miércoles, 18 de enero de 2017

CINE. “LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS, LA, LA, LAND”

“LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS, LA, LA, LAND”
                                  

Como todos sabemos, las Academias del Cine de cada país, conceden sus correspondientes premios anuales a las películas de cada año, a imitación de los Oscar de la Academia de Hollywood.

 En España tenemos los Goya, en Reino Unido los Bafta, En Francia los César, etc.  Pero desde hace un tiempo, todos los países vienen también, entregando otros premios con anterioridad a los oficiales, premios que suelen ser antesala de los mismos y que muestran hacia donde van las preferencias. En España son los Forqué, recientemente entregados y en América, los Globos de Oro donde, este año, esta película de la que hablamos, ha arrasado, llevándose los siete Globos a los que estaba nominada.  Es la película que mas globos de Oro ha ganado nunca y esto la convierte en la favorita para los próximos Oscar. ¿Significa esto que estamos ante una obra maestra?  No, no es una obra maestra, pero es una buena película, muy bonita, que gusta mucho a la gente, que emociona y hace sentir a los espectadores lo que el cine siempre ha hecho, emocionar, divertir, entretener y eso, no es poco.




La película es un homenaje al cine musical, un género que durante muchos años, más de cuarenta, disfrutó de la admiración de los espectadores de todo el mundo y llevó alegría y optimismo a pueblos necesitados de esas cosas tras épocas especialmente duras y sombrías como la Gran Depresión o la II Guerra Mundial.

   Maestros como Stanley Donen, Gene Kelli o Fred Aster, Bob Fosse, Vicente Minnnelly en Norteamérica o Jacques Demi en Francia, llevaron ilusión y esperanza a millones de espectadores necesitados de estas cosas.

Damien Chacelle ha hecho una película nostálgica en un momento en que el público necesitaba algo así y lo ha hecho muy bien pero, los que vivimos, soñamos y disfrutamos con las películas a las que “La, la, land” homenajea (y en algunos momentos, copia), no podemos dejar de echar en falta a los grandes coreógrafos (mítico Jerome Robbins) o bailarines que las protagonizaron y nos quedamos con la miel en los labios al ver a los que interpretan esta película, esbozar unos tímidos pasos de baile, salvo la fantástica secuencia inicial realizada en un solo plano, antes de los títulos de crédito, homenaje directo a Jacques Demi en “Las señoritas de Rocheford”, incluso a la música de Michel Legrand.



Nada es nuevo, nada novedoso ni nada abre nuevos caminos al musical, pero está realizada sin miedo, con una valentía digna de agradecer para los que hemos vivido la época gloriosa del musical.  No deja de emocionarnos evocar, según avanza la película, escenas de “Cantando bajo la lluvia”, “Un americano en Paris”, “Melodías de Broadway 1955” o “Corazonada” de Coppola.

La historia es sentimental y romántica en su primera parte pero se hace realista y nostálgica en la segunda, Muy lograda la doble secuencia de la pareja entrando en un local de Jazz tras asistir a una representación teatral. Misma mujer y dos hombres distintos, el que el sentimiento romántico desearía y el real, más prosaico.

Los actores están muy bien en sus cometidos, para mí, mejor Ryan Goslin que Emma Stone, aunque  esta está magnífica en el casting en el que finalmente es aceptada.

Una deliciosa película, digna de verse, pero no una obra maestra ni el comienzo de un renacer del género, pero, háganme caso, no se la pierdan.

Jesús Almendros Fernández
Crítico de cine, socio colaborador de la Academia

martes, 17 de enero de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (293)

EL PUERTO Y AMÉRICA
       
En 2017 se conmemora el tercer centenario del traslado a Cádiz de la Casa de la Contratación, el organismo rector de la navegación y el tráfico comercial entre España y sus colonias. Desde su fundación en 1503 hasta 1717, la Casa de la Contratación permaneció en Sevilla, erigida así en la capital económica del imperio español. Sin embargo, diversos factores, entre los cuales figuran las dificultades que planteaba el río Guadalquivir para la navegación de embarcaciones de creciente calado, aconsejaron el traslado a Cádiz de la cabecera de flotas a Indias en 1679 y, unos años más tarde, de la Casa de la Contratación.

            Estos hechos tuvieron para Cádiz una extraordinaria repercusión. Cádiz jugó desde entonces y a lo largo de todo el siglo XVIII un papel de extraordinario protagonismo en las relaciones comerciales entre Europa y América, y se erigió en una de las principales urbes mercantiles de su tiempo. La ciudad vivió así una época de prosperidad, de la que participó también el resto de la Bahía, toda vez que el comercio colonial se revitalizó y cobró un renovado dinamismo.

Casa de Cargadores a Indias: Palacio de Aranibar
            El Puerto se benefició considerablemente de la nueva coyuntura atlántica. En la segunda mitad del siglo XVII se instalaron en la ciudad importantes familias de cargadores a Indias, algunos de los cuales alcanzaron altos niveles de riqueza. Durante buena parte del siglo XVIII, estos cargadores continuaron ejerciendo su actividad, a menudo combinada con la cosechería de vinos y aceite. Las fortunas que acumularon les permitieron ascender socialmente, alcanzar puestos en el cabildo municipal, levantar grandes casas y fundar ricos mayorazgos.

            Pero las consecuencias del traslado a la Bahía del monopolio del comercio colonial no se limitaron a la formación de esta oligarquía de cosecheros y cargadores. La población de El Puerto creció, en la ciudad se asentaron nutridas colonias extranjeras, la actividad económica se multiplicó, la sociedad local se diversificó, menudearon las fundaciones religiosas y asistenciales, y El Puerto, en definitiva, terminó por convertirse en una de las principales ciudades de Andalucía y de España. La estancia de la corte de Felipe V en 1729 y en 1730 y el paso de la jurisdicción de la ciudad del señorío de los duques de Medinaceli a realengo en el primero de dichos años ratificaron ese estatus privilegiado que El Puerto adquirió en íntima relación con el papel que jugó en el comercio americano y en los negocios atlánticos.

            A El Puerto le corresponde, pues, por derecho propio, un lugar destacado en los actos conmemorativos del tercer centenario del traslado de la Casa de la Contratación, cuyo programa se prepara bajo la coordinación de la Diputación Provincial. No ahorremos esfuerzos para que así ocurra en la práctica.

Juan José IGLESIAS RODRÍGUEZ
Académico de Santa Cecilia

sábado, 14 de enero de 2017

CINE. (“SILENCIO”, de Martin Scorsese)

“SILENCIO”, de Martin Scorsese.
          

  Decir a estas alturas quien es Martín Scorsese, sobra. Cualquier aficionado al cine, no solo cinéfilo, sino simplemente consumidor o espectador acostumbrado a ir al cine, lo conoce. Películas como “Taxi Driver”, “Toro Salvaje” o “Uno de los nuestros”, hacen de este director una referencia obligada en el mundo del Cine.
            Ahora nos ha llegado su última película, “Silencio”, película sobre la que llevaba trabajando los últimos treinta años y que muestra a un director absolutamente subyugado y comprometido con la historia que está contando. No es nuevo para él tratar temas religiosos, ya en 1988 realizó una discutida película sobre Jesucristo, “La última Tentación de Cristo” y no tenemos que olvidar que a finales de los años 50 renunció a su idea de hacerse sacerdote, su primera vocación. Evidentemente, el cristianismo es un elemento esencial y fundamental en la película, como ha sucedido en otras ocasiones en la carrera de Scorsese, pero lo que se nos muestra no es un panfleto o un sermón de predicador o evangelizador, sino una descripción de los personajes, del lugar y del tiempo en que transcurre la historia,  necesaria para entender los motivos de todos los personajes, así como de cada una de sus decisiones y formas de reaccionar. No es algo gratuito, sino imprescindible para la historia que nos cuenta.

  “Silencio” no tiene términos medios para los espectadores: “rollazo soporífero”  o “gozada impresionante”. En cualquier caso, cine en estado puro que en su mesura y sosiego, nos estremece, nos sobrecoge y cuyo recuerdo no podremos evitar que perdure en el tiempo. Cerca de tres horas de duración en la que asistimos a la convicción y a las dudas del protagonista, el joven jesuita interpretado magistralmente por Andrew Garfield, su dolor e inconsciencia, su fe que él cree inquebrantable y que es puesta a prueba.  Carne y espíritu frente a frente y unas conversaciones entre él y el “inquisidor” japonés que ponen al descubierto los planteamientos y las razones de cada uno de ellos, conversaciones de una profundidad filosófica de gran altura que muestran la dualidad entre las posturas de cada uno de ellos. 
   Pero es fundamental no querer ver la historia desde nuestra posición, desde aquí y desde ahora. Así no podremos entender nada. Debemos de intentar situarnos en las coordenadas en las que se  desarrolla la historia que nos cuenta Scorsese: Japón en el Siglo XVII.



                   Muchos espectadores dirán que es una película aburrida e interminable que provoca el bostezo y y el aburrimiento y no les podremos quitar su parte de razón, pero serán muchos también los que queden fascinados y extasiados ante la perfección narrativa conseguida por este director que ha realizado una obra que raya la perfección.   Todo en la película tiene sentido y justificación, los encuadres, los movimientos de cámara, la elección de los paisajes, los detalles, ese primer plano de la crucecita de madera en la mano de la esposa del jesuita ya muerto o el retrato de ese joven japonés vencido y consciente de su debilidad y de su cobardía que, una vez tras otra, pide el perdón de aquellos a quienes ha traicionado, a quienes ha vendido.
Por supuesto que “Silencio” no es una película para todo el mundo pero lo que no se puede negar es que es una reflexión  apasionada sobre el concepto de las creencias y la defensa que hacemos de las mismas, pero a pesar de todo, el planteamiento es más simple de lo que a primera vista parece y eso lo comprendes si consigues entrar en la historia, situarte en ese lugar y en esa época.
Lástima que al final decaiga la narración. De no ser así, estaríamos hablando de una película perfecta.
Jesús Almendros Fernández
Crítico de cine, socio colaborador de la Academia

jueves, 12 de enero de 2017

«No habrá sino recuerdos»

«El sabor de la manzana (declara Berkeley) está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; análogamente (diría yo) la poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro. Lo esencial es el hecho estético, el “thrill”, la modificación física que suscita cada lectura. Esto acaso no es nuevo, pero a mis años las novedades importan menos que la verdad.»
Jorge Luis Borges
«En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.»
Jorge Luis Borges
«Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie ─fuera de cierto aventurero que soñó Wells─ ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo.»
Jorge Luis Borges
Era bastante tarde cuando decidí regresar. Entré en un pequeño bar y desde allí tuvieron la amabilidad de pedirme un taxi que no tardó nada en venir a recogerme. Miré el reloj sin ningún interés y calculé que llegaría al balneario justo a medianoche. No hacía frío, pero sentía cierta incomodidad, me replegué en el asiento de atrás y perdí la mirada en las oscuridades. Pensé en que esa era buena hora de poemas y recordé:
El poniente de pie como un Arcángel
tiranizó el camino.
La soledad poblada como un sueño
se ha remansado alrededor del pueblo.
Los cencerros recogen la tristeza
dispersa de la tarde. La luna nueva
es una vocecita desde el cielo.
Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo…
     Traté de recordar el título que resistía volver a mi memoria, aunque sabía que era de Fervor de Buenos Aires”, de un muy lejano 1923.
     En recepción dijeron que las chicas habían preguntado varias veces por mí con cierta preocupación. Tomé un par de cartas que habían llegado y enfilé el camino hacia mi cabaña. Caminé despacio, deseaba marchar pronto de allí, pensé en adelantar mi ida unos días. Al pasar próximo a la chabola en la que habían estado María K. y Borges se acentuó la desazón que me embargaba. Ahora sí recordé otro título de Fervor…”; era “Despedida”:
No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.
     Intuía que las encontraría allí, estaba seguro. Sentadas, en silencio, en el porche viéndome llegar. No me apetecía dar explicaciones; saludé. No sé si vi fuego en algunos ojos. Entré en la cabaña dejando la puerta abierta y dejé en la mesa todo lo que traía. En aquel momento desee fumar un cigarrillo que no tenía; me acerqué al pequeño refrigerador y saqué una botella de whisky que estaba a medias; busqué un vaso en la cercanía sin ninguna certeza de encontrar uno limpio.
     Apoyé el hombro izquierdo sobre el marco de la puerta y miré a la lejanía, a las profundidades de la noche, aquellas hasta las que no llegaba la luna. El crujir de la mecedora contra el suelo se hizo más patente y rápido. Estela preguntó por fin:
     ─¿Dónde has estado? Te fuiste sin decir nada… Hemos estado muy preocupadas.
     Siguió balanceándose. Las otras no fijaban la mirada en ningún punto. Esther añadió:
     ─Hemos estado varias veces en el balneario preguntando por ti, y por si habías dejado alguna nota.
     Dora asentía callada.
     Di tres pasos hacia adelante y tomé asiento en el escalón del porche, apoyé la espalda en el poste y bebí de la botella.
     ─Sentí… ─Llevé la botella a mi boca para dar segundo trago sin haber terminado de hablar.
     ─Sentí como necesidad de escapar ─dije logrando acabar la frase.
     Unos segundos de tensión. La mecedora paró.

     ─¿Escapar? ¿Escapar de qué? ─preguntó Estela con claro deje de malhumor.
     ─Escapar… Sí, ¿no os ha pasado nunca? Buscar un camino largo, de esos caminos en los que ves como los dos lados rectos se unen muy a lo lejos y que nunca llegas allí…
     Dora quiso intervenir.
     ─Pero podrías haber dicho algo… ¡Yo que sé!
     ─Todo fue repentino. He decidido irme pronto. No sé… quizás pasado mañana o el siguiente. Las expectativas que tenía al venir aquí no se han cumplido, tengo una sensación desagradable, de insatisfacción conmigo mismo. Quiero emprender el regreso ─Aligeré la botella dándole otro toque.
     Esther se levantó y dirigiéndose a Dora le dijo:
     ─¿Nos vamos?
     Dora asintió y pasaron por delante de mí, casi pisándome. Pronto se perdieron en la oscuridad por el camino del lago.
     Estela dejó la mecedora y se puso de pie a mi lado. También miró en la misma dirección que yo lo hacía; hacia ninguna parte.
     ─¿Qué te pasa? ¿En qué piensas? ─preguntó íntima.
     Dejé pasar unos segundos, cambié de postura y fijé mis ojos en sus espléndidas piernas.
     ─Ahora mismo pensaba en Borges y Estela Canto, sentados en un duro banco de hormigón, cada uno en un extremo. Poca iluminación; la de una farola a media distancia que les lanzaba algo de luz. Él escudriñaba el oscuro espacio e intentaba mirar en la dirección en la que estaba Estela. Borges le pidió que se casara con él. Quizás ella se sorprendió… no sé. Aquella situación parecía sacada de una cursi novela victoriana… Sí, creo que se quedó muda de asombro.
     ─¿Eso cuándo fue? ─preguntó Estela sentándose a mi lado.
     ─Una noche, en los últimos días del verano de 1945.
     ─Creo que ella no esperaba que el escritor le hablase de casamiento.
     ─¿Y qué le respondió la Canto? ─la voz de Estela se había suavizado y había perdido mucha parte de crispación.
     Traté de recordar las palabras con toda exactitud. Después de una corta pausa proseguí:
     ─La contestación de aquella Estela fue divertida, ingeniosa, rápida: “Lo haría, Georgie, pero no debes olvidar que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos hemos acostado”.
     ─¿Qué pasó después? ─preguntó interesada.
     ─Imagino que Borges se quedó muy confundido y no supo cómo reaccionar, ni sabía cuál era el siguiente paso que debía dar. Estela no se mostró entusiasmada con la idea. Además la madre de Borges, doña Leonor, interfirió mucho en aquella incipiente, o rara, relación.
     De forma casual nos quedamos callados y mirando la log cabin que habían ocupado María K. y él.
     ─Entonces… ¿te vas? ─preguntó quedamente.
     No respondí de inmediato, y volví a mirar a lo lejos. Luego le recité unos versos sueltos:
La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas…
     ─¿Sabes el título? ─me preguntó.
     ─Sí. “De que nada sabe”, de la “Rosa Profunda”, de 1975.
     Sonrió casi sin despegar sus carnosos labios y habló con lentitud, palabra a palabra:
     ─”De que nada se sabe”…
     ─Es cierto, sí, nunca sabemos nada.
     ─Nada ─repitió de nuevo.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

miércoles, 11 de enero de 2017

Música argentina del siglo XX, Alberto Ginastera

TRES DANZAS ARGENTINAS

Alberto Ginastera (1916-1983), uno de los compositores latinoamericanos más destacados del siglo XX, una de las figuras hegemónicas del nacionalismo musical argentino. Había estudiado con Aaron Copland y entre quienes estudiaron con él se contaban Astor Piazzolla y Waldo de los Ríos. Pero el compositor argentino más importante de todos los tiempos nunca mantuvo buenas relaciones con las autoridades políticas, fueran dictaduras o no.

 En el año 1945 fue destituido de su cargo como profesor del Liceo Militar. Luego de una serie de escaramuzas con el peronismo, una beca Guggenheim le permitió abandonar el país.

A su regreso, dos años más tarde, fundó el Conservatorio de La Plata, del que fue director. Pero las autoridades lo obligaron a dar al conservatorio el nombre de Eva Perón, a lo que Ginastera se opuso porque si bien Evita había promovido con toda justeza el voto femenino, la verdad es que desde el punto de vista artístico era una buena recitadora y muy popular actriz de radioteatro pero nada la ligaba a la música. Ginastera fue nuevamente destituido en 1952, por "antiperonista". 

Sus célebres Tres danzas argentinas para piano, fue compuesta en 1937; se llaman “danzas”, tal vez, por estar escritas en compás de 6/8, que es un ritmo muy apropiado para bailar o danzar, gozaron de inmensa popularidad desde el momento mismo de su estreno y actualmente forman parte indiscutible del canon de la música académica argentina. La obra posee títulos sugerentes y reveladores. Las tres danzas no son danzas cualesquiera sino danzas "argentinas". La primera es la danza "del viejo boyero"; la segunda, la danza "de la moza donosa", y la tercera, la danza "del gaucho matrero". Indudablemente el poder evocativo de los títulos contribuye a nuestra percepción de la obra, pero aun sin ellos cualquier oyente cultivado en la música de Occidente puede reconocer cuál de estas tres danzas representa a una mujer. Del mismo modo, la audiencia avezada en música latinoamericana reconocerá la cualidad "argentina" o al menos sudamericana de esta composición.

En el vídeo que le proponemos podrán escuchar en brillante versión del director y  pianista, Daniel Barenboim, interpretando con el sentimiento propio de un argentino, la 2ª de las danzas, "de la moza donosa".  Barenboim conoció personalmente a Ginastera.



Danza del viejo boyero. Interpreta al piano Franco Bertani.



Danza del gaucho matrero. Interpretado por Horacio Lavandera 

PATRIMONIO MUSICAL: LA ZARZUELA (XII) Agua, azucarillos y aguardiente

Agua, azucarillos y aguardiente

Pasillo veraniego en un acto
Texto original de Miguel Ramos Carrión
Música de Federico Chueca
Estrenada el 23 de junio de 1897 en el Teatro Apolo de Madrid.

Las pretensiones de los autores eran modestas, de ahí la denominación de “pasillo veraniego” pero obtuvo un éxito de los más memorables de la historia del género, hasta el punto de que Chueca salió a hombros por la puerta grande como los toreros y así fue llevado a su casa. Desde entonces ha formado parte de la trilogía del madrileñismo junto a La Verbena de la Paloma y La Revoltosa.  “una obra pensada para unas semanas duró varios años en el cartel.



Argumento

Atanasia –Asia–, niña cursi, y su madre doña Simona, se mudaron a Madrid donde llevan una vida mísera, debiendo dinero hasta al casero. Una carta del tío les aconseja regresar al pueblo (Valdepatata), donde el primo está loco por casarse con Asia. Pero ésta sueña con Serafín, hijo de un ex ministro.

Serafín ofrece dinero a Pepa, que regenta un quiosco de aguadora, para que le eche un somnífero a la madre de Asia, pero ésta se niega. Lorenzo, compañero de Pepa la convence para que lo haga. Pepa se enfrenta a Manuela, una aguadora sin puesto, que en la actualidad está emparejada con Vicente, un torero, antiguo novio de la propia Pepa. Vicente y Lorenzo no parecen tener tanta enemistad como Pepa y Manuela, y pactan que hacer con el dinero de Serafín.

Llegan Asia y su madre para pedir dinero a Serafín para pagar la renta, la madre cae en aparente sopor y Serafín promete el cielo a Asia. De repente la madre despierta y se van como es habitual al Paseo de Recoletos Serafín cae en un profundo y verdadero sueño, ya que realmente fue él quien finalmente ingirió el somnífero. Asia, desengañada, está dispuesta a volver a Valdepatata.

A la media noche Pepa y Lorenzo, con Manuela y Vicente, se van al baile de la Verbena de San Lorenzo, mientras que a Serafín, que sigue durmiendo, pierde su ropa y su cartera a manos de Garibaldi, un raterillo del barrio que se gana la vida tocando la lira.
Les dejo con el coro de niñeras y niños: "Tanto vestido nuevo, tanta parola /Nos llaman amas y es mu ciertu".

La zarzuela como testimonio de toda una época. Un tesoro.

lunes, 9 de enero de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (292)

Recuerdos de la América española: 250 años del Conde de Superunda

           
El pasado 5 de enero de 2017 se ha cumplido los 250 años de la muerte de José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda, ocurrida en Priego de Córdoba, donde, tras condena de destierro, acabó sus últimos días. Su caso representa un ejemplo más del trato que nuestro país dedica a muchos de sus preclaros servidores. Recientemente hemos recordado, también por su relación con nuestra América, a Blas de Lezo, especialmente relacionado con El Puerto de Santa María.

            Manso de Velasco (1688-1765) fue un ilustre militar que participó, alcanzando notables éxitos, en la guerra de Sucesión, en los sitios de Ceuta y Gibraltar, en la expedición de Orán, y en las guerras de Italia. Como premio, al modo de la época, se le otorgarían altos destinos en las colonias. Nombrado Gobernador de Filipinas no tomó posesión al recibir la Gobernación del Reino de Chile (1736-1745) donde desempeñó una ejemplar tarea de creación de ciudades, como Rancagua, que le rinde tributo de gratitud,  y la reconstrucción de Valdivia. En la guerra del Asiento, ante los ataques de George Anson por el Pacífico (paralela a la de Edward Vernon en el Caribe), conoció a nuestros marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa, entonces en la expedición geodésica de la Academia de Ciencias francesa al Ecuador. Manso es un español bien recordado en el Chile actual.

            En el Perú, tras el virreinato de José Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía, fue designado como virrey Manso de Velasco cargo del que tomó posesión en 1745. Entre los avatares propios de la época tuvo que hacer frente al más grave de los terremotos de la historia moderna: el de Lima del 28 de octubre de 1746 con el psunami asociado que destruyó El Callao. En su ejemplar tarea de reconstrucción contó con la contribución de Louis Godin, que había sido jefe de la expedición científica francesa al Ecuador (1735-1744) y que permaneció en Lima como catedrático de Prima de Matemáticas en la Universidad de San Marcos y cosmógrafo mayor del Virreinato. Este recuerdo cobra mayor sentido ante la posterior presencia del científico francés en Cádiz (1751-1759) como director de la Academia de Guardiamarinas. En 1755 viviría en esta ciudad el terremoto de Lisboa con su asociado psunami en la bahía de Cádiz, de triste memoria en la capital y en el Puerto de Santa María. La excepcional dedicación del virrey Manso de Velasco a la reconstrucción de Lima y de El Callao le valieron la concesión por Fernando VI del título de conde, para el que eligió la denominación de Superunda, es decir, a modo de fijación de su triunfo, "sobre las olas".

            Anciano y cansado solicita el relevo a Fernando VI en 1759 que no se le concede hasta 1761 por Carlos III. Superunda opta regresar a la metrópoli por el Caribe, cuando numerosos antecesores habían tomado la 'nueva ruta' por el estrecho de Magallanes, casos de Juan y Ulloa y también del precedente virrey Villagarcía que moriría en el cabo de Hornos. El Conde se presenta el 24 de enero de 1762 en La Habana, donde debería esperar hasta el 12 de junio para embarcarse hacia Cádiz. Pero he aquí que el 6 de junio, en el contexto de la "guerra de los siete años", en la que participa España como consecuencia de un nuevo Pacto de Familia con Francia, se presenta una escuadra inglesa que acaba tomando la ciudad. Manso de Velasco, en su condición de máxima autoridad presente en la isla, asume el cargo de presidente de la Junta consultiva de Guerra y debe firmar la rendición de la plaza. En esos momentos La Habana y Cádiz son las ciudades más relevantes para el comercio español.

            Como consecuencia de la pérdida de La Habana se le sometió a consejo de guerra, con solicitud de pena de muerte, siendo finalmente, en 1765, tras dos años de arresto y juicio, condenado a diez años de destierro y embargo de bienes. Y así, a la edad de 79 años, pobre, despreciado y en el mayor anonimato moriría el 5 de enero de 1767 en la ciudad de Priego de Córdoba, donde reposan sus restos. Esta ciudad prepara unos primeros actos conmemorativos de los 250 años de su fallecimiento.

            Conmemorar, decía Ortega, consiste en "recordar con vistas al futuro". Sí, recordar, pero con el condicionante de hacerlo con vistas al futuro. Por tanto, no nos limitemos al simple recuerdo de un constructor de la historia de España, vida, como todas, con luces y sombras, sino que desde el presente se oriente hacia el futuro. Y en esta perspectiva puede reflexionarse al menos en dos direcciones. Primera, constatar positivamente que existe una gran América que tras haber sido políticamente española y construirse como tal durante unos tres siglos, integra la historia de España, historia concreta y precisa en el marco de la españolía, cuestión clave que estamos olvidando como pone de manifiesto el generalizado uso del término Latinoamérica. Segunda, la necesidad de recuperar la memoria de aquellos ilustres españoles que contribuyeron a la grandeza de esa historia, haciendo justicia; en el caso de Superunda, 30 años de fecunda carrera militar y 25 años de fructífera representación de primer nivel en la administración del Estado. 
Francisco González de Posada
Académico de Santa Cecilia