jueves, 23 de marzo de 2017

MÚSICA CLÁSICA EUROPEA. ÓPERA (24). Los Pescadores de perlas.

de
Georges Bizet
Ópera en tres actos.
Libreto de Michel Carré y Eugéne Cormon. 



El amor de Bizet por los temas exóticos y su capacidad para manejarlos se reconocen con claridad en esta ópera. Lamentablemente, se encontró con un libreto muy débil que, aunque no le impidió incluir en la partitura algunas partes brillantes (sobre todo un aria de tenor, otra de barítono, un dúo para ambas voces masculinas y algunos buenos efectos orquestales), fue un obstáculo para la difusión de esta obra. El argumento trata de la rivalidad de dos nombres por el favor de la bella sacerdotisa Leila, a la que han conocido en un templo de Brahma, en el Lejano Oriente. Para no poner en juego su amistad, Zurga y Nadir han regresado a su patria europea. Pero cuando emprenden un viaje a Ceilán (donde transcurre la ópera) vuelven a ver a Leila; ésta ha hecho entre tanto un voto de castidad para poder estar a la altura de su misión, que consiste en ahuyentar a los demonios marinos que causan graves perjuicios a los pescadores de perlas. Sin embargo, su pasión y la de Nadir son demasiado grandes. Su amor es descubierto, y Zurga, elegido rey de los pescadores, lucha consigo mismo: por último vence su magnanimidad y decide ayudar a escapar a Nadir y a Leila. Pero el destino decide las cosas de otro modo; una marea lo destruye todo. El pueblo encuentra el cadáver de Nadir en la arrasada aldea y exige la muerte de Leila. La sacerdotisa sube a las rocas y se arroja al mar.   
 El libreto se lo presentó a Bizet el director del Théátre Lyrique y respondía al gusto por el «exotismo», que en esa época estaba muy arraigado. El fundador de esta tendencia fue Félicien David (1810-1876), un orientalista y músico poco conocido en la actualidad, cuya obra sinfónica Le désert promovió, con su descripción del desierto, las llamadas del muecín y sus imitaciones sonoras (muy sencillas), la pasión por la música «exótica». El interés existía desde hacía mucho tiempo; en cierto modo, El rapto en el serrallo de Mozart corresponde a esa tendencia, así como el Oberon de Weber; algunas obras de Gluck, Grétry y otros pueden considerarse precursoras.

Los pescadores de perlas no tuvo mucho éxito el 30 de septiembre de 1863, a pesar de su ambiente exótico. Solamente Berlioz reconoció que había allí "una cantidad considerable de piezas musicales bellas y expresivas, llenas de vigor y de rico colorido". Los grandes cantantes se hicieron cargo de los papeles principales en fecha posterior; la interpretación de Caruso del personaje de Nadir es hasta hoy inolvidable. Algunos números aislados se han hecho conocidos en todo el mundo por medio del disco, la radio, etc., pero las interpretaciones de la obra completa son raras. Bizet está aquí todavía en sus comienzos.

miércoles, 22 de marzo de 2017

UNHA NOITE NA EIRA DO TRIGO


En recuerdo de una noche mágica de julio de 1993 en el Monte do Gozo.

La letra de la conocidísima balada gallega "Unha noite na eira do trigo" es el poema "Cantiga", que Manuel Curros Enríquez escribiera en 1869, siendo estudiante en Madrid con sólo 17 años, y el primero que escribía en su lengua natal. Fue publicado en el libro "Aires da miña terra", en 1880.

La melodía es del maestro José Castro González "Chané", otro emigrado en Cuba, que mantuvo una fuerte amistad con Curros, ha quedado para la historia.

El tema de esta canción es la tristeza, y finalmente la tragedia, causada por la separación de la pareja cuando el 'ingrato galán' emigra a América, situación que tantas veces se repitió en Galicia a lo largo de los s. XIX y XX.



