domingo, 30 de abril de 2017

MÚSICA CLÁSICA EUROPEA. ÓPERA (23). Maria Callas

Maria Callas, La Sonnambula Ah, non credea mirati 

Sucedió en abril de 1954, Teatro La Scala, Milán
Ópera:  La Sonámbula, Vicenzo Bellini
Productor:  Luchino Visconti
Director:  Leonard Bernstein




Callas hizo maravillas en el papel de Amina. Su esbelta figura, su juvenil encanto y gráciles movimientos, produjo un soberbio retrato del atractivo personaje. Exquisitamente vestida por Piero Tosi y cantando como un ángel, su caracterización de la encantadora sonámbula fue fascinante.

El personaje requiere una cantante-actriz ingenua e inocente y, al mismo tiempo, apasionada, impetuosa y cariñosa, que puede llorar de alegría o tristeza. Y esto lo hace Callas. La clave está en la cualidad única de su voz y, en apariencia, del fácil uso que hace de ella.

Bernstein la describe como, "Algo maravilloso, a veces es violín, otras viola, otras flauta. Su interpretación de la sonámbula es fascinante. Callas es gloriosa”  
La Sonámbula es uno de los más grandes logros que se haya visto sobre un escenario.
Gondiazar

jueves, 27 de abril de 2017

LAS COSAS CORRIENTES (5)

Fue así de simple, quedé profundamente dormido y no fui capaz de levantarme para maitines, pensé que era cuestión de cansancio acumulado. Hubo algún momento en el que creí escuchar al monje que recorría los pasillos avisando con la campanilla, pero es posible que solo fuese la imaginación. En mi vida he aceptado muchas disciplinas, pero conforme los años van pasando soy menos proclive a seguir ninguna.
      No tenía cortinas en la celda y seguro que desperté por la intensidad de la luz. Eso siempre me ha ocurrido, basta que algunos rayos de luz impacten en mi cara para que despierte inmediatamente.
     Desde el camastro miré a la ventana que daba hacia el Este, el cargador solar estaba trabajando pues el sol le daba frontalmente; hoy podría enchufar el portátil y cargar el móvil. Es posible que el móvil ya esté con suficiente carga para funcionar.
     Estaba acostado aún, bocarriba y con las manos sujetas una a la otra, sobre el tórax. Reí al pensar qué impresión podría dar a alguien que estuviese aquí en este momento; si cerrase los ojos parecería un fraile muerto en una celda solitaria e iluminada. Decidí levantarme de un salto después de la lúgubre visión. Recordé que necesitaba un cable largo para hacer allí una instalación eléctrica útil.
     Lo perentorio era buscar agua, necesitaba asearme un poco. Después desayunaría; iría a la cocina a por algo de comer. Estoy tomando conciencia de mis especiales privilegios.
     Buscaría información sobre dónde hallar los cables… Parece que los monjes deben tener una granja, no demasiado lejos, puedo escuchar perfectamente ─aunque no muy fuertes─ los sonidos que emiten algunas aves de corral. Otros ruidos no hay.
     Efectivamente el móvil funcionaba, y quizás marcaba la hora exacta; aunque de eso no tenía ninguna seguridad. Señalaba las nueve menos diez minutos, ¿Qué harán ahora los monjes? Miré a la mesa. Creo que ayer dejé por allí encima el papel con el resumen de los horarios del abad.
     Encontré el papel. A las ocho menos cuarto han tenido el canto de laudes y después han desayunado. Ahora, seguramente, oiré la campana por el pasillo, avisará de que cada uno se debe incorporar a la actividad que tiene encomendada hasta las doce del mediodía que se reunirán para la Eucaristía diaria. El “Ora et labora” que siguen con toda puntualidad e insistencia. A veces me pregunto, ¿de dónde sacan la fuerza estos hombres? No cabe duda que se necesita una enorme fuerza para proseguir esta fuga del mundo. Sí; ellos suelen hablar de la "fuga mundi”.
     Tan rápido como escuché la campanilla salí al inmenso corredor para preguntarle al fraile que dónde podría encontrar agua para el aseo matinal. Sin parar su cansino tintineo me dio alguna información. Dijo que traería un aguamanil completo; que se lo había encargado el padre abad. Le pregunté también por el cable y añadió que también traería un cable.
     A ver si lo trae pronto. Quiero ir a la biblioteca.
Tenía entendido que algunas órdenes religiosas también rezan a la hora prima, que no sé cuál es, pero algo he oído que siempre termina con la lectura del “De profundis”, uno de los Salmos más conocidos. “De profundis” o “Desde el abismo”, que empieza ─es lo único que sé─ así: De profundis clamavi ad te, Domine. Desde luego me acuerdo mucho más de la dura epístola escrita por Oscar Wilde con ese título.
     Me volví hacia la mesa con el paquete de libros. Allí también estaban los Salmos. Después lo buscaría; tenía curiosidad.
     El fraile, o monje ─no sé bien cómo llamarles─ llegó a los diez minutos cargado con un aguamanil precioso que, por su aspecto, sería del siglo XIX cuando menos. Inmediatamente salió y regresó unos instantes más tarde con un jarrón lleno de agua y un manojo de cables de distintos tipos y colores.
     De repente le pregunté:
     ─¿Es usted sacerdote?
     ─Sí, lo soy. Poseo esa enorme riqueza gracias al Señor ─respondió amable.
     ─¿Dónde realizó sus estudios? ─insistí.
     ─Aquí, y aquí fui ordenado. La comunidad es también un instituto clerical, o sea una especie de seminario para nosotros. Más de la mitad de los monjes de este monasterio somos sacerdotes.
     Quedé pensativo unos instantes y volví a preguntarle:
     ─¿Y tienen algunos privilegios los sacerdotes?
     Se volvió hacia la puerta deteniéndose a un paso de ella.
     ─No nos gusta esa palabra: privilegios. Vivimos siempre en oración y no es porque vivamos en otro planeta sino porque todo lo vivimos desde Dios.
     Ahora giró y mirándome a los ojos prosiguió diciendo:
     ─Es necesario recuperar el sentido de lo mínimo, de lo pequeño e insignificante… de lo sencillo. No hay más dignidad porque se posean más privilegios, ni por lo que se tenga. Vivimos en un mundo repleto de seres que se sienten arrinconados por múltiples motivos: pobreza, raza, condición social, etc. Los monjes intentamos mantener una puerta a la esperanza y entregamos a ello nuestra existencia. Deseamos que nuestra vida sea testimonio de lo que los seres humanos valen por sí mismos.
     Se marchó con el mismo silencio que había venido. No estoy seguro de haber entendido bien todas sus palabras.
     Metí un dedo en la jarra de agua; estaba muy fría.

     
     Delma había traído aquella tarde una carpeta con bastante documentación para estructurar el seminario que quería el obispo. Lo haría por la noche para que no restase horas a mi trabajo normal. Sería cuestión de dormir varias noches en el apartamento personal junto al despacho; en el hotel no podía, no estaba cómodo para el trabajo, pero tenía la ventaja de que podía pedirle a Susana que pernoctase allí.
     Procuraría que aquello no llevase demasiado tiempo, escribiría una serie de notas para que las fuese escribiendo ordenadamente, aunque la documentación de Delma estaba muy bien organizada.
     Empezar, empezar… La cosa siempre es empezar. Sonreí a solas pensando en la frase que un amigo repetía siempre: “El empezar es el comienzo del acabar”. Decía que él la había creado, lo decía tantas veces que se la tengo atribuida.
     ¿Cuáles serían las primeras palabras? Eso sirve siempre de mucho. Las primeras palabras son como un pequeño cilindro de cartón para enrollar lana en él y hacer ovillo grande.
     Escribí en un papel: ¿Qué es un líder? El líder es aquel que fija, determina, el lugar al que queremos ir, nos indica el camino apropiado, nos convence de que es necesario ir hasta allí y nos conduce a través de todos los impedimentos, y obstáculos, hasta la meta deseada.
     Sí. Ese sería el comienzo.
     Me eché hacia atrás y pensé que sería bueno hablar también sobre la metodología de liderazgo que siempre, desde hace casi cinco siglos, han desarrollado los jesuitas. Mañana llamaré al obispo Bergoglio, es posible que él pueda asesorarme sobre tal cuestión.
     Creo que ellos llamaban a todo eso: «Nuestro modo de proceder».
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

EL MUNDO DE LA MÚSICA. Introducción (II)


Los pueblos de lengua aria llegaron a la India entre los años 1500-1000 a.C. procedente de Asia occidental. Los textos sagrados de los arios se transmitieron oralmente hasta que los “rishis”- sabios - los transcriben a los cuatro libros Vedas    – literalmente conocimientos – que contienen plegarias, himnos y rituales relacionados con sus divinidades. Los himnos contenidos en el más antiguo de los cuatro libros, el “Rigveda”- himnos vedas – se cantaban en tres entonaciones distintas: “udatta” – elevada o nota más aguda -; “anudatta” – no elevada o nota más grave - y “Svarita” – sonada o nota media. Las notas correspondían estrictamente a las palabras en el acento y en el ritmo prosódico, a razón de nota por sílaba. Otra forma de canto, menos austera y más rica melódicamente, se encuentra en el Samaveda – cantos vedas - cuyas letras, adaptaciones del libro noveno del Rigveda, están ligadas a la escritura musical. En un principio, su escala era de cinco notas, para pasar después a ser de siete.
No hay duda alguna de que los egipcios, al igual que los mesopotámicos, conocían los intervalos de octava, quinta y cuarta, pero no puede suponerse que conocieran la armonía tal como se entiende en la actualidad. No existe obra alguna que trate acerca de la teoría musical egipcia, pero puede afirmarse, leyendo a los escritores griegos, que utilizaba  la teoría pitagórica. Claudio Ptolomeo, nacido en Alejandría, y al que siempre se le consideró griego, fue un importante matemático, astrólogo y teórico de la música.



La cultura mesopotámica, a través del Asia Menor, llegó a Tracia hacia el año 980 a.C. y con ella el mito de Orfeo <<Padre de los cantos>>, y el de Lino que dio el verso y la música a los griegos, pero son los legendarios frigios, Terpandro  y Olimpo, a los que se les consideran los padres de la música griega. De Olimpo se dice que, hacia el año 900 a.C., introdujo los “nomoi”, formas melódicas tradicionales, frases cortas repetidas una y otra vez, en las que se basa la música del “aulos” - tipo de flauta doble -. La lira pulsada con los dedos o con el plectro, en preludios e intermedios, servía para dar el tono o altura a la voz del cantor.
Los pueblos que llegaron a la península helénica, hacia el año 1900 a, C., procedentes de  Europa, desarrollaron la cultura de la Hélade que, al fusionarse con la cultura minoica de Creta, que a su vez había recibido la influencia egipcia, se convirtió en la cultura micénica griega, la cual, después de cinco siglos, llegó a  desarrollarse con plena autonomía. El periodo que va desde el año 1400 al 1100, más o menos, y al que posteriormente se le denominó “Edad Heroica”, fue de asimilación y de aceptación de determinados mitos, relativos a los orígenes de la música, vinculados a Egipto.

 
 Se cree que Pitágoras (582-500 a.C.), después de sus estudios en las escuelas mesopotámicas, los continuó en los templos egipcios, y es a él a quien se le atribuye los orígenes de la teoría de la música griega. Hizo estudios físicos y matemáticos de los intervalos tonales que formaron la base de las investigaciones de los teóricos musicales de la edad media. Los pitagóricos concibieron la escala musical como un elemento estructural dentro del cosmos, donde el firmamento se reflejaba como una armonía <<la armonía de las esferas>> y el espacio tonal se obtenía por medio de una sola cuerda tensada <<monocordio>> de manera que reflejase esa armonía.
Ignacio Pantojo Vázquez
Gonzalo Díaz Arbolí

lunes, 24 de abril de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (307) El Mundo de la Música. Introducción (I)

       El Mundo de la Música
Introducción I:
Iniciamos hoy una serie de artículos, titulado: El mundo de la música. Se publicarán semanalmente, cada viernes, en nuestro blog gracias a la colaboración de nuestro socio, Ignacio Pantojo Vázquez. “Solo trato de aportar mis escasos conocimientos y reflexiones” dice; con la pretensión  de dar a conocer mejor los aspectos de la historia de la música que atañen a la fantasía, a las emociones, que estimulen respuestas sensibles a nuestro estado de ánimo: nostalgia, ira o felicidad. La música tiene efectos poderosos para hacernos felices; para hacer cambiar la tristeza por la felicidad, o la ira por el optimismo.
La Academia pretende difundir, mantener y promover con estos artículos y, con la poderosa ayuda de internet, la espiritualidad de la música; porque debemos conservar esa herencia tan extraordinaria de nuestra Historia y sentir el orgullo de nuestros orígenes ilustres: Academia de Bellas Artes Santa Cecilia, fundada en 1900.

Al escribir el título de este artículo nos hemos preguntado ¿qué es más acertado: El mundo de la música o la música del mundo?
Después de meditar unos segundos, seguimos sin saberlo, pero la duda nos sugiere otras interrogantes:
¿Cómo sería un mundo sin sonidos?
¿Qué sería de nosotros en un hábitat en el que sólo se oyera el silencio?
Nos sentiríamos totalmente desorientados, pues es en el córtex cerebral donde se procesan las señales auditivas y se genera la conciencia del entorno y de uno mismo.
Música, etimológicamente  procede de musa:
<< Cada una de las deidades que, según la fábula, habitaban en el Parnaso o el Helicón, y protegían las ciencias y las artes liberales, especialmente la poesía>>.
<<Canto considerado en sí mismo y la facultad creadora que lo produce>>
La R.A.E. la define como:
<<Arte de combinar de forma rítmica los sonidos con el fin de expresar emociones o sentimientos. // Sucesión de sonidos modulados para recrear el oído. // Melodía y harmonía y las dos combinadas>>.
Para los antiguos pitagóricos: <<música significa el concierto y harmonía del Universo según número>>. (El número, alude al aspecto visual, geométrico y astronómico de los cuerpos del Cosmos, que es comparado con un inmenso teatro. La armonía alude al sonido de los instrumentos afinados que hacen del Cosmos una orquesta sinfónica).

Así la define Claude Debussy:
<<La música es la expresión del movimiento de las aguas, el juego de las curvas de las olas que describen las cambiantes brisas>>
Ludwig van Beethoven dijo:
<<La música es el intermediario entre la vida espiritual y la sensual>>
<<La música es una revelación más elevada que toda la sabiduría y la filosofía >>

  Todas las definiciones son aceptables pues, tanto la primera como las otras dos, son esenciales para el desarrollo de la personalidad del individuo.
Desde los tiempos más remotos nos han llegado mitos y leyendas que dan testimonio del poder que la música ejerce sobre los hombres y de su eficacia para exorcizar a los malos espíritus, por eso estaba en manos de magos y hechiceros. Del poder sobrenatural de los instrumentos musicales se habla en el Antiguo Testamento, cómo el clamor de las trompetas derrumbó las murallas de Jericó. Aún, en la actualidad, algunos pueblos indígenas tienen la firme creencia de los poderes sobrenaturales de la música y hacen uso de ella para atraer a la lluvia o para combatir plagas y enfermedades.
En la época sumeria (milenios IV-III a.C.), los templos se convirtieron en centros de estudio, en los que los versados en liturgia, los matemáticos y los astrólogos trabajaban juntos. Ya en el periodo caldeo, tres mil años después, el interés por la astrología pasó a ocupar el primer lugar, y la teoría de la música empezó a relacionarse, muy estrechamente, con ella y con las matemáticas. Los que estudiaban los movimientos de las estrellas creían en su influjo sobre el destino de los hombres y en la perfecta armonía existente en el universo. Puesto que el universo y el hombre se encontraban estrechamente vinculados, la música hecha por los hombres debería reflejar esa perfecta armonía.
Ignacio Pantojo Vázquez
Gonzalo Díaz Arbolí
                                                                                                                  

jueves, 20 de abril de 2017

LA NOCHE (4)

La primera noche ha sido contradictoria: larga y corta. Me dormí pronto ─ya lo dije─, cansado y emocionado. Quizás con mil sensaciones más. Algo respecto a la biblioteca fue lo último que recuerdo; o posiblemente, el último atisbo de estar despierto, fue el ruidoso crujir de las viejas maderas del jergón. La percepción del tiempo en un monasterio es extraña, envolvente, contiene algo de burla. Hay tramos extensos en los que el tiempo se dilata; y otros breves, veloces, que desaparecen y transcurren en un soplo.  Siempre ─ambos─ parecen confundirse con el silencio.
Pasado el primer sueño ─o el segundo─ volví a despertar. Palpitó en mí el estúpido impulso de saber la hora. Al ver la noche a través de las ventanas pensé que aún faltarían al menos un par de horas para el rezo de maitines. La lampara de mortecina luz ayuda poco; deberé resolver este problema hoy. Tomé otro de los libros del paquete, era la Regla de San Benito; seguro que se me iba a resistir su lectura. No obstante, lo abrí y puse empeño en leer unas líneas al azar: «Duerman vestidos, y ceñidos con cintos o cuerdas. Cuando duerman, no tengan a su lado los cuchillos, no sea que se hieran durante el sueño. Estén así los monjes siempre preparados, y cuando se dé la señal, levántense sin tardanza y apresúrense a anticiparse unos a otros para la Obra de Dios, aunque con toda gravedad y modestia.» Se me escapó una sonrisa y rápido cambié de opinión: sí, lo leería.
   Sabía que La Regla de San Benito era un texto escrito allá en el siglo VI. Es evidente, que para ser correctamente entendido, habría que tener en cuenta algunas premisas. Y la primera es que no había que olvidar su contexto histórico, ni tampoco la situación eclesial en que fue escrita, además de su íntima relación con el monacato cristiano anterior. El monacato era el modo de vida de algunos fieles, de las diferentes ramas cristianas, que se separaban del mundo de una manera más o menos radical.
     Sí, sería interesante acometer su lectura.
   De nuevo me asaltó la obsesión por saber la hora, también observé cierto impulso claustrofóbico. Me acerqué a la puerta, estaba un poco atorada y no dudé que haría bastante ruido al tratar de abrirla. Di un fuerte tirón. El estrépito fue mucho menos atronador de lo que había esperado.
     El corredor parecía inacabable, pero más estrecho y bajo de lo que lo percibí ayer. Tuve la imagen de que parecía una gran alcantarilla iluminada muy pobremente por unas cuantas pequeñas bombillas eléctricas de muy pocos watios. Decidí llegar hasta el claustro que rodeaba uno de los patios y dar un raro paseo nocturno por allí. El pasillo se abría al claustro por una gran entrada y paré allí unos instantes. Ajuste la capucha a la cabeza y caminé despacio hacía el frente. Había solo caminado unos metros y un bulto negro al lado derecho hizo que detuviera mi marcha.
     Aproximándome despacio dije con voz algo temblorosa:
     ─¿Necesita algo? ¿Puedo ayudarle?
     Aquel cuerpo de un anciano monje respondió con claridad:
     ─No, hijo mío, solo rezo. Duermo muy poco, casi nada. Soy ese anciano discreto, el que dicen las reglas, que tiene que estar en la puerta del monasterio; ese viejo que aún puede recibir recados y transmitirlos, y que no sabe estar ocioso. Tengo mi celda junto a la puerta, así es preceptivo. Cuando alguien llega, a cualquier hora, siempre respondo "Deo gratias" o "Benedic". Todas las noches rezo un rato aquí en el claustro.
     Contesté mintiendo:
     ─Tampoco podía dormir, y he salido a rezar también. Gracias, muchas gracias. Hasta mañana.
     Me di la vuelta para regresar a mi celda.
     De la mesa volví a coger otro de los libros envueltos en el paquete. La ilustración de la portada representaba a un sacerdote, al menos eso creo, con un planetario a su derecha y unos libros por delante. En una mano tenía algo que identifiqué como un compás. El título, de letras grandes, no me decía nada: «Cristopher Clavius». Parecía una biografía.
     Me acosté con el hábito de postulante, procuraría dormir un poco más y levantarme a la hora de maitines. Aunque creo que oficialmente ya no se llaman así, parece que, después del Concilio Vaticano II, los maitines se denominan “Oficio de Lectura”. Le preguntaré hoy al abad.
 
     Descolgué uno de los teléfonos de mi despacho, el de las llamadas interiores, deseaba hablar con Delma. Quería saber algo de aquello que decía la nota que recibí en mi hotel. Concretamente me refería a la frase: “También fui barbero de Borges por un día”. Rogó que esperase unos minutos mientras hacía algunas averiguaciones.
     No tardó demasiado tiempo.
     Delma preguntó:
     ─¿Conoces una fotografía de la década de los años 60 en la que salen juntos Borges y Bergoglio?
     ─Sí. Justo hace pocos días tuve noticias de ella. ¿Por qué?
     ─En esa foto, en el centro hay una persona. Se trata de otro Jorge; Jorge González Manent, que también era maestrillo jesuita en aquel tiempo, y dirigía la revista del colegio Inmaculada Concepción, de Santa Fe. Por cierto, este tercer Jorge dejó los hábitos y se dedicó al mundo de la publicidad…
     ─Sí, sí ─comenté impaciente─. ¿Pero qué hay del asunto del barbero?
     ─Perdón ─se excusó─. González Manent relató una singular historia entre el ahora obispo Bergoglio y el escritor ─hizo una leve pausa─. Le leo el texto que he encontrado: «Recuerdo que lo íbamos a buscar al hotel. Y un día subió Bergoglio a buscarlo a la habitación y tardó más de lo que se suponía para ir a un tercer piso. Cuando vienen, disimuladamente le hago el gesto de "¿qué pasó"? Y Jorge me dijo: “el viejo me pidió que lo afeitara”. Ese había sido el motivo de la tardanza». Eso es.
     Reí con anécdota e imaginé la divertida escena. En cuanto tenga ocasión y vea al obispo le preguntaré sobre la veracidad de ese relato.

     Indiqué a Delma que indagase sobre unos textos de Peter Drucker, publicados en la Harvard Business Review, en los que hablaba, o comparaba, las formas de liderazgo del teólogo francés Juan Calvino y la de Ignacio de Loyola. Quería incorporar algo de eso en el seminario que impartiría a los novicios de Bergoglio.
     Luego pasé un buen rato tratando de recordar una frase de Calvino que al fin pude recomponer; sonreí satisfecho: «Hay que recordar que el diablo también tiene sus milagros».
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia


martes, 18 de abril de 2017

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (306)

                     EL TOBOGÁN
       
Conforme vamos cumpliendo años, más aún, conforme van cumpliendo años aquellos a quienes amamos, vamos teniendo la sensación, cada vez más ingrata y acuciante, de que la vida se va pareciendo a una especie de tobogán lento, muy lento y bastante mal iluminado. De pronto, nos damos cuenta de que hemos asumido sin saberlo que conviene adornar ese trayecto con algunas distracciones: tareas, amigos, vacaciones, proyectos, citas… todas ellas suficientemente urgentes y convenientemente distribuidas. Se acuerda una, entonces, de Alicia (me refiero a la de El país de las maravillas) cuando cae por el agujero de la madriguera del conejo. Ella, en el aburrimiento inconsciente de la caída, intenta alcanzar por el camino cosas diversas al vuelo, como un bote de mermelada (por cierto, vacío); se entretiene a ratos en formulaciones de cálculo matemático, o ensaya reverencias. Todo durante el descenso imparable.

Algo así se le figura a una que podría ser la vida, sólo que más morosa, más pausada –al menos en los primeros tramos–; un deslizarse en línea no del todo recta, con una aceleración progresiva y en medio de una densa niebla; una cadena rígida de eslabones contados que son horas, y son días y años irreversibles.

   Pero llega ahora la Pascua y una intuye que creer en la Resurrección de Cristo es como levantar la vista del tobogán y atisbar brevemente entre la bruma un campo enorme, soleado y sin horizontes en el que en realidad nos hemos estado moviendo siempre, sólo que cegados por una mezcla rara de vientos, miedo y calima.

La física cuántica juega con la posibilidad extravagante de que el tiempo, fuera de ciertas coordenadas –fuera del tobogán, vamos– no exista. La física cuántica parece que está descubriendo cuál es la mirada de Dios eterno.
Inmaculada Moreno
Académica de Santa Cecilia


El coro Aleluya es una de las obras más conocidas de Haendel.  Pertenece a su oratorio El Mesías. 
Cuando terminó el coro de Aleluya, dijo a su asistente: "Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a Dios."


Amazing Grace, (conocido en algunas regiones hispanohablantes como (Sublime gracia) escrito por el clérigo poeta inglés John Newton (1725-1807) y publicado en 1779. La composición transmite el mensaje cristiano de que el perdón y la redención es posible a pesar de los pecados cometidos por el ser humano y de que el alma puede salvarse de la desesperación mediante la gracia de Dios.

domingo, 16 de abril de 2017

El coro de Aleluya de El Mesías HWV 56, de Georg Friedrich Haendel .


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El coro Aleluya es una de las obras más conocidas de Haendel.  Pertenece a su oratorio El Mesías. Un oratorio es una sucesión de arias, coros y recitativos escrita para cantantes solistas, coro y orquesta. Es un drama musical basado en un tema religioso, pero no tiene representación escénica, por lo que un solista suele aparecer en el papel de narrador.

Con la salud quebrantada, Haendel estaba a punto de dejar Inglaterra cuando el gobernador de Irlanda lo invitó a dar una serie de conciertos en Dublín. Mientras planeaba su viaje, escribió un nuevo oratorio, El Mesías, en sólo 23 días, a veces sin dormir ni comer. Cuando terminó el coro de Aleluya, dijo a su asistente: "Creo que he visto el cielo delante de mí, y también a Dios."

El estreno de este oratorio, que se llevó a cabo el 13 de abril de 1742 en Dublín, estuvo dedicado a obras de caridad y tuvo un éxito rotundo. Fue representado en el Covent Garden de Londres y dirigido por Haendel todos los años en la época de Pascua hasta el día de su muerte.
El majestuoso coro “Aleluya"  marca la cumbre del drama coral.
Como anécdota: El Himno de la Liga de Campeones de la UEFA es una composición consistente en arreglos sobre una pieza de "Zadok el sacerdote", uno de los cuatro himnos de coronación que compuso Haendel para la coronación del Rey Jorge II de Gran Bretaña en 1727.

Haendel es uno de los compositores de música clásica más oídos hoy en día.