lunes, 26 de septiembre de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (280)

250 aniversario de la expulsión de los jesuitas por Carlos III

Es de sobra conocida la importancia que tuvo la ciudad de El Puerto en el siglo XVIII; de su esplendor, de cómo en ella se asentaron comerciantes venidos de diferentes regiones tanto españolas como de otras países realizando actividades lucrativas con Indias; de las hermosas, suntuosas y características casas que estos cargadores construyeron fruto de la abundante plata que obtenían (edificios de cargadores que hoy lamentablemente muchos han desaparecido); de lo que padecieron los portuenses con la invasión angloholandesa de 1702 que dejó El Puerto en gran parte devastado; del paso de la ciudad del señorío de Medinaceli al realengo de Felipe V; de las visitas de este rey en 1729 y 1730; de los daños sufridos por el famoso terremoto de Lisboa y posterior maremoto en 1755, y así un largo etcétera.

De igual manera es de todos sabido la vinculación de la Compañía de Jesús, aquella que fundara Ignacio de Loyola entre los años 1538 y 1541, con El Puerto, de la importante labor desarrollada a partir de la segunda mitad del siglo XIX con la fundación en 1864, hace poco más de 150 años, del “colegio de los escritores” o “colegio de los poetas” con reconocidos alumnos como Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez o Pedro Muñoz Seca entre otros muchos destacados, que son referencia de la ciudad y de los jesuitas.

Apunte de nuestro malogrado profesor
Don José Sánchez González
Pero hay una faceta de los ignacianos y de la ciudad de la Virgen de los Milagros, que es poco conocida por los propios portuenses no obstante el importante papel que desempeñó. Es llamativo que en muchos lugares de España, y en otros muchos lejanos de América, se conozca, se debata y se escriba sobre el Hospicio de Indias de la Plaza del Polvorista, de la residencia modélica que allí existió y que se levantó en 1735 como casa de aclimatación y punto de partida para la misión evangelizadora de los jesuitas en ultramar, y donde además se hallaba una de las tres procuradurías generales que tenía la Compañía de Jesús, la de Indias, donde se centralizaba y se organizaba toda la actividad misionera de la Orden en ultramar.

Sí son más conocidos los hechos que ocurrieron en la España de Carlos III en 1767, siguiendo la estela de los acaecidos en Portugal en 1758 y en Francia en 1764, cuando este rey borbónico ordenó desterrar a los miembros de la Compañía de Jesús de todas sus posesiones enviándolos a Italia, al estilo de otras grandes expatriaciones que se han producido en España.

Y en este saber e ignorar es casi desconocido por los vecinos de El Puerto, la importancia que tuvo la ciudad en ese movimiento de expulsión, ya que fue lugar de concentración de los religiosos españoles de Andalucía occidental, de Canarias y de gran parte de Extremadura, así como de la totalidad de los de ultramar. Un episodio de amplias repercusiones políticas, religiosas, culturales y económicas.

En un deseo de resaltar aquel acontecimiento al cumplirse el 250 aniversario de la expulsión, se celebrará en El Puerto de Santa María, bajo el auspicio de las universidades de Cádiz, Alicante, Loyola, Comillas e Iberoamericana de México, la Provincia Española de la Compañía de Jesús, el Excmo. Ayuntamiento de El Puerto y la Cátedra de Historia Naval, todo bajo el patrocinio de Ediciones Anaya, un macro congreso mundial con la intervención de los más cualificados historiadores e investigadores.

Deseamos que con él tengamos un mayor conocimiento de aquel, desde mi punto de vista, lamentable episodio y la participación que tuvo nuestra ciudad.
Manuel Pacheco Albalate
Académico de Santa Cecilia

viernes, 23 de septiembre de 2016

MÚSICA CLÁSICA EUROPEA: LA ÓPERA (III) Aida

“Aída”
Giuseppe Verdi recibió del Jedive de Egipto, el encargo de componer una ópera, de ambiente egipcio, para que su estreno coincidiera con los fastos de la inauguración del Canal de Suez.
Se  estrenó en el Teatro de la Ópera del Cairo el 24 de diciembre de 1871.
Los autores del libreto fueron Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle.

Argumento
La acción tiene lugar en Menfis y en Tebas en tiempo del poder de los faraones del Imperio Nuevo de la dinastía XIX o XX.

Acto I
El telón se alza sobre un salón en el palacio real de Menfis. El sumo sacerdote, Ramfis, dice a Radamés que los etíopes han invadido Egipto y que la diosa Isis determinará quién debe ponerse al frente de los ejércitos egipcios. Con la esperanza de ser él el elegido, Radamés sueña con su vuelta victoriosa, para encontrarse de nuevo en Menfis con Aída, a la que ama. Aída, una cautiva etíope, es esclava de Amneris, la hija del Faraón. Entra Amneris, y al ver la alegría de Radamés, sospecha que ésta no viene motivada únicamente por sus sueños de gloria militar. Sus temores –porque está enamorada de Radamés– se ven aumentados con la entrada de Aída.
Entra el Faraón, en procesión, con Ramfis y un grupo de cortesanos. Un mensajero da cuenta de la devastación de las tierras egipcias y de la amenaza a la capital, Tebas, por parte de los etíopes, al frente de cuyo ejército viene su rey: Amonasro.
Al escuchar este nombre, Aída exclama: "Mio Padre" pero su exclamación no es advertida por los egipcios, que ignoran que ella es la hija de rey etíope. El Faraón declara que la diosa Isis ha elegido a Radamés para dirigir el ejército egipcio. Encabezados por el Faraón, los egipcios entonan un coro guerrero y Amneris exhorta a Radamés a volver victorioso: "Ritorna Vncitor".

Acto II
Radamés ha vuelto victorioso de la campaña. Amneris, en sus aposentos, celebra la victoria. Entra Aída, y Amneris quiere saber si sus sospechas tienen fundamento. Al principio trata a Aída con delicadeza; pero pronto cambia de tono, diciéndole que los etíopes han sido derrotados, pero que Radamés ha muerto en la batalla, con lo que Aída no puede ocultar su amor y su pena. Entonces, Amneris le dice que le ha mentido y que Radamés vive, pero le señala su condición de esclava, por lo que no puede aspirar a unirse a Radamés.
Llega el Rey con su imponente cortejo. El Faraón le da las gracias, ordena a Amneris que coloque sobre las sienes del guerrero la corona del vencedor y dice a Radamés que pida lo que desee.
Entran ahora los etíopes cautivos, entre los que se encuentra Amonasro, a quien Aída en seguida reconoce y abraza. Los egipcios la oyen, pero Amonasro pide a su hija que no descubra su identidad. Dice ahora a los egipcios que el rey Amonasro ha muerto en la batalla y suplica por la vida de los prisioneros; su petición es apoyada por el pueblo egipcio y por Radamés, que dice al Faraón que ésta es la merced que quiere pedirle. Los sacerdotes y Amneris se oponen a ello, pero el Faraón accede, reteniendo como rehenes –ante la insistencia de Radamés– a Aída y a su padre. El Faraón, como premio a la victoria conseguida, concede a Radamés la mano de su hija, lo que produce una gran alegría en ella y la consternación de Aída y Radamés.



Acto III
Entra Ramfis con Amneris, para orar en el templo a fin de que la diosa bendiga su matrimonio, que va a tener lugar al siguiente día. Aparece ahora Aída, que va a encontrarse con Radamés, y canta su tristeza ante la perspectiva de no volver a ver jamás su tierra natal. De repente aparece Amonasro, quien dice a su hija que podrán volver sanos y salvos a su país si logran saber de Radamés qué camino piensa tomar el ejército egipcio en su ataque. En un primer momento, Aída rechaza la idea, pero al contemplar la amargura de su padre y su desgraciada situación personal, acepta la petición paterna.
Radamés entra, mientras Amonasro se oculta. Aída logra vencer los escrúpulos de Radamés y le persuade de que ambos deben huir a Etiopía. Cuando van a salir, ella se detiene a preguntarle qué camino deberán utilizar para evitar al ejército egipcio; él responde que los soldados pasarán a través del Desfiladero de Napata. En este momento Amonasro, que ha escuchado la vital información, aparece en escena y revela su auténtica personalidad y Radamés se da cuenta que ha sido inducido a traicionar a su patria. Cuando Amonasro y Aída tratan de convencerle para que se marche con ellos, hacen su entrada en escena Amneris, Ramfis y los guardianes del templo; han sido testigos de lo ocurrido y arrestan a Radamés. Amonasro intenta matar a Amneris, pero Radamés se interpone, y permite que Aída y su padre huyan, en tanto que él se entrega a Ramfis.

Acto IV
Amneris está sola en un salón de su palacio, cercano al lugar donde Radamés se encuentra prisionero y encima de la sala donde el tribunal ha de decidir su destino. Manda que traigan a Radamés a su presencia y le dice que intercederá por su libertad si él jura que jamás volverá a ver a Aída. Radamés, resueltamente, se niega a hacerlo y Amneris, orgullosa y desesperada, le conduce a la sala del juicio, que contempla desde un lugar apartado. Radamés no responde a los cargos que le imputan Ramfis y los sacerdotes; finalmente es condenado tres veces por traidor y sentenciado a morir sepultado vivo. Salen los sacerdotes y Amneris, en un apasionado arranque, increpa a los jueces por su sanguinaria crueldad.
La escena final transcurre en un doble plano: arriba, el Templo de Phta, abajo una cripta. Cuando la cripta está siendo sellada para convertirla en la tumba de Radamés, que ya se encuentra dentro de ella, descubre que Aída ha logrado entrar también en la cripta antes de que llegaran los demás. Mientras Amneris, en su amarga desolación, pide la paz eterna para Radamés, Aída se sumerge en los brazos de su amado y muere.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La cena del Zen

«Un día lo interior y lo exterior se encontrarán en uno y tú despertarás, como el sueño de un nuevo mundo guardarás lo que has alcanzado por ti mismo, sin poder trasmitirlo a nadie.»
Wu-Man-Kuan. Poeta Haiku del siglo XII.
¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?
La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.
Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.
“Haikus” de Jorge L. Borges

Empezamos la cena con risas, le recordé la anécdota que me contó esta mañana María K. de cuando habló sobre Dante ─en la mesa redonda de la asociación rusa de arte y literatura─ en donde tendría que haber tratado sobre Dostoievski. Borges rió con placer y casi se atragantó. María había preparado unos platitos con exquisiteces que para mí eran desconocidas, no sé si eran verdaderos platos japoneses o se los había inventado sobre la marcha. Le pregunté la receta de la crema de unos canapés estupendos. No fue muy precisa, contó que estaba hecha de aguacate con bastante jengibre fresco rallado, algo de apio, un poco de ajo y un poco de tomate frito para darle color. Lo cierto es que estaba deliciosa; bueno, a mí me gustó mucho. Tomamos vino normal aunque a los postres bebimos sake en unas minúsculas tazas.
         Quería conversar sobre orientalismo y budismo, sobre todo sobre budismo Zen. Había leído que Borges había visitado dos o tres monasterios Zen en Japón y se había entrevistado con algunos maestros. No tuve mejor ocurrencia que hablarle del arte del “Haiku”. Le dije que había disfrutado leyendo ─y pensando─ sobre los pocos que había escrito.
         ─Me agradan todas las artes impregnadas de Zen ─contestó don Jorge─. Me entusiasma el Koto, el arpa japonesa que es un instrumento de emite sonidos delicados y muy vivos, este instrumento lo suelen tocar las mujeres. Disfrutaría si pudiera ver los trabajos del Shodo, de caligrafía o dibujo de ideogramas con pincel y tinta china. También, por supuesto, los dibujos Sumi-e o Hukiyo-e, esas magníficas y sugerentes pinturas o dibujos realizados con tinta china sobre papel de seda. Los artistas logran dibujar el vacío. Combinan las formas con el vacío haciendo que la forma y la nada expresen imágenes muy evocadoras ─hizo una pequeña pausa para proseguir después─. Sí, los haikus son como pequeñas partículas de poesía. Digamos que son píldoras poéticas, píldoras breves, sencillas, inspiradas en la naturaleza y siempre espontáneas.
         María K. completó la disertación de Borges diciendo:
         ─Un Haiku intenta sugerir con unas pocos vocablos el curso de la vida o de las cosas pero dejando una gran parcela de libertad a la imaginación del lector. Al Haiku lo hace bello la imaginación de aquel que lo lee.
         Aproveché el buen momento para preguntar:
         ─Pero… el Zen… ¿Qué es…?
         Otra vez Borges sonrió con una pizca de sorna y contestó:
         ─Dicen, y yo no lo tengo nada claro, que el Zen, o mejor el budismo Zen, es una forma de vivir, una manera de entender la vida prescindiendo de los conceptos abstractos de la mente. Pero, ¡cuidado! No nos confundamos. No es una religión, ni un sistema filosófico; tampoco se basa en la lógica, ni en el análisis ni en razonamiento. El Zen no tiene ningún dogma, no niega nada, ni enseña nada, no es nihilista...
         Casi le interrumpí diciendo:
         ─Entiendo que no es una religión porque no habla de Dios, y tampoco niega su existencia. En realidad el Zen ignora el concepto Dios, por lo menos tal como se entiende desde el cristianismo, ¿no?
         María K. intervino:
         ─Aunque parezca una paradoja, desde mi agnosticismo yo soy más creyente que un seguidor del budismo Zen, ¿es así?
         ─No exactamente ─terció Borges─. Un seguidor del budismo Zen, o del budismo en general, puede ser sintoísta, o calvinista, o luterano, o mahometano, o católico con la más absoluta libertad. En esto radica fundamentalmente la tolerancia del budismo, una de sus características más relevantes. Realmente, aunque no lo sé muy bien, el budismo sintetiza una ética; de alguna manera postula que la única ley del universo sería una ley ética.
         ─Yo creo ─comentó María K.─ que la vida tiene su centro, o debe tener su centro, en la ética y en el pensamiento budista se da eso.
         ─En su libro con Alicia Jurado ─saqué un papel del bolsillo─ usted dice lo siguiente cuando habla del Zen:
«Nuestros hábitos mentales obedecen a los conceptos de sujeto y objeto, de causa y efecto, de lo probable y de lo improbable y a otros esquemas de orden lógico que nos parecen evidentes; la meditación, que puede exigir muchos años, nos libra de ellos y nos prepara para ese súbito relámpago: el satori
         Borges asentía sujetando la empuñadora del bastón con una mano encima de otra y casi apoyando la barbilla en ellas.
         ─Sí. La meta del Zen es el despertar, el satori. Eso es descubrir la realidad viva con todo el ser, es la liberación del hombre de la esclavitud de sus propios conceptos y prejuicios… Aunque el Zen no tiene objetivo ni finalidad, ni busca obtener nada… ─sentenció Borges.
         Ahora empezó a reír y añadió:
         ─Bueno, eso es lo que dicen los monjes del Zen con los que he hablado.
         ─Mi padre solía decir ─dijo María K.─ que es casi imposible expresar con palabras las cosas que con palabras no pueden expresarse. Y hay muchas cosas que las palabras no pueden expresar o que son muy difíciles de explicar. Mi padre ponía el ejemplo de un nudo o un sabor peculiar. Ataba una cuerda a un trozo de madera y quería que le explicase aquella acción; me entraban ganas de llorar.
         ─Quizás eso es la poesía. La poesía es un tejido de palabras, una tela de voces, para explicar lo inexplicable.
         Pasó un ángel. Quedamos en silencio paladeando las últimas palabras de Borges. Él leyó nuestro silencio y recitó completo su soneto “Son los ríos”:
Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.
Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.
Somos el vano río prefijado,
rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.
Todo nos dijo adiós, todo se aleja.
La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda
y sin embargo hay algo que se queja.

         María K. devolvió mi mirada interrogante. Ella añadió, quizás un poco enredada:
         ─El Zen es una mística, y la poesía también lo es en cierto modo…
         Opté por comer con lentitud el último canapé de aguacate y jengibre. Borges dijo:
 
         ─Un sacerdote me explicó que el Zen se sitúa más allá, de los procesos racionales de la mente occidental: tesis, antítesis, análisis, síntesis, espacio, tiempo… Estos no son elementos aislados e independientes, ni tampoco son distintos ni opuestos para el Zen. El Zen busca la espontaneidad de lo natural. No se trata de un conjunto de conocimientos, es una experiencia psicosomática y espiritual; lo más relevante es la experiencia vivida sin la cual no tiene existencia el Zen.
         María K. trajo una botella preciosa de cerámica con el sake, nos explicó que esa palabra significa bebida alcohólica y que no hace alusión al arroz. Y nos contó que el sake también se bebe como parte de rituales de purificación sintoístas, un poco como la utilización del vino en la eucaristía católica.
Era muy tarde; noté algo de falta de firmeza en mis piernas.
Cuando marchaba hacia mi cercana cabaña recordé el mar.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

martes, 20 de septiembre de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (279)

CUESTIÓN DE TIEMPO


            El pasado 31 de agosto se cerró el ciclo cultural veraniego que organiza la Academia de Bellas Artes bajo el título de “Los martes de la Academia”. Tuvimos la fortuna y el placer de asistir a un magnífico, precioso y didáctico concierto de música medieval a cargo del dúo Riches d'Amour. A la conclusión del mismo y en medio de la distendida charla que surge, animada por el ya tradicional vasito de fino, una buena amiga me hizo el siguiente comentario: “¿Te has fijado? Sólo estamos aquí gente de nuestra edad. ¡Qué pena que los jóvenes se pierdan estos actos tan bonitos!”.

            La verdad es que su comentario me hizo caer en la cuenta de que tenía razón en lo que decía.  Por eso, durante los siguientes días no paré de darle vueltas en mi cabeza intentando buscar las causas de esta dolorosa realidad. ¿Es que ya los jóvenes actuales no estaban interesados por la cultura? No, me contesté, porque en esos mismos días en los que se celebraba el mencionado concierto había habido una serie de actos culturales, englobados bajo la denominación de Diáspora, que, al parecer, había conseguido movilizar a un número importante de personas, en su mayoría jóvenes.

            Por otra parte, se constata que sigue habiendo un porcentaje significativo de universitarios que optan por estudiar carreras de las tradicionalmente llamadas de “letras”, desde las filologías, hasta la historia, pasando por el arte o las humanidades. Lo cual es una prueba evidente del interés que continúa suscitando este tipo de materias en las nuevas generaciones.

            ¿Qué sucede entonces? A lo mejor se trata de acercar más al mundo de los jóvenes instituciones, como la Academia, porque para ellos lo que suena a oficial o tradicional está asociado a conceptos como añejo, carca o antiguo. Habría que intentar, entonces, descubrirles y demostrarles que lo que se pretende, desde la vieja casa de la calle Pagador,  no es más que trabajar y luchar para que la cultura no sea privilegio de unos pocos sino patrimonio de todos los habitantes de nuestra ciudad, especialmente de quienes están llamados a heredarnos en esa tarea y tienen la fuerza de la ilusión y el bagaje de toda una vida.

            O puede que todo sea cuestión de tiempo y que se necesite llegar al reposo calmo de la madurez, tras haber pasado la apasionante tormenta de la juventud, para entender ciertas cosas o disfrutar de determinados estímulos artísticos. Igual que El Quijote que leí siendo un estudiante de bachillerato no es el mismo que aquel con el que me apasioné como profesor de literatura.

            En realidad, esta idea ya la recogió hace muchos siglos el Eclesiastés, cuando afirma en su tercer capítulo: “Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo”.
            Pues eso.
                                                                                                          Juan A.Villarreal
Académico de Santa Cecilia

MÚSICA CLÁSICA EUROPEA: LA ÓPERA (II) Nabucco



“Nabucco” 
Nabucco es una ópera en cuatro actos con música del compositor Giuseppe Verdi
Libreto de Temístocle Solera basada en el Antiguo Testamento y la obra Nabuchodonosor de Francis Cornue y Anicète Bourgeois.
La acción tiene lugar en Jerusalén y Babilonia en el año 560 A.C.
Argumento

Durante la precaria paz del pueblo de Israel con sus vecinos, Ismaele fue embajador en Nínive, donde despertó sin querer el posesivo amor de la hija del rey Nabuccodonosor, Abigaille. Pero Ismaele se enamoró de la otra hija, Fenena, que al volver a Israel se fue con él y reside ahora en Jerusalén. Mientras tanto Nabuccodonosor se pone en marcha con sus tropas para invadir el minúsculo reino de Israel. Los israelitas ven como los babilonios (asirios en el libreto original) se acercan a Jerusalén y se reúnen temerosos en el templo. Zaccaria cree tener a mano la solución para evitar la invasión: en cuanto llegue Nabucco, amenazará la vida de Fenena con un puñal, y obligará así al babilonio a retroceder.

ACTO I: Jerusalén

Zaccaria conforta a los israelitas: está convencido de tener en la mano la solución a la invasión. Hace venir a Fenena y la conserva junto a él para negociar la evacuación de los babilonios si llegan a presentarse. De hecho, Zaccaria conforta a los israelitas, en la seguridad de que tiene un arma secreta infalible, y deja a Fenena al cuidado de Ismaele, que la ama. Llegan, en efecto, los babilonios, precedidos por la agresiva Abigaille, que ha llegado en busca de Ismaele, al que ama. Pero éste ama a Fenena y no quiere entablar relaciones con Abigaille, cosa que despierta el furor de la violenta amazona.

Entra entonces Nabucco en el templo de Jerusalén. Zaccaria intenta poner en práctica su plan, amenazando la vida de Fenena con un puñal. Pero mal advertido, Ismaele le quita el puñal al sacerdote porque ama a Fenena. Zaccaria ha perdido su baza y los babilonios ocupan, en efecto, el templo. El orgullo de Nabucco lo lleva a exigir que los judíos le rindan honores, proclamándose dios; al punto, un rayo celeste lo derriba y le hace perder la corona: Abigaille, que no pierde detalle, la recoge. Los restantes israelitas miran con desprecio a Ismaele, a quien consideran un traidor.

 

ACTO II: El malvado o el incrédulo

Abigaille ha encontrado un documento que afirma que sus orígenes no son reales: ella es la hija de Nabucco y de una esclava. Como Nabucco ha nombrado regente a Fenena, Abigaille se enfurece: hace acudir a un Nabucco temeroso y le enseña el documento, que rompe en su cara.

Llega el Gran Sacerdote de Baal y Abigaille cierra un pacto con él para eliminar a los judíos, y de paso cualquier oposición de Nabucco, que es formalmente depuesto. Babilonia tendrá sólo una reina, Abigaille.

Zaccaria va a buscar el apoyo de Fenena, a quien confía en convertir a la fe de Israel. Zaccaria, Anna y Fenena entran en la sala: Anna anuncia su conversión. Pero Abdallo llega con terribles noticias: Abigaille reina y los israelitas han sido condenados al exterminio colectivo por Nabucco, quien se proclama dios. Un rayo celestial lo derriba y pierde la corona, de la que se apodera Abigaille. Ésta recoge la corona del suelo y se la pone. Ahora manda ella.

 

ACTO III: La profecía

El Gran Sacerdote de Baal acude a Abigaille para que firme la muerte de Arabella y los israelitas. La reina finge rechazo; en ese momento entra Nabucco y ella le hace firmar las sentencias de muerte. Luego, ordena que encarcelen a Nabucco, a pesar de las súplicas de éste, que trata de evitar que maten a Fenena.

Junto al Eufrates, los israelitas trabajan como esclavos mientras esperan la muerte. Es el momento del célebre coro Va, pensiero. Zaccaria conforta a su pueblo y trata de que haga algo excelente: creer en su futuro.



ACTO IV: El ídolo roto

Nabucco despierta de un prolongado letargo. Ve pasar a Fenena hacia su ejecución y se da cuenta de su situación como preso. Pide perdón al Dios de Judá y se convierte a su fe (enorme disparate del libretista). Confortado por esta acción, se dispone a romper el dominio de su hija e ir a luchar. Su fiel Abdallo le trae la espada y un grupo de hombres que le son fieles, y el rey babilonio sale a la palestra.


Fenena es llevada al suplicio con los judíos. Zaccaria la conforta. De pronto Nabucco y sus soldados los salvan de la ejecución. Nabucco ordena que destruyan la imagen del dios Baal, pero el ídolo estalla por sí solo.

Abigaille entra, moribunda; se ha envenenado y sólo pide ser perdonada por su hermana y por su padre. Muere invocando al Dios de Israel.

ANUNCIOS. Apertura de curso 2016 - 2017


jueves, 15 de septiembre de 2016

El budismo de Borges

«Por eso han fracasado los grandes movimientos de los últimos cien o puede que más años -la democracia, el liberalismo, el socialismo-, a la hora de propiciar los beneficios universales que en principio debían aportar, a pesar de sus muchas ideas maravillosas. No cabe duda que es necesaria una revolución, pero no será una revolución política, económica, ni siquiera técnica. Hemos acumulado experiencias suficientes a propósito de este tipo de revoluciones durante el pasado siglo y ya sabemos que un enfoque puramente externo no conduce a nada. Lo que yo propongo es una revolución espiritual.»
Tensión Gyatzo, 14º  Dalai Lama del Tíbet

«[...] Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado.
[...] El alma busca el fin apresurada.
Ha oscurecido un poco...
Jorge L. Borges. “Cristo en la Cruz”.

Da un poco de miedo ver cómo pasan los días aquí, sería estupendo que fuesen más lentos, más pausados. Aunque no hemos hablado de ello, tengo la desagradable impresión de que pronto se irán. Eso me causa desazón pero no les preguntaré nada; ellos comentarán algo cuando lo crean oportuno. Hoy cenamos en su porche y estoy invitado. María K. ha ido al pueblo a comprar algunas cosas, quiere sorprenderme, dice que es una comida un tanto especial. La población está a ocho kilómetros del balneario y esta mañana pidió un taxi para desplazarse allí.
         No puedo evitar el recuerdo de Bad Tölz, en Baviera, al sur de Alemania. Ambos lugares deben tener casi los mismos habitantes. En los dos existe una calle mayor que tiene una pronunciada pendiente; ancha y sin aceras. Ahí están los edificios principales; el Ayuntamiento y alguna que otra dependencia oficial. Tiendas con vistosos escaparates; restaurantes hay cinco o seis. En uno y otro las dos calles desembocan en un río precioso con bosques cercanos.
         Sí hay dos palpables diferencias; aquí las fachadas son muy blancas mientras que las del pueblecito alemán son coloreadas, vistosas, con dibujos de pajes, leones y cenefas admirables. En el paralelismo entre los dos lugares destaca una singular forma de vida muy vinculada a la existencia de esos numerosos balnearios cercanos.
         Pensé que en la cena de aquella noche podría sacar el tema del budismo; quería obtener de viva voz alguna opinión interesante. Sabía que Borges publicó en 1976 un librito titulado “Qué es el budismo” en colaboración con Alicia Jurado. Alicia era una joven intelectual ─políglota─, amiga de don Jorge que escribió su primera biografía, titulada “Genio y figura de Borges”. Trabajo que tuvo bastante éxito y del que se hicieron varias reediciones.
         Recordé que hacía muy poco tiempo alguien citó unas palabras de Alicia Jurado que narraban una tierna historia:
 “Un día Jorge Luis y yo estábamos comiendo en el hotel Dorá, frente a su casa. Yo le pregunté: «¿Cree usted que está enamorado de María?» y él se sonrojó y rió como un escolar. No dijo sí ni dijo no, simplemente se sonrojó y a los ochenta años eso ya significa algo…”.
         María K. me pidió por la tarde ─si no tenía ningún inconveniente─ que le prestase la mesa del porche, pues en una única mesa no había suficiente espacio para poner tantas cosas. Comentó que la cena no sería abundante pero sí muy variada. Cargué la mesa a mis espaldas y se la llevé. También le ayudé a situarla como ella deseaba. No vi a Borges, que estaría dentro pensando o descansando.
         Le pregunté si veía oportuno que hablásemos sobre el budismo, le expliqué que era algo que me interesaba sobremanera. María K. lanzó una enorme risotada:
         ─¿Aún no se ha dado cuenta que él habla de lo que quiere? Es muy difícil que se centre en un tema que se le proponga. Borges suele salir por donde le place en ese momento ─Caí en la cuenta que a veces María K. me tutea y otras veces es más ceremoniosa y se dirige a mí de usted.
         ─Sí, algo de eso hace; ya lo he notado ─le comenté.
         ─Le contaré una anécdota sobre este asunto.
         Miró a mis ojos viendo saltar la expectación.
         ─Hace unos años le invitaron a participar en una mesa redonda que organizaba una asociación rusa de literatura y arte de Buenos Aires. Había que hablar de Fiódor Dostoyevski pues se trataba de un acto conmemorativo, un homenaje al escritor. Cuando él tuvo que intervenir dijo algo así: “Bueno, a mí Dostoyevski no me gusta demasiado, yo prefiero hablar de Dante”. Y empezó a hablar de Dante y de la “Divina Comedia” sin inmutarse y sin encomendarse a nada. Fue muy divertido, el público lo aceptó como una simpática excentricidad. En realidad lo hace con frecuencia; a lo mejor le quieres comentar algo de James Joyce y él te sale por G.K. Chesterton u otro que le llame la atención en ese momento.
         Aprovechando que aquel día la veía con ganas de hablar le pregunté:
         ─¿El interés de Borges por el budismo es por influencia suya?
         ─¿Mía? No, no. Mi madre era española y mi padre japonés que cultivaba el Sintoísmo, la religión tradicional del Japón, que está basada en la adoración de los kami o espíritus de la naturaleza. No sé nada del budismo ─añadió.
         ─¿Sabe de dónde procede el interés de Borges por el budismo?
         ─Sí. Eso lo ha repetido él en innumerables ocasiones, fue la lectura del libro de Arthur SchopenhauerDie Welt als Wille und Vorstellung” ─El mundo como voluntad y representación─. Esta obra, quizás la más importante del filósofo alemán enamorado de la lengua de Calderón y de Baltasar Gracián, es la que le llevó a interesarse por el budismo y por la cultural oriental.
         ─Probablemente la atención que ha prestado el escritor al budismo haya inducido a pensar, a algunas personas, que Borges profesaba el budismo, ¿no?
         ─Borges ha negado este extremo en múltiples ocasiones, en todas en las que se le ha planteado esa pregunta. Aunque siempre ha dicho que le agrada el budismo porque, de todas las religiones que existen, la predicada por Buda es la que exige menos credulidad. Con frecuencia ha mencionado que las otras, la mayoría, exigen la creencia de una cantidad abundante de mitologías, de quimeras teológicas.
         ─Sin embargo, es curioso, el budismo casi no tiene presencia en la narrativa borgiana. Eso produce cierta extrañeza, ¿no es así?
         Quedó en silencio durante unos instantes muy densos. Luego recitó unos versos desconocidos mirando al ocaso.
«Cuando nos anonada la desdicha,
durante un segundo nos salvan
las aventuras ínfimas
de la atención o de la memoria:
el sabor de una fruta, el sabor del agua,
esa cara que un sueño nos devuelve,
los primeros jazmines de noviembre,
el anhelo infinito de la brújula,
un libro que creíamos perdido,
el pulso de un hexámetro,
la breve llave que nos abre una casa,
el olor de una biblioteca o del sándalo,
el nombre antiguo de una calle,
los colores de un mapa,
una etimología imprevista,
la lisura de la uña limada,
la fecha que buscábamos,
contar las doce campanadas oscuras,
un brusco dolor físico.
Ocho millones son las divinidades del Shinto
que viajan por la tierra, secretas.
Esos modestos númenes nos tocan,
nos tocan y nos dejan.»
         Aquella noche supe que Borges había creado allí ─hacía un par de días─ ese poema, «Shinto», y que lo publicaría, lo más pronto posible, en un libro que ya tenía título: “La cifra”.
         Caminé despacio ─con pasos inevitablemente ensimismados─ hacia mi cabaña…
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia