevillano.
También la devoción al Lignum Crucis —fragmento de la cruz de Cristo cuya custodia se asoció tradicionalmente al Temple— pervivió en diversas hermandades hispalenses vinculadas a la Vera Cruz.
Un infante templario
Entre las figuras vinculadas al Temple destaca el infante Felipe de Castilla, hijo de Fernando III. Formado en París y destinado inicialmente a la carrera eclesiástica, fue designado arzobispo de Sevilla tras la restauración de la sede. Está enterrado en la Iglesia de Santa María la Blanca con hábito templario, símbolo de su vinculación a la Orden.
Entre la historia y la memoria La presencia templaria en Sevilla, aunque breve en el tiempo, fue significativa en la consolidación castellana del territorio. Si bien hoy apenas quedan vestigios materiales identificables, su huella pervive en la documentación medieval, en la organización del espacio rural y en el imaginario simbólico que aún envuelve a la ciudad.
Entre murallas desaparecidas, hospitales barrocos y teorías geométricas, el Temple sigue siendo parte del relato histórico de Sevilla: una mezcla de frontera, fe y poder que marcó profundamente el siglo XIII andaluz.
Los Templarios en Sevilla. El monje Bernardo de Claraval, redacto las reglas de la Orden de los Templarios. En la Península Ibérica el interés era luchar frente al infiel para la recuperación de los territorios invadidos por los musulmanes. La Orden colaboró con rey Fernando III en la reconquista de Sevilla.
Galería de Imágenes
Murallas del Castillo de Castro del Río (Foto Emilio)
Cruces en el techo de la sala de Embajadores de los Reales Alcázares (Foto Emilio)
Puerta de entrada al Hospital de la Caridad
Por encima del Arco principal de los tres que sostiene el Coro, se encuentra el Lema de la Orden del Temple
El lema del Temple en el Hospital de la Caridad (Foto Emilio)
Lignum Crucis” y la Veracruz
El Lignum Crucis literalmente, madera de la cruz de Jesucristo. Descubierta por Santa Helena, madre de Constantino el Grande. Se encomendó su custodia a la Orden del Temple, que la portaba en las batallas. En las encomiendas templarías más importantes se veneraban trozos de la Cruz de Cristo.
En Sevilla, la Hermandad de Vera-Cruz, creada en el año 1.370 por devotos de la Vera Cruz en el convento Franciscano para dar culto al Santo Madero; la de La Lanzada , La Estrella y la de los Dolores (El Viso del Alcor) portan Lignum Crucis.
El Primer Obispo de Sevilla era Templario. El Infante Don Felipe de Castilla era Templario. Fue enterrado en la Iglesia de Santa María la Blanca de Villalcazar de Sirga (Palencia) con hábitos de Caballero de la Orden del Temple.
Tumba del infante Felipe de Castilla
Detalle de la tumba con Caballeros de la Orden del Temple
En recuerdo de una noche mágica de julio de 1993 en el Monte do Gozo. La letra de la conocidísima balada gallega "Unha noite na eira do trigo" es el poema "Cantiga", que Manuel Curros Enríquez escribiera en 1869, siendo estudiante en Madrid con sólo 17 años, y el primero que escribía en su lengua natal. Fue publicado en el libro "Aires da miña terra", en 1880. La melodía es del maestro José Castro González "Chané" , otro emigrado en Cuba, que mantuvo una fuerte amistad con Curros, ha quedado para la historia. El tema de esta canción es la tristeza, y finalmente la tragedia, causada por la separación de la pareja cuando el 'ingrato galán' emigra a América, situación que tantas veces se repitió en Galicia a lo largo de los s. XIX y XX. Homenaje a una de las mejores voces de Galicia, Pucho Boedo y Los Tamara, embajadores de la lengua Gallega por el mundo...
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