lunes, 22 de agosto de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (275)

La fuerza iconográfica del jazz


El final de la Primera Guerra Mundial, con una Europa ansiosa por recuperar la alegría perdida durante años, proporcionó inesperadas expectativas laborales a los músicos de raza negra venidos para combatir en las trincheras. El apetito del viejo continente por el jazz y una tolerancia racial insólita en su país de origen hicieron muy tentadora la oferta. El aluvión de artistas afronortemericanos que vinieron a trabajar o a instalarse en Europa alcanzó también a España.

El término jazz apareció publicado aquí por primera vez en enero de 1918, para referirse a un nuevo baile. La banda de jazz era la novedad popularizada. Escuchar y ver, porque ya no se trata solamente de la música. Toda la fuerza iconográfica del jazz está concentrada en dos poderosas imágenes: la del músico de raza negra y la del aparatoso conjunto de instrumentos de percusión.

Piano de jazz es un término colectivo que hace referencia a las técnicas que utilizan los pianistas para tocar jazz. Por extensión la palabra puede hacer referencia a las mismas técnicas en cualquier otro instrumento de teclado. El piano ha sido un elemento integral del idioma del jazz desde sus comienzos, tanto en interpretaciones como solista o en conjuntos musicales. Su rol es multifacético, en gran parte debido a la naturaleza del instrumento que combina aspectos melódicos y armónicos. Por esta razón es también un elemento importante en la comprensión de la teoría del jazz y sus arreglos por parte de músicos y compositores de jazz. Junto al contrabajo y la batería.

La Academia de Santa Cecilia ofrece esta noche el concierto de piano jazz a cargo de Irene Rodicio. Nace el 5 de Mayo de 1982 en la ciudad de San Fernando. Descubre su vocación siendo muy pequeña, cuando se incorpora a la Escolanía Portuense a los once años se vincula a la música plenamente, llegando a ocupar el papel más importante en su vida. En 1994 comienza su andadura con el piano en el Conservatorio Rafael Taboada y desde 2002 realiza sus estudios de Magisterio de Música.

La curiosidad y el interés de conocer otras fuentes musicales la hacen acercarse a diversos estilos aunque finalmente se especializa en Jazz. En 2007 se traslada a Barcelona donde estudia piano Jazz e inicia los estudios en el Conservatorio del Liceo de Barcelona. En 2013 finaliza sus estudios. Actualmente trabaja como profesora de piano en la escuela de música ESCLAT de Barcelona.
Ha participado en numerosos conciertos con diferentes músicos, en esta ocasión, serán el contrabajista portuense Alejandro Tamayo y el batería Sanluqueño Luati Gónzález los  que le acompañarán. Ambos con una sólida formación musical. Alejandro estudió contrabajo Jazz en ESMUC y se graduó en Educación musical en la Facultad de Ciencias de la Educación de la UCA y Luati  se graduó en Educación musical en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada.
Esta noche en las Bodegas de Mora de Osborne y Cía.,  escucharemos la mejor música de jazz  por los tres intérpretes anteriormente citados.

Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Santa Cecilia

jueves, 18 de agosto de 2016

Los visitantes de Borges

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa 
conjunción de los astros, en qué secreto día 
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa 
y singular idea de inventar la alegría?
Con otoños de oro la inventaron. El vino 
fluye rojo a lo largo de las generaciones 
como el río del tiempo y en el arduo camino 
nos prodiga su música, su fuego y sus leones. 
En la noche del júbilo o en la jornada adversa 
exalta la alegría o mitiga el espanto 
y el ditirambo nuevo que este día le canto 
otrora lo cantaron el árabe y el persa. 
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia 
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.
                       Jorge L. Borges, “Soneto del vino”

La noche anterior puse el reloj a las 7:30, pretendía, quería, levantarme temprano para leer tranquilo y repasar algunas de las notas que voy recopilando sobre mis charlas con Jorge Luis Borges. No pudo ser, imagino que apagué el despertador de un tortazo y abrí un ojo rondando las nueve de la mañana. Tenía el estomago vacío y lo conformé con unos frutos secos que tenía guardados y con una tónica bien fresca. Salí al porche para ver cómo estaba el día; cielo azul, ese azul rabioso envidia de pintor. Algunas nubes de algodón desperdigadas, se movían con perceptible lentitud. Creo que iban hacia el Norte. Quedé unos instantes parado preguntándome: ¿Soy de aquellos que imaginan más de lo que ven? No supe qué responderme, pero entré otra vez en la cabaña pensando afirmativamente y ese sí me turbaba un poco pues me encantaría reflejar las palabras exactas, las literales. Y también emitir las sensaciones, no solo lo pronunciado, no solo las palabras.
         Hace unos días don Jorge nos preguntaba (o se preguntaba a sí mismo), “¿de qué habla hoy la gente?”  Después él mismo daba la respuesta: “De política, se habla mucho de política, pero no de política en abstracto, se habla de políticos más bien. A nosotros nos inquietaban otras cosas. Pero desde luego no es porque no nos preocupase la política.”
         María K. comentó en frase cerrada: “Demasiada intoxicación. Perversa”. Cuando remataba así un comentario se le acentuaban sus suaves rasgos orientales.
         Borges me sorprendió diciendo: “Por eso yo nunca he leído un periódico” y después añadió: “Siempre he seguido aquel consejo de Emerson. Él decía que había que leer libros y no diarios. Y lo he cumplido.”
         María K. Le dijo sonriendo: “¿Te acuerdas de la sorpresa tan grande que tuviste cuando te enteraste que en los kioscos se vendían libros?
         Pasé un rato más con mis notas y al borde de las once, la hora que solían salir de la cabaña, me asomé al porche. Borges estaba sentado en el sillón y había otras personas allí. María estaba de pie en la puerta. Había oído algo de que esperaban una visita pero no sabía la fecha. Ordené mis papeles y decidí acercarme a ellos.
         María K. me vio y cuando estaba a medio camino me hizo un gesto que entendí disuasorio, agitó su mano como saludándome pero también como señal de adiós. La saludé también moviendo el brazo y la mano y estuve unos instantes parado sin saber qué hacer. Me di la vuelta y volví a la cabaña con cierta decepción. Me pondría el bañador e iría a tomar un baño
         De camino al lago pasé cerca de ellos, ya estaban todos sentados y había unas botellas sobre la mesita. Una de ellas, inconfundible, era de whisky. Imagino que las otras eran de vino. No reconocí a ninguno de los tres visitantes, aunque me pareció conocida la cara de uno de ellos. Estuve dándole vueltas al asunto y llegando al lago pensé que se trataba de Julio Cortázar. No obstante deseché ese pensamiento pues Cortázar era más joven. ¿Sería Ernesto Sábato? Creo que sí, que se trataba de Sábato, amigo de Borges pero de ideas antagónicas. Mi decepción aumentó pues Sábato era físico y escritor; hubiera sido inenarrable escucharlos conversar.
         Me senté en una de esas clásicas hamacas de lona con rayas blancas y rojas, al lado tenía a una señora de aspecto agradable y pies feos que me preguntó, muy curiosa, por profesión, sin pensarlo dos veces le dije:
         ─¡Poeta señora, soy poeta!
         ─¡Qué horror! ─exclamó y separó su hamaca de la mía a más de un metro de distancia.
         Después hice el intento de bañarme pero me acobardó el frío del agua; regresé pronto a mi asiento en la orilla. Antes de sentarme, con cierto disimulo, separé aún más la hamaca de la de aquella mujer enemiga de poetas, ¿Cómo habría reaccionado si le hubiese dicho que era físico?
         Tardé unos largos segundos en adquirir la postura más cómoda.
         Hacía pocos días había escuchado a un entrenador de futbol, un tal Vujadin Boskov, decir: “fútbol es fútbol”. Una inmensa, e irrelevante, tautología que prendió rápidamente y los diarios deportivos esparcieron hasta la saciedad. Recordé que a Borges le molestaban mucho las tautologías, le fastidiaban las afirmaciones obvias, vacías, redundantes.; el A es igual a A. A una película (de las pocas que vio en su vida) la descalificó en un instante diciendo que era “de simbología lóbrega, tautológica: de vana repetición de imágenes equivalentes…”
          Sin embargo, en su relato magistral “La biblioteca de Babel” escribe: “Hablar es incurrir en tautologías”. Me gustaría preguntarle sobre esto. También es muy curiosa una afirmación que hace en el relato “A”, primera parte de “Nueva refutación del tiempo”, último relato de Otras inquisiciones. Allí expresa lo siguiente:
“Esas tautologías (y otras que callo) son mi vida entera.”
         Un cortés camarero dio al traste con mis elucubraciones cuando me ofreció una copa de un vino irrechazable.
         Aquella mujer de al lado salía del baño y se sacudía el agua como un caniche, creo que al vino no le cayó ni una gota.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia
        

lunes, 15 de agosto de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (274)

La voz misteriosa del aire: Marconi
      
Actualmente ─y no lo desconoce nadie─ vivimos sumergidos en una algarabía de ruidos. Ruidos, externos e internos. Ruidos en las calles y sitios públicos, de automóviles, de trenes y aviones, de máquinas desbocadas, ruidos en las playas y campos. También sonidos internos, allá dentro de nuestras agitadas mentes, sacudidas por las inquietudes y preocupaciones de la vida actual. Barahúnda por todas partes, estruendo que las ondas electromagnéticas que atraviesan el espacio transportan de un lugar a otro, sin cables ni postes que las conduzcan.
       Cada día es mayor nuestra dependencia de las ondas, y con frecuencia ni siquiera percibimos esta atadura. Sabemos, que además de las emisiones de radio y televisión, esas ondas se utilizan en teléfonos móviles, en las comunicaciones a través de satélites, en radares, en medicina, en los sistemas de navegación y en otras miles de aplicaciones. Si lanzamos una mirada hacia atrás ─a poco más de un siglo─ no había nada de esto. Aquellos teléfonos y telégrafos de entonces podían comunicarnos con puntos distantes pero únicamente cuando esos puntos estaban conectados por cables.
       Lamentablemente no nos paramos a pensar nunca a quiénes debemos todo esto. ¿No somos un poco ingratos al olvidar a los hombres que consiguieron que la humanidad haya avanzado más en los últimos cien años que en toda su larga historia? 
       Fueron muchos, y de distintas naciones, los que investigaron ─casi simultáneamente─ temas sobre la radio y la comunicación por ondas; fue un trabajo que implicó a muchas personas. De hecho varios países se adjudican la paternidad de la radio. Antes que Marconi y después de Hertz está documentado que el físico ruso A. Popov hizo una demostración en la que trasmitió por radio las palabras “Heinrich Hertz”. Entre los científicos de la radio debemos citar a Tesla, a Édouard Branly, a Carl F. Braun y, por supuesto, debemos destacar al español Julio Cervera. Estudios históricos actuales señalan que tuvo un papel relevante en la invención de la radio. Cervera trasmitió la voz humana ─y no señales─ sin cables desde Alicante a la isla de Ibiza en 1902.
       Pero todo esto no resta valor a la figura de Marconi que sí inventó la telegrafía sin hilos usando el código Morse, también la denominada antena Marconi y fue quien comercializó la radio. Hacia 1920, la radio daba la vuelta al mundo de la mano de Marconi y las primeras estaciones emitían sus programas al público. Para él todo había comenzado en una buhardilla de la casa de su padre, cerca de Bolonia, en Italia.
       Ahora, en 2016, se conmemora el centenario del descubrimiento por Marconi de las ondas cortas dirigidas; recordemos así a este genio infatigable que siempre tuvo muy presente la frase de Baudelaire: «La inspiración es el trabajo continuado».
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

jueves, 11 de agosto de 2016

«Prisionero de un tiempo soñoliento»

«[…] Al examinar cuidadosamente la obra de Borges, notamos que ella refleja, sin duda, familiaridad con las ideas de algunos filósofos y con ciertos tópicos centrales a la tradición filosófica europea, entre otras. Pero por otro lado, es difícil ver cómo esta familiaridad se traduce en algo más que una colección ecléctica, parcial y nunca sistemática de referencias y alusiones. Tal vez la única posición filosófica que se puede adjudicar a Borges consistentemente y sin peligro de confusión es un escepticismo básico. Este escepticismo, mezclado con una afición casi innata a lo fantástico, provee un punto de partida fundamental para la estética borgesiana, en la cual la creación literaria aparece como una posible solución frente a las limitaciones del intelecto y de los sentidos y frente a la naturaleza arbitraria del lenguaje.»
Leo Corry – Tel Aviv University
Era, quizás, demasiado temprano. Me alarmé al verlos salir y dirigirse hacia el camino del balneario. Los vi desde la ventana. Tuve unos instantes de duda pero rápidamente tomé la primera camisa que encontré por allí y me vestí aprisa. Salí corriendo hacia el camino ─dando un portazo que dejé temblando todas las maderas de la cabaña─ y los alcancé en unos segundos. Frené al llegar a ellos, me miraron con cara de asombro.
         ─¿Ha pasado algo? ─dije dando resoplidos ansiosos.
         ─Nada, nada. No te preocupes ─contestó María─. La noche ha sido muy calurosa y hemos dormido mal y poco. Hemos decidido salir a pasear más tempano y queremos ver esos frondosos pinares que están detrás del balneario. ¿Te vienes con nosotros?
         ─Sí, sí… Voy ─respondí.
         Me encantó la invitación aunque no sabía si podría hablarle del asunto que traía aquel día. Era el de la relación de su literatura con los dibujos de M.C. Escher. Le venía dando vueltas a aquello desde hacía tiempo. Quería ver qué opinaba de la afinidad que muchos han visto y estudiado. Sabía que no habían tenido la oportunidad de conocerse y Escher falleció ya hacía algunos años. En realidad tenía muchos asuntos de los que deseaba hablar con Borges: matemáticas y física, infinito, simetría… Quería también hablarle de los trabajos que está realizando actualmente Benoît Madelbrot.
         Vimos que ya salía gente con atuendos de bañistas, iban en dirección al lago. Dimos un rodeo por la parte izquierda del edificio y nos adentramos en los hermosos pinares. El camino se hizo más estrecho y difícil; caminamos con más lentitud. Don Jorge nos hizo caer en la cuenta de los espléndidos olores que proporcionaban los pinos y otros árboles que por allí crecían; gruesos y altos eucaliptos, también alguna desperdigada encina.
         María K. vigilaba el camino con mucha atención para que Borges no tropezara con nada.
         Le oímos murmurar algunos versos:
[…] El desnivel acecha. Cada paso
Puede ser la caída. Soy el lento
Prisionero de un tiempo soñoliento
Que no marca su aurora ni su ocaso.
Es de noche. No hay otros. Con el verso
Debo labrar mi insípido universo.
         Me dolieron aquellas palabras impregnadas de decepción, de desencanto. (Un rato después María K. me comentó que eran unos versos de un poema, “El ciego”, del libro La rosa profunda que se había publicado en 1975).
         Nos sentamos un poco en un tronco muy bien dispuesto, una sombra lo recorría entero. Apoyó sus dos manos en la empuñadura labrada del bastón y sobre ellas la barbilla. Le noté triste y quise darle conversación:
         ─No estoy seguro del año, creo que fue en el 1969; un matemático polaco, el profesor Mandelbrot, escribió un artículo en la revista Science titulado: «¿Cuánto mide la costa de Gran Bretaña?». Ahí exponía ideas muy interesantes sobre unas nuevas entidades matemáticas que ha dado en llamar «fractales», del latín “fractus”, que creo recordar que significa irregular.
         No le vi demasiado entusiasmo con la idea de hablar de esto, pero insistí diciéndole:
         ─En una conferencia le escuché pronunciar las siguientes palabras: Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta” ─puse bastante énfasis al decirlas.
         Ahí le vi torcer la cabeza hacía la izquierda en donde yo me sentaba. Un movimiento de sus labios me hizo vislumbrar un repentino interés por lo que le decía. No dijo nada y seguí hablándole:
         ─Sé que está preparando desde hace un tiempo un libro en el que expone sus ideas sobre una nueva geometría que él, de manera provisional, denomina Fractal Geometry. Las palabras que he dicho antes expresan que esta geometría fractal trata de ser una aproximación más abstracta, y precisa, del concepto de dimensión que caracteriza a la geometría convencional. El doctor Benoît Mandelbrot está investigando cuestiones que nunca antes habían interesado a los científicos, tales como los patrones por los que se gobierna la rugosidad o las grietas y fracturas en la naturaleza.
         Paré un poco mi breve exposición para dar tiempo a alguna reacción de Borges. María K. también estaba muy atenta. Pasado un minuto don Jorge comentó:
         ─Aún no sé el motivo, pero esas palabras me han traído a James Joyce a la memoria, no sé ─y repitió las palabras de Mandelbrot─: «Y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta».
         María K. se quejó de que había muchas hormigas poblando el tronco en el que estábamos sentados y urgió a que nos levantásemos de allí.
         Tomando el camino de regreso añadí:
         ─El Profesor Mandelbrot insiste en sostener que esos nuevos objetos, los fractales, en muchos de sus atributos, son más naturales, y por tanto más fáciles de comprender intuitivamente por el hombre, que los objetos nacidos de la geometría euclidiana,  que son mucho más rígidos aunque suavizados artificialmente.
         ─¡Ah! ─exclamó Borges─. Ya sé el motivo de haber recordado a Joyce; una vez dije que él era un arquitecto de laberintos. Según lo que cuentas parece que Maldelbrot también es un sugerente constructor de laberintos.
         Quizás no fui lo suficientemente respetuoso y muy veloz le respondí:
         ─¡Usted también es un consumado hacedor de laberintos!
         Derramó sus primeras risas de aquella mañana.
         Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia
  

jueves, 4 de agosto de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (273)

EL BOSCO  Y SU GENIALIDAD MISTERIOSA

Pensar en el pintor flamenco Jerôme Bosch o Jerôme Van Aken, conocido en nuestro País como El Bosco, es llenar nuestra mente y todos nuestros sentidos de las infinitas imágenes que podemos contemplar en sus obras maestras. Las figuras esenciales con las que desarrolla sus escenas religiosas están siempre acompañadas de otras muchas de seres humanos, animales, plantas y edificaciones que se entremezclan entre ellos, dando como resultado un conjunto figurativo imposible de describir. El realismo se mezcla con la abstracción y la poderosa fantasía imaginativa del artista nos lleva hasta el surrealismo más expresionista de nuestros días. Los aparentes animales pueden estar formados por la mezcla de varios, un pájaro, un batracio y un roedor, cuando no coloca unos grandes bigotes de felino a algún personaje que aparentemente nos desafía con su mirada.

Como la de sus coetáneos, su pintura parte de los manuscritos medievales y de las escenas realizadas por los artistas que le precedieron, pero también supo incorporar todo tipo de imágenes que le llegaron por numerosos caminos, sobre todo de animales como la jirafa, el elefante y de árboles como el drago. Todos ellos aparecen en la escena del Paraíso del Jardín de las Delicias y no pertenecían al mundo que le rodeaba.


 
Pero lo que más admiramos de sus obras es su capacidad para crear figuraciones fantásticas imposibles, sus monstruos y personajes de los infiernos de los trípticos que nos aterrorizan, a la vez que desatan en nosotros una poderosa admiración por este personaje tan misterioso como lo son sus pinturas. Apenas se conservan una treintena de documentos de archivo relacionados con él, en su mayoría de transacciones de la vida cotidiana y muy pocos de su quehacer artístico. Sabemos si que vivió una vida acomodada.

La colección de El Bosco que conserva el Museo del Prado, fruto de la pasión que tuvo el rey Felipe II por sus pinturas, es la mejor del mundo. Según Fray José de Sigüenza, poeta, intelectual y bibliotecario del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, eran tenidas por el monarca como referentes religiosos y moralistas. El conjunto formado por  La Mesa de los Pecados Mortales y  los tres grandes trípticos, La Adoración de los Magos, El Carro de Heno y El Jardín de las Delicias, la más " grande " de sus composiciones, es incomparable, sin olvidar otras de menor tamaño. A través de ellas podemos ir viendo la evolución de su arte y su técnica.

El proceso creativo que parte de un dibujo muy preciso se ve realzado por su manejo del color, a veces también un tanto caprichoso, de la perspectiva y de la profundidad de sus paisajes que se pierden en la lontananza. Las figuras y todos los elementos de sus cuadros están realizados a muy diversas escalas, de las más grandes a las miniaturistas. El estudio en profundidad de estas obras nos revela un mundo subyacente en el que podemos observar aún más figuras de las que vemos en el visible. Tampoco podemos olvidar la enorme cantidad de interpretaciones que todas ellas han recibido a través de los siglos. Están llenas de misterios y secretos.

En un mundo en el que la imagen es fundamental, El Bosco es un artista para incorporar a nuestras vidas. Por muchos años que contemplemos sus creaciones,  nunca se nos agotaran. Siempre podremos seguir encontrando cosas sorprendentes, como suele suceder con las grandes obras maestras de los genios.
Carmen Garrido Pérez
Académica de Santa Cecilia

Cómo leerlo

«Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo.»
J. L. Borges, “El fin”
«[…] Y mientras tanto, viéndole y escuchándole, yo pensaba que algún día alguien aún no nacido me envidiaría por haber estado así con él, como yo envidiaba a esos seres dichosos y casi increíbles que tuvieron una vez cerca a Dante en las calles de Florencia o compartieron unas pintas de cerveza con Chesterton.»
Fernando Savater, “Borges: la ironía metafísica”
Hacía calor; me había quedado dormido con el libro entre las manos. Quería beber un poco de agua fresca, tenía la garganta seca y la boca pegajosa. Salí buscando algo del frescor de aquella madrugada. El gozne viejo chirrió y detuve la puerta, quedó abierta menos de un palmo, lo suficiente para verla pasear en la distancia, por el porche, con pasos muy lentos. Llegaba al final y se daba, otra vez, la vuelta. Tenía cruzados los brazos y levantaba de vez en cuando el izquierdo como si estuviese fumando un cigarrillo. No sé cuántos metros nos separaban. Dejé la puerta igual y entré de nuevo para buscar tabaco. Pensé acercarme a María K., quizá deseaba hablar. Se me ocurrió ─idea que deseché rápido─ un rodeo por la oscuridad para aproximarme por el camino del balneario. No, mejor será encender la luz de mi porche, y acercarme con la excusa de pedirle una cerilla.
         Me froté los ojos un poco cegados al inundar de luz el oscuro atrio y abrí la puerta con todo el cortejo de ruidos. Miró distraída hacia mi lugar y le hice un gesto levantando el brazo que no estoy seguro si llegó a ver. Empecé a barrer con los pies unas ramas y unas piedras que había sobre el suelo de madera, no sabía cómo acercarme. Respiré hondo, adquirí un gesto casi heroico y tomé, decidido, el camino de la cabaña de Borges. Unos metros antes paré los bríos y el cuerpo para barrer, con los pies, otras ramas y otras piedras del camino arenoso.
         Ni siquiera dije ‘buenas noches’, directamente le pregunté con voz queda:
         ─¿No puedes dormir? ¿Demasiado calor?
         Sus ojos orientales me dijeron que sí.
         ─Estoy preocupada por la salud de Georgie ─respondió también con habla baja.
         Era la primera vez que le decía Georgie dirigiéndose a mí. Bajó el escalón y se acercó. No supe qué añadir. Intenté sortear el silencio haciéndole una pregunta fuera de contexto.
         ─¿Es verdad que Borges considera la ‘enciclopedia’ como género literario y que es su preferido como tal? ¿Es así?
         Soltó una extraña y comprensiva sonrisa. Caminamos unos pasos hacia la oscuridad y dijo con un tono ya más alzado:
         ─Sí. Aunque no sé aún si lo dice en broma o en serio. Él da sus razones, bien construidas, pero quizá lo hace para sorprender a la gente. Un genio como él es imprevisible y complejo pero a veces se repite. Dice que le gusta el “género enciclopédico” por tres razones: primera porque es algo que colma su infinita curiosidad, la segunda por su indolencia, se considera indolente y haragán; y la tercera porque le depara muchas sorpresas.
         ─Cierto, es verdad. Las enciclopedias están repletas de sorpresas.
         ─También comenta a veces que son estupendas porque van al núcleo de las cuestiones y nos informan de todo con rapidez; y de cosas muy diversas. Es muy indulgente con las enciclopedias, les disculpa todos los errores que contengan.
         Dimos unos cuantos paseos cortos sin alejarnos de la cabaña demasiado.
         ─¿Has leído algo de Rafael Cansinos-Asséns, poeta y escritor andaluz, sevillano? Siempre ha sido un referente para Borges, incluso se ha considerado su discípulo.
         ─No, la verdad que no. Otra parcela más de mi ignorancia. Le conozco solo de nombre y por haberlo citado Borges en el breve relato “Definición de Cansinos Asséns” de su obra “Inquisiciones” de 1925. Poco más; creo que era pariente de la que fue famosa actriz de cine Rita Hayworth.
         ─Espera un momento, voy a ver cómo está Jorge, y traigo ese libro ─se dio la vuelta, subió el escalón con gracia suelta el entró sigilosa en la cabaña.
         No tardó ni un minuto en regresar con el libro entre sus manos.
         ─Está bien dormido, raro. Suele despertar muchas veces pero aquí está descansando muy bien estos días, además no hay nadie que le atosigue ni le importune.
         Me llevó debajo de la lámpara amarilla y leyó:
         «No quiero banderizar en pro de Cansinos ni desquitar con admiración vocinglera la indiferencia innumerable del mundo; quiero prometer a quienes examinen sus libros, la más intensa y asombrosa de las emociones estéticas.»
         ─Este es el párrafo final del escrito que has citado. ¡Mira! ─exclamó─ aquí tiene anotada una poesía de Cansinos. Se llama “El crepúsculo”.
         Tuvimos una ráfaga de silencio mientras leía para sí. Luego recitó a media voz:

         Pensé que allí había latidos de Borges.
         Nos quedamos cara a la oscuridad en un éxtasis singular, posiblemente imaginando alguna de aquellas locomotoras resoplantes que trazaban una línea de humo y calor sobre un paisaje.
         Después de esos instantes, volvió a entrar. Se llevó el libro que había traído.
         Cuando regresó le comenté:
         ─A veces pienso que los libros de don Jorge deberían venir con una especie de manual de instrucciones para saber cómo leerlos con el máximo provecho. ¿Cómo se debe leer a Borges? ─añadí.
         Cruzó sobre el pecho su brazo derecho y colocó sus dedos de la mano izquierda la mejilla izquierda, sujetando un poco su barbilla con la palma. No sé qué hora era, quizás muy tarde. Una madrugada espléndida.
         Sonrió.
         ─Creo que hay que conocer su biografía, conocerlo a él. Su vida. Palpar su espléndida inteligencia, su fascinante imaginación, su genio creador. Borges necesita ser absorbido a pequeñas dosis, es necesario tener paciencia ─en ese momento me miró a los ojos─ y no abandonar la lectura a modo de rendición.
         ─Sí, estoy de acuerdo. Pero creo que también es necesario estar en posesión de una cierta formación literaria, o cultural; no sé.
         No sabía muy bien cómo tratar a María K., no me atrevía a tutearla y tampoco me parecía tan mayor como dirigirme a ella de usted. Borges era casi cuarenta años mayor que ella.
         Debía irme ya, pensé que sería descortés quedarme más tiempo pero no perdí la ocasión de hacerle una última pregunta:
         ─Don Jorge comentó una vez que su gran virtud era el silencio, ¿por qué?
         Otra vez sus ojos orientales fueron taladrantes:
         ─Bueno, yo soy una mujer muy callada, esta noche he hablado mucho para como lo hago habitualmente. A mí me agrada la soledad, la serenidad… el silencio. Debe ser de mi herencia japonesa.
         Estaba un poco aturdido y no sabía cómo despedirme. Apreté mis dedos en cariñoso gesto sobre su codo y le deseé buenas noches.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia



Tengo el placer de dedicar este artículo a mi amiga Victoria Jiménez ─en la Ronda de Rilke y Welles─ que tuvo a bien sugerirme que escribiera, también, alguna «conversación» con María K., pues quizás aportaría ─y así es─ alguna nueva perspectiva sobre un personaje tan poliédrico como Jorge Luis Borges.

         

martes, 2 de agosto de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (272)

Ahijarse la cuna de Cervantes

MIGUEL de Cervantes Saavedra, ha sido un personaje cuya existencia histórica apenas se conoce. Debido al silencio de los archivos, se ignora, en efecto, casi todos los años de infancia y adolescencia. Cuatrocientos años y cuatro meses después, continúa siendo  un enigma; en relación a su vida abundan las medias evidencias, las omisiones y las falsedades a medias que no esclarecen nada. “Del hombre que era Cervantes se nos escapa su vida, la de todos los días”.

“En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”. Este enunciado, repetido millones de veces en todos los idiomas, se ha convertido en uno de los enigmas que más cavilación ha causado en todas las personas que han tratado de resolverlo. Cervantes con su ingenio, silenció por algún motivo especial que, él solo sabría, eldetalle fundamental, de omitir el lugar que le vio nacer, su cuna.No quiso decir de forma explícita cuál fue su lugar para que:

"Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete Benengeli puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero". ('Don Quijote', segunda parte, capítulo 74).El resultado conseguido  fue exactamente lo contrario, ya que al día de hoy siguen siendo varios los lugares, fundamentalmente manchegos, que se lo disputan.

Es tan poca la documentación irrefutable de Cervantes, que cualquier documento que apareció, y sigue apareciendo, con el nombre de Miguel de Cervantes es atribuido al escritor del Quijote, sin estimar que pudo haber dos, o más Migueles, y de primer apellido Cervantes en aquellos años.


En abril de 1616, lastrado por las heridas de guerra, por la pobreza y las penas del alma, Cervantes enferma de gravedad y, tras recibir los últimos sacramentos, escribe el que sería su último texto:

“Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”Nunca imaginó lo que el tiempo tenía reservado para él.

Cervantes muere en Abril de 1616, siendo enterrado, en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, como reza la partida de defunción encontrada por Blas de Nasarre, bibliotecario mayor del rey Fernando VI, en la iglesia parroquial de San Sebastián de Madrid en 1749. Realmente ahora se sabe el lugar exacto donde se encuentran, junto con los de su mujer y otros restos, pero no ha sido posible, al parecer la datación de sus huesos, con lo que se ha perdido una magnífica oportunidad de conocer los años del varón encontrado con la mano atrofiada. 

Quizá es ahora también el momento de investigar, sin miedos al resultado, su verdadera vida, incluso su cuna. Les recomiendo que si tienen ocasión viajen por la Ruta de El Quijote que a tantos eruditos y artistas atrae en busca de la inspiración que encontró por esas tierras nuestro gran escritor.
Antonio Leal Giménez
Académico de Santa Cecilia