Homenaje a una de las mejores voces de Galicia, Pucho Boedo y Los Tamara, embajadores de la lengua Gallega por el mundo...




martes, 21 de marzo de 2017

DÍA MUNDIAL DE LA POSEÍA, 21 de marzo de 2017


DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA -21 DE MARZO 


Cada año, el 21 de marzo, la UNESCO celebra el Día Mundial de la Poesía y nos invita a reflexionar sobre el poder del lenguaje poético y el florecimiento de las capacidades creadoras de cada persona. 
Es también una vía de expresión que permite a las comunidades transmitir sus valores y fueros más internos y reafirmarse en su identidad; y restablecer el diálogo entre la poesía y las demás manifestaciones artísticas, como el teatro, la danza, la música y la pintura.

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lunes, 20 de marzo de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA. (302) CINE.

MOONLIGHT”,  de  Barry Jenkins

                                        
En “Moonlight”, que acaba de ser galardonada con el Oscar a la mejor película, todo es cine, vida, naturalidad, verdad.  El barrio Liberty City de Miami, donde se rodó la película, es el escenario de una historia donde vemos como vive la gente, casi toda negra, convertido en un foco de marginalidad, donde el crimen y las drogas imperan desde hace décadas.   El crack es de uso normal al igual que las armas.  Los chicos, desde muy jóvenes, hacen uso de ambas cosas. Las familias están desestructuradas, el sexo, banalizado, comienza en los institutos a edades muy tempranas y el machismo, la intolerancia, la violencia y la ley del más fuerte, llevan a que en los institutos, generalmente por motivos de  liderazgo y de mitificación de la virilidad y desprecio a la homosexualidad y a los comportamientos “diferentes”, sea muy frecuente el acoso escolar.

Todo ello está presente en la película y todos los problemas del barrio se materializan en la persona del protagonista al que seguimos en tres edades diferentes de su vida y quizás en esto radique lo mejor de Moonlight ese efecto de elipsis narrativa en cada salto de tiempo de la historia.

 En la primera parte, en la que es niño, encuentra la comprensión, el afecto y el cariño de un hombre, papel que interpreta el actor  Mahershala Ali., por el que ha conseguido el Oscar al mejor actor de reparto. 

En un momento de la película, este personaje, le dice al niño que se ha ido de su casa huyendo de su madre drogada y no quiere ir al colegio para no ser perseguido y humillado por sus compañeros que se ríen de él por ser “poco hombre”: “No te preocupes chavalín, siéntete orgulloso de lo que eres. Yo soy cubano y negro. El mundo está lleno de negros, nosotros fuimos los primeros que poblamos la tierra”. El hombre le incita a sentirse orgulloso de lo que es, a no tratar de avergonzarse de nada, y le dice que es negro, no “de color”, eufemismo que muchas utilizan para evitar decir la palabra negro como si eso fuera un insulto, dibujando un personaje cercano, lleno de facetas, un narcotraficante que no ha perdido su nobleza y se erige en figura paterno filial de Chiron que en una segunda parte, ya joven, veremos presa de la inseguridad provocada por el bullying, el dolor del desamparo familiar y en la que asistiremos a su primer –y único- encuentro sexual.

No ocurre lo mismo con Naomie Harris que interpreta a la madre y se muestra sobreactuada en todo momento. Nunca fue más cierto aquello de que menos es más.

A buen seguro que la proliferación de películas que abordan problemas de los negros y recuerdan temas como el vergonzoso de la segregación racial, afortunadamente ya superado, no son gratuitos y tienen mucho que ver con los cuatro años en que estuvo a la cabeza del Ejecutivo norteamericano Barack Obama  y seguro que no veremos más películas sobre este tema durante el tiempo que ese cargo lo ocupe Donald Trump.

   Jesús Almendros Fernández
Crítico de cine, socio colaborador de la Academia

viernes, 17 de marzo de 2017

MÚSICA CLÁSICA EUROPEA: LA ÓPERA (16) La traviata


LA TRAVIATA
Es una ópera en tres actos con música de Giuseppe Verdi.
Libreto de Francesco María Piave, basado en la novela de Alexandre Dumas (hijo) La dama de las camelias.
Estrenada en el teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853.

ARGUMENTO:

Se abre con un  breve Preludio que podemos asociar con la agonía de Violetta, ya nos augura la gran frase de la heroína en la escena primera del Acto II, ¡Amami, Alfredo!


La trama de la ópera, basada en "La Dama de las Camelias" de A. Dumas, fue considerada por sus contemporáneos una afrenta a la moral vigente y a las buenas costumbres. En realidad, sólo se trata de una mujer enamorada y dispuesta al sacrificio. El drama comienza en París, donde la bellísima Violetta Válery da una brillante fiesta para sus amigos. Entre los muchos admiradores que han acudido a casa de Violetta, está Alfredo Germont, que siente por la fascinante dama un amor secreto y sincero. En la mesa, Alfredo revela sus sentimientos con un apasionado Brindis y Violetta le responde con un canto de celebración al amor despreocupado. A Violeta, minada ya por la tuberculosis, le sobreviene un repentino malestar y trata de alejarse para estar sola, pero Alfredo se reúne con ella, y después de reprocharle dulcemente la vida frívola que lleva, le declara su amor. Violetta reacciona con la alegría desenvuelta de una mujer de mundo, pero queda fascinada por un amor sincero.

Han transcurrido tres meses: Violetta vive feliz con Alfredo, lejos de toda mirada indiscreta, en una casa de campo a las afueras de París. Para prolongar su felicidad junto a su amado, poco a poco va vendiendo todo su patrimonio. De regreso de una partida de caza, Alfredo se entera casualmente por la criada, Annina, de que Violetta , para sostener los gastos ha tenido que desprenderse de sus caballos y del mobiliario de su suntuosa mansión parisiense. Dolido, el joven corre a París a procurarse dinero. Durante su ausencia, su padre, Giorgio Germont, se presenta ante Violetta para obligarla a que deje en paz a su hijo, que él cree arrastrado a la mala vida por una mujerzuela. Ofendida Violetta le enseña los documentos que prueban la venta de todas sus propiedades. Germont comprende que la pasión de la mujer es sincera y entonces hace una llamada a la nobleza de sus sentimientos: le confía que tiene una hija cuyo prometido se niega a casarse mientras dure el escándalo de Alfredo. Violetta desearía no renunciar a su apasionado amor, pero al final cede, y para alejar a Alfredo decide volver a su vida disipada.

De regreso a París, Violetta se muestra en sociedad acompañada del Barón Douphol, su antiguo protector, y con él asiste a una fiesta en casa de Flora, otra mujer de vida frívola que es amiga suya. Allí la encuentra Alfredo. Aparentando indiferencia, el joven desafía al barón a una partida de cartas, primer asalto de un enfrentamiento mortal que continuará luego en otro lugar. El desafío es aceptado. Violetta lo comprende todo y le ruega a Alfredo que abandone la fiesta. Y él pone una condición: se irá, pero con ella. Violetta no puede hacerlo: ha prometido a Giorgio Germont que rompería los vínculos con su hijo para siempre y, para hacer honor a la palabra dada, anuncia a Alfredo que está enamorada de Douphol. Esta confesión desencadena la furia del joven. Cegado por la ira y los celos, llama a sus amigos, les revela que Violetta se ha sacrificado por él hasta el punto de haberse arruinado financieramente y, por último, lanza a los pies de la joven una bolsa con monedas de oro, como pago por los favores recibidos. El gesto suscita la indignación de todos; Giorgio Germont, que acaba de llegar, reprocha a su hijo su comportamiento y el barón lo reta a duelo.

Otra vez París, en el frío mes de febrero. Violetta está al borde de la muerte en el dormitorio de su casa. La enfermedad le ha robado sus últimas fuerzas. El médico trata de animarla en vano, con mentiras piadosas, pero la tuberculosis no le va a conceder más que unas horas de vida. Desde la calle llegan alegres canciones de Carnaval, y Violetta, pensando en los que sufren, manda a Annina a llevar dinero a los pobres. Conocedora de su situación, se desespera ante la perspectiva de que Alfredo no llegue a tiempo para darle el último adiós. El propio Giorgio Germont le ha escrito: Ha habido un duelo entre Alfredo y Douphol, y éste ha resultado herido; pero Alfredo conoce ahora toda la verdad, que su padre no ha podido callar. Conmovido por el sacrificio de Violetta, y angustiado por la injusticia cometida, el joven se presenta en su casa para implorar perdón. Pero ya es demasiado tarde. Por un instante, la felicidad devuelve las fuerzas a Violetta. Quiere vestirse, salir, vivir y amar de nuevo. Pero la ilusión se derrumba muy pronto y llega el final, dulcemente le regala a Alfredo un medallón con un retrato suyo y muere en sus brazos.

martes, 14 de marzo de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (301)

A Mariló, María y Salvi.

Fragmento del cuadro "El descendimiento de la cruz" 
de  Rogier van der Weyden
Leyendo en “Pliegos de la Academia”, el artículo que escribe la Dra. Ana Sofía Pérez-Bustamente, en homenaje a Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí,   con motivo de la traducción conjunta del libro “La Luna Nuevade  Rabindranath Tagore, experimenté un remolino de emociones que desbordaban mis sentimientos, al “transvivir” el pasaje que copio a continuación:
¿De dónde vine yo? ¿Dónde me encontraste?, pregunta el niño a su madre.
Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándolo contra su pecho le responde: Tú estabas escondido en mi corazón, amor mío, tú eras su deseo.
Estabas en las muñecas de mi infancia; y cuando, cada mañana, yo modelaba con arcilla la imagen de mi dios, en verdad te hacía y deshacía a ti.
Has vivido en todas mis esperanzas, en todos mis amores, en toda mi vida y en la vida de mi madre.
El Espíritu inmortal que preside nuestro hogar te ha albergado en su seno desde el principio de los tiempos.
Te estrecho contra mi corazón, temerosa de que escapes. ¿Qué magia ha entregado el tesoro del mundo a mis frágiles brazos?

Mientras lo leía, este remolino me hunde en la penumbrosa zona de desconsuelo y desconcierto por la que transita mi familia tras la muerte de un ser muy querido. A mi hermana, inesperadamente, le arrebataron a su hijo de 45 años.

 Al mismo tiempo, y también por la misma razón de una muerte inclementemente anticipada, me vino a la memoria uno de los desolados sonetos al vuelo de la muerte, al arranque de la raíz más honda de su herencia; que un buen amigo le dedica en su poemario “Huésped conmigo” a su hija y que como él nos dice en la dedicatoria: “Al llevarse su risa, me trajo el llanto”:
Transcribo los dos primeros cuartetos de uno de los sonetos:


Un acero brutal hirió mi frente.
Es el ala infeliz de la locura
que me habita los polos de amargura
y derrama mis venas lentamente.

Es un macabro pájaro inclemente, 
que hurta a la luz su brillo y su blancura. 
Es una atormentada arquitectura
que me quebró la vida de repente.

Me cuenta el poeta, que el recuerdo de su hija es indestructible, que no ha desaparecido de su pensamiento y, que sigue aprendiendo a vivir con ese dolor.

¿Qué sienten los que aquí se quedan?  Las madres ¿A qué se aferran para soportar tanto dolor? María Luisa, huele la ropa de su hijo y la abraza, se coloca su chándal y sale a caminar y cree que camina con él. -Cuando esto escribo no puedo evitar el llanto-. Covadonga que en su casa recuerda a su hija en cuadros y fotografías y su dormitorio permanece intacto. Merche, que después de 30 años, aún cree que su hijo volverá de los Estados Unidos de América,  Carmen, que le sigue hablando a su hijo, como si estuviese en casa…
¿Por qué este desorden?  ¿Por qué tanto dolor? ¿Es este el precio que tienen que pagar por amar tanto?  No soy capaz de comprender tanto desajuste.

El amor nunca será dañado, el amor nunca se irá. Ellos siguen entre nosotros, la memoria que guarda tantos recuerdos queda inalterable, y el júbilo de que hayan existido y haberlos conocido nos consuela.

Hola, sobrino. Me emocioné cuando os vi a todos los primos juntos. ¡Qué satisfacción cuando os conté! erais 27. Hasta pronto, ahijado. Un abrazo muy fuerte. Te quiero.
Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Santa Cecilia

viernes, 10 de marzo de 2017

«¿De quién es la memoria de los días?»

«[…] siento en el olor de los jazmines,
en ese vago rostro que se apaga
en un daguerrotipo, en esa vaga
sombra o luz de los últimos jardines.
Un sable que ha servido en el desierto,
una historia anotada por un muerto,
pueden ser un secreto monumento.
Algo que está en mi pecho y en tu pecho,
algo que fue soñado y no fue hecho,
algo que lleva y que no pierde el viento.»
Jorge Luis Borges
«¿Y si a un hombre que atravesara el Paraíso le dieran un flor como prueba de que había estado allí? ¿Y si al despertar encontrase esa flor su mano? ¿Entonces qué…?

Aquel día llegué muy temprano al campus de Garching en la TUM, Technische Universität München, el día era espléndido. Aunque llevaba en Alemania poco más de una semana echaba de menos nuestro sol. Decidí ir al centro de la ciudad para pasear y tomar una jarra en la antigua cervecería Hofbräuhaus; deseaba vaciar un poco mi mente de cuestiones profesionales y tener un rato de ocio. Iría hasta Marienplatz y me movería por allí.
     Marienplatz siempre suele estar llena gente, se ven turistas de todo el mundo cargados con sus cámaras y móviles, haciendo miles de fotos, sobre todo, del espléndido Ayuntamiento. Me pareció que aquel día estaba más repleta de lo habitual. El mayor gentío se acumulaba enfrente, alrededor de una gran librería. Con curiosidad me acerqué; aún me faltaban bastantes pasos para llegar y un retrato en un escaparate me paralizó, se trataba de Borges… ¡Firmaba ejemplares de sus libros en aquel local y a aquella hora…! ¡Estaba allí!
     Un ligero temblor paralizó mis piernas, ¿cómo atravesaría aquella multitud que espera su firma?
     De pronto se me ocurrió algo, entré en una tienda cercana y con la mejor sonrisa le pedí a una rubia empleada una caja grande. Sin ninguna extrañeza me dijo que esperase unos segundos. Me trajo una de excelente tamaño con papeles dentro y trozos de poliestireno expandido, eso que llaman poliexpán o algo parecido. La cerré lo mejor que pude; luego la subí sobre mis hombros intentando aparentar que aquello pesaba mucho. Volví a la puerta de la librería y crucé con facilidad el muro humano repitiendo continuamente con mi mejor acento: Entschuldigung! Entschuldigung! Es sind Bücher von Borges! (¡Disculpen! ¡Disculpen! ¡Son libros de Borges!).

     Con la feliz treta pude situarme a unos diez metros de la mesa en la que estaba el escritor, al que no podía ver bien porque estaba sentado. María K. estaba de pie a su izquierda. Dejé la caja en el primer sitio propicio que encontré y estiré el cuello intentando que María me viese.
     No pasaron demasiados segundos; lanzó una mirada para contemplar la enorme fila de personas que esperaban la dedicatoria; al girar un poco la cabeza me vio en el rincón. Arrugó el entrecejo con asombro y sin hacerme ninguna señal se inclinó un poco para hablar al oído de Borges.
     Me estiré aún más agarrado a una baranda y pude ver como el escritor interrumpía las firmas. Con una amplia sonrisa miraba en la dirección en la que creía que estaba yo.
     Ahora también María K. expresó alegría en su rostro, haciendo señales para que me acercase a la mesa. Amablemente, las personas que me separaban del escritor, abrieron paso y pude aproximarme con toda facilidad.
     María me abrazó cordialmente y tome la mano izquierda de Borges apretándola entre las dos mías.
     María K. exclamó:
     ─¡Qué sorpresa! ¡No puedo creerlo! ¡Me parece algo imposible! ¡No puede ser!
     Enseguida me preguntó:
     ─¿Dos? ¿Tres años ya?
     Él seguía muy sonriente con su mirada invidente dirigida a lo lejos. Le noté cansado y un poco torpe de movimientos, mucho más envejecido.
     Insistí en que siguiese firmando diciéndole que me quedaría allí con ellos. Quedaban, más o menos, treinta minutos del tiempo establecido para la firma de ejemplares. Me puse detrás, entre María y la silla de Borges, al lado de algunos de los organizadores del acto.
     Con todo el afecto coloqué mi mano en su hombro. Sentí una emoción especial y profunda cuando él soltó el bolígrafo y puso su mano derecha sobre la mía. Me fue difícil contener unas lágrimas.
     La firma de ejemplares se alargó algunos minutos más de lo previsto y, por fin, el ajetreo acabó.
     Estas fueron sus primeras palabras para mí:
     ─Refunfuñé un poco por este viaje a Alemania, no tenía demasiados deseos de venir, me cansan ya demasiado los viajes. En fin… ya sabes, los editores y todo eso. Sus insistencias lo han conseguido pero el gran contento de esta visita, ya inolvidable, a Baviera, es haberme encontrado contigo, mi joven y viejo amigo del balneario. Has venido muchas veces a mis recuerdos.
     ─Ahora estallán en mi mente aquellos versos suyos ─le dije.
«[…] El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
está pasando que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña...»
     De una manera un poco misteriosa y fijando sus vacíos ojos en internas lejanias comentó:
     ─Sí. Los sueños, siempre son los sueños.
     Me pareció que recitaba entre murmullos:
Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.
El barrio que fue las orillas.
Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos
porque son mito y esplendor.
Los seis volúmenes de Schopenhauer,
que no acabaremos de leer...
     Por detrás de nosotros sonaba la rígida voz de María K. hablando con el intérprete, e imagino, que con editores alemanes.
     Se me ocurrió preguntarle:
     ─¿Qué tal su alemán? ¿Lo recuerda bien aún?
     Con su habitual e inefable sonrisa dejó pasar unos segundos.
     ─¿Sabes? Te contaré una cosa ─apoyó suavemente la barbilla en el pomo plateado del bastón─ Mi primer recuerdo de Franz Kafka data de hace muchos, del 1916, entonces tomé la decisión de aprender la lengua alemana. Un tiempo antes había tratado de aprender ruso, pero fracasé estrepitosamente. El alemán lo sentí más próximo, más sencillo… mucho más fácil; el aprendizaje me fue muy agradable. Armado de un diccionario alemán-inglés pude leer, y disfrutar de la lectura, de algunos poemas en pocos meses. Poco después leí a Kafka…
     Dejó pasar un poco de tiempo recomponiendo su agitada respiración y añadió sentencioso:
     ─Pero el tiempo todo lo tritura…
     Otra vez volvía a susurrar:
El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote.
El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro.
Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos…
     Me atenazó un halo de tristeza, era el mismo Borges… pero no era el mismo. Le notaba más roto, en un doloroso e inevitable declive. Entre silencios creo que leyó mis pensamientos:
     ─Estoy milagrosamente vivo, enfermo y a disposición de los médicos. Han aparecido achaques que son… poco tolerables. Debo seguir un régimen de comidas riguroso, estricto. Debo comer carne y sabes que detesto la carne. Vivo de milagro, pleno de confusiones y recuerdos. Ya no sé distinguir entre el recuerdo de una calle o si la confundo con una calle que alguna vez me describió un amigo o un buen escritor. De verdad. Sí, estoy muy confuso y algo desesperado. Se mezclan tantas cosas juntas en la memoria…
     Reaccioné con ternura y le dí unos cariñosos golpes que trataban ser de consuelo en la seca rodilla diciéndole a la vez:
     ─¡Bueno, bueno! ¡No exagere mi querido profesor! Casi con las mismas palabras eso dijo usted en 1979. Incluso recuerdo muy bien que fueron publicadas en Clarín. Sin embargo han pasado varios años y sigue enriqueciendonos a todos con sus libros y firmando ejemplares con tremendo éxito.
     Un poco balbuceante, terminó de recitar el poema “Lo nuestro” repitiendo los dos últimos versos que ya antes citó:
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos.
Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito.
Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto.
El ilimitado nombre de Shakespeare.
La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.
El ajedrez y el álgebra, que no sé.
     Hasta que regresó María K. con nosotros estuvo muy entretenido, escuchándome hablar sobre las actividades que estaba yo desarrollando en Alemania y los trabajos que hacía.
     ─Eso que hablas de la inteligencia artificial ─comentó─ es como una métafora del intelecto humano; siempre me han atraido las metáforas, es lo que me ha atraido más en mi vida. Las mejores metáforas sean de quien sean, no tienen explicación. Son mágicas.
     ─Me sorprende la seducción que ha tenido para usted la magia, lo mágico. La cábala, los asuntos de la egiptología, los libros sagrados…
     ─Es cierto, sí. Pero nunca pude profundizar como me hubiese gustado porque no sabía el hebreo, aunque quiero decirte que también he estudiado otras cosas, por ejemplo, cálculo infinitésimal. Pero nada como las metáforas.
     Era viernes. María K. me preguntó de qué tiempo podía disponer para pasarlo juntos y que estaban felices de haberme encontrado allí con ellos. Añadió que ellos se marcharían el domingo temprano.
     Desde allí telefoneé a la Fakultät für Informatik para que me disculpasen, dije que no volvería allí hasta el lunes por la mañana. María K. propuso que nos fuesemos al hotel donde se alojaban para que Borges pudiese descansar un rato y después podríamos a comer algo en el mismo hotel o salir a algún sitio si Georgie, como dijo ella, se encontraba dispuesto y con fuerzas.
     Al otro día, sábado por la mañana, alquilé un coche amplio y cómodo para dar un paseo por dónde se le apeteciera a don Jorge. Me dijo que deseaba ir a Dachau. Su propuesta me sorprendió mucho. Creo que María K. ya lo sabía. Dudé un poco antes de hablar.
     ─Sí. Dachau tiene unos sitios muy interesantes. Está a unos trece kilómetros aquí. Hay un lugar alto, con un buen restaurante, desde el cual se tiene una vista inmensa y maravillosa. Vivo cerca de Dachau.

     ─No. Quiero ir al campo.
     ─¿Al Konzentrationslager Dachau? ─le pregunté con indisimulado asombro.
     ─Sí ─respondió rotundo.
     Durante el corto trayecto le estuve describiendo los lugares que conocía. Pronto llegamos y encontramos un perfecto lugar para aparcar a pocos metros de la entrada para el circuito turístico por el lugar. Había muy poca gente, era temprano aún.
     Cuando me disponía a comprar los tickets para la visita, dijo:
     ─No hace falta. No compres nada. Llevadme a la puerta y ponedme mirando hacia dentro.
     Tuvo algo de liturgico, de ritual, creo que María K, también estaba algo atónita.
     Lo situamos como pidió.
     Muros y alambradas provocaban pavor.
     Muy rígido, con las dos manos apoyadas sobre el bastón, María K., a su derecha le tocaba levemente el codo. Yo me situé con respeto un poco detrás. Una nube errante cubrió el sol; nos envolvió un silencio que percibí aterrador, los vellos se me erizaron. Él perdió su inexistente mirada en el interior del campo de concentración.
     Recitó fuerte y desde lo hondo:
«[…] Porque no hacen dos mil años que murió Cristo,
Porque los infortunios más largos son efímeros,
Porque los años pasan, pero el tiempo perdura.»
     Pasaron unos lentos y pesarosos instantes.
     Volvimos a Munich en silencio.
     Por la tarde de aquel sabado inolvidable nos depedimos.
«[…] No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.»
     Habían acabado los días… Él seguirá proyectando su sombra.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia